“Hispania es Roma, y Roma está por todas partes en este país”.
Santiago Posteguillo. Escritor (1967)

«Un legado que sigue iluminando nuestro mundo y que nos muestra lo que la humanidad es capaz de conseguir uniendo orden, belleza, grandeza y valentía»
La llegada de Cneo Cornelio Escipión (256 a. C.-211 a. C.) y el desembarco en Ampurias en el año 218 a. C., que abriría un extenso periodo de presencia romana en la Península Ibérica, obedeció a una cuestión estratégica más que a un afán de conquista propiamente dicho. Los hechos se produjeron en el contexto histórico de las Guerras Púnicas cuando Aníbal, decidido a pasar el invierno en Capua (Italia), facilitó el camino a su enemigo romano para llegar la guerra a Cartago Nova, el enclave cartaginés en Iberia, desde donde podrían más fácilmente a Cartago en África.
Sin embargo, tras el contacto con la península, los romanos entendieron pronto la importancia del territorio en cuanto a su valor estratégico en aguas del Mediterráneo y los recursos naturales y humanos, comenzando así un largo proceso de conquista que se puede dividir en tres periodos; la conquista marítima (218 a. C.-197 a. C.); la conquista de la Meseta, Celtiberia y Lusitania al oeste, (155 a. C.-133 a. C.) y la conquista de la zona cantábrica (27ª. C.-19ª. C.).
En cuanto a la conquista por mar, tras el desembarco de Cneo Escipión en Ampurias y la conquista de Tarragona y Sagunto con la ayuda de su hermano Publio, fueron avanzando hacia el Sur, sin embargo tras ser derrotados por Asdrúbal (245 a. C-207 a. C.), hermano de Aníbal (247 a. C.-183 a. C.), terminó este primer intento de conquista que continuaría más adelante con otro miembro de la familia que avanzaría entonces hasta Cartago Nova, actual Cartagena, para avanzar hacia el Sur, conquistando Bécula (Bailén), Ilipa (Alcalá del Río) y Gades (Cádiz), consiguiendo así que los principales enclaves cartagineses cayeran bajo el dominio romano.
Por supuesto, el camino no fue fácil, ya que surgieron diversas rebeliones. Para sofocarlas fue necesaria la presencia de personajes que ejercieran una política enérgica de dominación, como Marco Porcio Catón el Viejo (234 a. C.-149 a.C.), quien en dos años consiguió dominar la revuelta de los turdetanos y otros pueblos íberos. Según palabras del historiador Tito Livio (59 a. C.- 17 d. C.), la rebelión se habría extendido “…desde los Pirineos a las Columnas de Hércules”. Toda esta zona quedó controlada gracias a la intervención de Tiberio Sempronio Graco (162 a. C.- 133 a. C.), quien aplicó una eficiente política social y económica que atrajo a los habitantes de las zonas de interior. Estos tenían graves problemas por la falta de tierras, de tal manera que la zona consiguió pacificarse, llegando la tranquilidad a este territorio.
En cuanto a la conquista de la zona continental, la Meseta, Celtiberia y Lusitania, la situación era más compleja; en esta zona Roma tenía importantes intereses en cuanto a la protección de las tierras ya conquistadas y al acceso de los recursos naturales, sin embargo, aquí los romanos encontraron más oposición ya que estos pueblos empleaban la técnica de la guerrilla para defenderse, lo que traería en jaque a las legiones romanas.
Por tanto, este proceso de conquista se llevaría a cabo en dos largas guerras, la celtibérica, que se desarrolló en dos fases y la lusitana. Debido a la resistencia por parte de estos pueblos, tuvieron que acudir óptimos militares y cargos públicos que ejercieran una política enérgica para solventar la situación que se presentaba muy complicada. El cónsul Lucio Licinio Lúculo (118 a. C.-56 a. C.) y el pretor Servio Sulpicio Galba (3-69) llevaron a cabo una política de gran dureza y crueldad que provocaría un levantamiento generalizado.

El proceso de conquista en Lusitania se personaliza en la figura de Viriato (¿?- 133 a. C.); el caudillo, con gran liderazgo entre sus gentes y bien organizado con la táctica de guerrillas ejerció una importante oposición a los romanos; los mejores generales romanos no fueron capaces de derrotarle por lo que solo con el procedimiento de “comprar” a sus lugartenientes conseguiría que terminara la pesadilla de Viriato, tras se asesinado por los que habían sido sus hombres de confianza.
En cuanto a la segunda etapa de la Guerra contra los celtíberos se centra en la ciudad de Numancia. Tras varios fracasos y la fuerza y resistencia de los numantinos, Roma envió a Publio Cornelio Escipión Emiliano (185 a. C.-129 a.C.), destructor de Cartago en la tercera Guerra Púnica, que supo estimular fuertemente a los soldados romanos. Cercó la ciudad completamente para impedir que pudieran recibir víveres y quedara sin refuerzos, de tal forma que, tras sufrir un riguroso asedio, la ciudad sucumbió y se produjo un suicidio colectivo en el año 133. Así, acabaron las guerras en casi toda la península con la excepción del bastión de la zona cantábrica y las Islas Baleares, conquistadas en 123.

La conquista del norte suponía el dominio total de la península. La bravura y dureza de los cántabros y astures fue incluso mencionada por Estrabón, ante la ferocidad con la que hicieron frente a las legiones romanas. La situación se presentó tan difícil que Augusto (63 a. C.- 14 d. C.) acudió a la península para dirigir personalmente la guerra; con un plan de ataque desde varios puntos y apoyo marítimo consiguió dominar el territorio. De todas maneras, la zona norteña sería la menos influenciada por Roma y donde su presencia fue menor.
Hasta aquí las etapas en las que se produjo el proceso de conquista de la península, pero lo más importante es el proceso de romanización que trajo la presencia romana a la Península Ibérica; un proceso muy significativo ya que nos define como pueblo de raíz latina y que sienta las bases de nuestra cultura y personalidad histórica. Hablamos del paso de la Iberia prerromana a la Hispania romana.
La romanización tendrá una evolución compleja y no uniforme. Los pueblos del Sur y Levante, históricamente en contacto con otras gentes, fueron más abiertos a la asimilación de las costumbres y organización romanas, siendo el proceso más complicado en el interior.
En realidad, se produjo un mestizaje cultural en el que prevalecieron en muchos casos elementos autóctonos; se puede decir que fue un proceso unificador con el sello romano en el que el derecho, el arte o la lengua se convierten en símbolos de la nueva Hispania, con una nueva organización y mentalidad.
Dos factores clave en este proceso de romanización fueron, por una parte, la concesión del Derecho latino a todos los habitantes del Imperio, otorgado en el siglo I con el emperador Vespasiano (9 – 79), por otra parte, en el siglo II será Caracalla (188-217) el emperador que otorgue la ciudadanía romana a todos los habitantes del Imperio.
Uno de los primeros pasos fue la división territorial; el territorio se dividió en varias regiones administrativas, lo que sería la base de la organización política y jurídica, las provincias.
El primer paso sería la gran división entre Hispania Citerior, la más cercana a Roma, zona del norte, y la Hispania Ulterior, que abracaría la zona sur, a partir de esta primera división surgen varias demarcaciones para terminar con cinco regiones, Gallaecia, Tarraconensis, Lusitania, Cartaginensis y Baetica.

La civilización griega creó la ciudad, a la que denominaron polis, que Roma heredó y la convertiría en la célula originaria de la nueva organización social que sería la base de la gran Urbe, cuyo modelo se extendería por todo el Imperio, aunque es importante destacar que se haría una distinción entre ellas, ya que algunas se organizarían bajo las leyes del Derecho romano y otras no, dependiendo del grado de resistencia que habían ofrecido en la conquista.
Cada una de estas ciudades como Mérida, Itálica, Sagunto, Astúrica Augusta (la actual Astorga) etc…se erigía como un reflejo de la magnificencia de Roma, un modelo de orden, grandeza y vida civilizada, donde se honraba a los gobernantes y al ejército y el pueblo encontraba entretenimiento en teatros, foros y termas. Eran ciudades pulcras, trazadas con rigor, que irradiaban vitalidad y cultura en cada rincón.

En cuanto a la población y la organización social, se supone, según cálculos aproximados que en la península vivirían seis millones de habitantes, alcanzando los nueve en el siglo V. las zonas periféricas, más romanizadas presentaban mayor densidad de población.
Era importante en la sociedad romana la división entre los ciudadanos. Lo ciudadanos libres, dependiendo de si se regían o no por el derecho romano podían ser ciudadanos romanos, latinos o peregrinos; la situación económica también los distinguía entre potentiores, aristocracia de la tierra y la burocracia; honestiores, medianos propietarios y humiliores o la plebe, dedicada a los oficios o al arrendamiento de tierras pequeñas.
Los ciudadanos semilibres, llamados servi terrae, eran libres, pero no podían separarse de las tierras; por último, los esclavos, a los que se les considera como mercancía, res mancipii, llegaban a esa condición por ser vendidos tras haber sido prisioneros de guerra y realizaban trabajos muy duros en la mayoría de los casos. El cristianismo aliviaría su condición.
La eficiente planificación en cuanto a la explotación del suelo, el perfeccionamiento de las técnicas como el barbecho y la utilización de nuevos instrumentos y aperos de labranza, permitieron poner en rendimiento zonas hasta entonces muertas y proporcionar nuevos cultivos. Este hecho hizo que el campo no fuera un mundo aislado, sino que proliferaran las viviendas rurales, creándose latifundios con el olivo, los cereales y la vid, la triada mediterránea, como base de la producción agrícola en Hispania.
El testimonio de la exportación de estos productos lo encontramos en el conocido como Monte Testaccio en Roma, formado con los restos de ánforas, procedentes de Hispania, llegadas en barco hasta el río Tíber.
Otra fuente de riqueza importante sería la ganadería; la lana de las ovejas hispanas alcanzaría fama, además del ganado vacuno y porcuno además de los caballos.
La minería proporcionó a Roma grandes ingresos. Riotinto proporcionaba cobre, la plata era extraída de Cartagena y el hierro y el oro en norte y noroeste; las extracciones eran llevadas a la Gran Urbe.

Las Médulas, en la provincia de León, llegaron a ser la mayor mina de oro a cielo abierto del Imperio romano; en ella los romanos utilizaron una interesante técnica hidráulica, la conocida como ruina montium, mediante la cual se destruían montañas, de forma controlada, mediante agua canalizada a través de galerías con una gran pendiente, desde una distancia de más de cien kilómetros. Plinio el Viejo (c. 23-79) ya mencionó las grandes cantidades de oro allí extraídas. Los peregrini, sometidos a Roma, aunque con independencia jurídica, y los esclavos constituían la mano de obra en las minas. La explotación en estas tierras transformaría totalmente el paisaje, siendo hoy en día considerado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1987.
Con respecto a la industria el salazón y escabeches de pescado, el célebre “garum” era muy demandado por los romanos; el proceso que se seguía para obtenerlo era la fermentación natural del pescado expuesto al sol. Las zonas de mayor producción fueron Cádiz (Gades) y Cartagena, aunque existen en muchas otras ciudades, en muchos casos aún bajo el suelo.
En cuanto a la cultura y la política, Hispania proporcionó una pléyade de hombres excepcionales. Lucio Cornelio Balbo (c. 100 a. C- ¿?)), originario de Gades, la actual Cádiz, quien llegó a ser cónsul en el año 40 a. C., o Trajano (53-117), nacido en Itálica, y Adriano (76-138), originario de la misma ciudad, alcanzaron el máximo poder, ya que ambos llegaron a ser emperadores y destacaron tanto por sus campañas militares como por su labor cultural. Más adelante, Teodosio el Grande (347-395), nacido en Cauca, hoy Coca, en la provincia de Segovia, contribuyó a retrasar el ocaso del Imperio romano en el siglo IV.

Dos figuras relevantes de la cultura romana, ambos también nacidos en España, son Marco Fabio Quintiliano (c. 35. – c.96), cuya obra Institutio Oratoria, escrita en doce volúmenes, sigue siendo hoy en día una fuente de inspiración fundamental para la formación de oradores, y Lucio Anneo Séneca ( c. 4 a. C. – 65 d. C.), una de las figuras más relevantes de la filosofía estoica, cuya influencia ha sido decisiva y ampliamente estudiada en los siglos posteriores.

La civilización romana representa la cima excepcional del genio humano que se basó no en meras conquistas, sino en un orden y organización que aún hoy nos sorprende. La administración consiguió un Imperio con provincias unidas por la justicia y una burocracia eficiente, el ejército con una férrea disciplina, no solo era un mecanismo de guerra, construían murallas, calzadas e iban sembrando la Pax Romana que unía a los pueblos bajo el águila de sus banderas.
Sin embargo, donde Roma alcanzó un extraordinario esplendor será en el urbanismo y en las obras públicas. Los ingenieros romanos fueron brillantes construyendo sólidos puentes, anfiteatros colosales, acueductos que desafiaban la gravedad o termas lujosas que se convertirían en templos para el cuerpo y el espíritu; algunas de estas obras nos impresionan aún, más de dos mil años después.

Las calzadas constituían un elemento fundamental en la romanización, atravesando campos, conectando ciudades e incluso continentes y enlazando la que fue llamada Caput Mundi, Cabeza del mundo, con el resto del Imperio. En Hispania existieron treinta y cuatro calzadas con un total de 11.189, 56 kilómetros. La Vía de la Plata, que unía Extremadura con el Norte de la península o la que desde los Pirineos unía el Levante con Gades, fueron dos de las más transitadas; hoy en día muchas de las carreteras siguen el trazado de esas antiguas vías romanas.

Algunos monumentos significativos de esta gran civilización en Hispania merecen destacarse. Entre ellos, el Puente de Alcántara, en la provincia de Cáceres; el acueducto de Segovia o el de los Milagros en Mérida; los teatros romanos de Mérida, Sagunto o Clunia; y los arcos conmemorativos, como el Arco de Bará en Tarragona o el de Medinaceli en Soria. Todos ellos son muestras palpables del esplendor de Roma, que dejó una huella profunda e indeleble en nuestra cultura occidental, e insisto, como en otras ocasiones, un legado que debemos preservar ahora más que nunca.
Un legado que sigue iluminando nuestro mundo y que nos muestra lo que la humanidad es capaz de conseguir uniendo orden, belleza, grandeza y valentía.
Málaga, 2026

