Centenario de Vizcaíno Casas. Ahora cumpliría los cien años.

El humor, la ternura, la nostalgia
Si “el humor es la penicilina del hombre moderno”, la obra de Vizcaíno, rebosante de este antibiótico, fue un magnífico tratamiento para las infecciones de su época. Desde luego no sólo está presente en sus más celebradas novelas, ya que el sentido del humor obedece a un talante, a una forma de comportarse y de afrontar la vida. Y a menudo, cosa rara, a reírse de uno mismo.
Si las alarmantes distopías de Orwell o de Huxley van tomando forma en la actualidad no veo por qué no podemos disfrutar -quizá como antídoto- de la España disparatada de Vizcaíno… hoy tan necesitada de un humor -como quería Lorenzo Villalonga– “desprovisto de agresividad”. Para ello habría que releer Las autonosuyas (1981), uno de sus más aplaudidos títulos, premonitorio de tantas actualidades: En plena Sierra de Madrid, el alcalde de Rebollar de la Mata, Austrasigildo López Roncero, pretende constituir un Ente Autónomo, en igualdad de condiciones que Euzkadi o Cataluña. Ello da lugar a descacharrantes situaciones que eran una crítica a los excesos del incipiente proceso de las autonomías y nacionalidades. Todo ello con una prosa sencilla y divertida, fruto del ingenio de don Fernando.
Pero había también otros lectores, había quienes buscaban la añoranza de otros tiempos, acaso de su juventud. Libros como Mis queridas nostalgias o Contando los cuarenta (1971), La España de la posguerra (1978) o Personajes de entonces (1984) contribuyeron a que ese público, asociado al llamado “franquismo sociológico” viera en Vizcaíno Casas al cronista de una época feliz (con sus dificultades, pero dichosa) y a un defensor de lo que ya se iba diluyendo con la llegada de la democracia. En este sentido no es raro que …y al tercer año resucitó (1978), al partir del supuesto absurdo (y no por ello menos deseado) de la resurrección del Caudillo, se convirtiera en su novela de “historia-ficción” más vendida y significara para Vizcaíno su confirmación como escritor de masas, un auténtico fenómeno sociológico. Con ocasión de una firma en Valladolid, y al final de la larguísima cola, un señor tuvo que aclarar a su esposa: “No, mujer; quien está firmando no es Franco…”.
Si se buscaba el humor o la nostalgia, con sus adiciones de crítica social y política, según los casos y las obras, no menos característica fue la ternura en muchas de las historias y de los personajes. En novelas de carácter sociológico o generacional (por decirlo de algún modo) como Hijas de María (1983), donde vuelve a su Valencia natal o Hijos de papá (1979), con su propia experiencia ya de padre de familia. Personalmente confieso mi debilidad por Entremeses variados (1991), que son las historias noveladas de la serie de televisión El Orgullo de la Huerta, emitidos por Antena 3 en 1990.

El felipismo (1982-1996)
También se ocuparía de él con su acostumbrado humor en novelas como Cien años de honradez (1984), Los descamisados (1989), …y los 40 ladrones (1994) o Todos al paro (1995). Y para chinchar más a Felipe González se animó incluso a escribir una biografía suya, El señor de los bonsáis (1991), donde sostenía la teoría de que a medida que avanzaban las legislaturas la nariz del presidente iba creciendo, igual que le sucedió a Pinocho, el muñeco de Collodi. Para ello documentaba el hecho con un conjunto de fotografías que él mismo comenta: Felipito “tenía la nariz más bien achatada”; “La nariz aún es pequeña”, prosigue; “La nariz crece”, en otra; “Ojo con las narices, ya sensiblemente alargadas”, nos advierte el biógrafo y nos hace notar que ya “se ha estilizado y se ha extendido”. En el Parlamento “¡mucha atención!, la nariz más larga que nunca”; y por último, al pie de una escena abrazado a Fidel Castro se dice… “¡y qué longitud de nariz, caramba!”.

Navacerrada
Como sabrán los más fieles lectores, en su casa de Navacerrada hallaron forma sus más grandes novelas, todas ellas bendecidas por el éxito (y consecuentemente la inquina ajena). Algo tendrían de salutíferos los aires serranos, pues allí acudía los pocos días de asueto que le dejaban sus muchas obligaciones. Ahora cumpliría los 100 años. Desde su muerte, en el Día de los Fieles Difuntos, las noches de verano no han tenido ya la banda sonora de su máquina de escribir ni el aroma de sus cigarros puros (Montecristo del 4), ni han vuelto ya a cantar las ranas, cuyas ancas se servían en La Fonda Real. Pero algunos volvemos de vez en cuando una mirada a nuestra biblioteca para ponernos luego en camino hacia la Sierra y poder llegar a tiempo a esa partida de dominó en las tardes estivales…

