Del superhéroe al perro del hortelano y el “Hodiómetro”. Por Antonio de la Torre

Hodiómetro

«Los dos protagonistas de hoy encajan con ese nuevo palabro de Producciones Moncloa, el “Hodiómetro”, con “H” de lo que usted quiera»

Aunque una semana después del ya desinflado y testimonial 8-M, el principal escenario en el ámbito político de la semana siga siendo el conflicto de Oriente Próximo y Medio (Furia Épica para Donald Trump y León Rugiente para su colega Benjamín Netanyahu) y sus derivadas económicas que trascienden con mucho esas áreas y que antes de lo que sería lógico estamos ya notando en nuestros bolsillos, siguen ocurriendo “banalidades” internas que si no fuera por las consecuencias que también pueden derivarse de su absurdez, serían para llevarlas a un pasillo de comedia en el mundo del esperpento “valleinclaniano”, perdón por el palabro. 

Y es que no menos que esperpéntico, rayano con lo ridículo, fue el ejercicio de sumisión o peloteo casi impúdico de la ministra de Igualdad Ana Redondo: “Y gracias presidente, eres el superhéroe de la democracia, eres el superhéroe de la paz, eres el superhéroe de la dignidad, de los derechos y del feminismo. El 70% de la ciudadanía española no quiere la guerra, no queremos la guerra y en el mundo te quieren a ti porque representas la dignidad humana, representas la democracia, la paz y la civilización. Y por eso decimos todos alto y claro contigo ‘no a la guerra’, no queremos guerra, no queremos guerra”. Estoy seguro de que hasta el propio aludido debió sentir algo parecido a la vergüenza ajena a pesar de su enfermizo narcisismo. 

Del superhéroe al perro del hortelano…

A ver “señá” ministra, que decir ‘no a la guerra’ es como decir ‘no al cáncer’ o ‘no a la pobreza infantil’, en la que, por cierto, el país que usted coopera en desgobernar a la voz de su amo destaca en la segunda posición más elevada de la Unión Europea, con una tasa del 34,8% de niños y adolescentes en riesgo de pobreza o exclusión social. Y fíjese si es antiguo ese sentimiento por la paz y que todo está inventado, que ya el historiador y geógrafo griego Herodoto, considerado padre de la historia en el mundo occidental dejó escrito en el Siglo V a. de C. que «Ningún hombre es tan tonto como para desear la guerra y no la paz; pues en la paz los hijos llevan a sus padres a la tumba y en la guerra son los padres quienes llevan a sus hijos a la tumba». Y a ver cómo explica su adorado elector para el contubernio de ministros, ministras y ministres su ‘no a la guerra’ cuando por fin se anime a comparecer en el Congreso, el envío a Chipre de la fragata española Cristóbal Colón como escolta del portaaviones francés Charles de Gaulle, por mucho que nos quiera vender que es “continuación de la misión en el Báltico”, un poco más al norte de la isla atacada por Irán. Ya veremos si tanto él como su aguerrida compañera de banco azul, Margarita Robles, previa autorización de su dirigida Mesa del Congreso para decidir la fecha, dan una cumplida explicación y someten a la consideración de los supuestos representantes de la soberanía nacional la posición de España en esta crisis, que en tan delicada situación nos está dejando con el que debería ser aliado natural, los Estados Unidos y por qué España cada vez pinta menos en el conjunto europeo. Pero tengan todos en cuenta esta frase de San Ambrosio: “La simple fe en la verdad es más grande que la ambiciosa mentira de la elocuencia, dos cosas en las que su jefe destaca también.

Cambiando de personaje, de perfil parecido aunque en el otro extremo, y prácticamente concluido el recuento de los resultados electorales en Castilla y León, de los que puede derivarse la tercera parte del problema estructural de asintonía Partido Popular-VOX, vamos con el que para mí se ajusta a lo que representa el conocido refrán, cuya primera parte dio título a una no menos conocida comedia de Lope de Vega, El perro del hortelano. El refrán completo se suele utilizar precedido por alguna persona del verbo auxiliar Ser, (es como) “el perro del hortelano, que ni come ni deja comer”. Y exactamente eso me recuerda el repetido comportamiento del todavía líder de VOX, Santiago Abascal, que ni gobierna –ni quiere– ni deja gobernar.

El perro del hortelano…

Llevo muchos años –desde que reapareció en 2018 tras su larga travesía del desierto de más de cuatro años y sobre todo desde 2019– repitiendo que, después de conseguida la recuperada supervivencia política (y económica, de manera primordial, para él inseparables), su principal objetivo no es otro que tratar de perjudicar al partido del que provenía y en el que aprendió el arte de la trepa en esa desafortunada “escuela de formación” que es Nuevas Generaciones, sobre lo que ya he escrito en varias ocasiones y sólo repetiré que a la política hay que llegar curtido. Vuelvo a recordar que tras su repesca en 2018, poco después de la llegada de Sánchez a la Moncloa y su inesperado éxito de Vistalegre en octubre de ese año –seguimos sin saber con qué fondos pudieron alquilar ese recinto–, tuvo la oportunidad, por dos veces, abril y noviembre, de demostrar que su interés era España y no apoyar a su rescatador, aceptando la propuesta que Pablo Casado –que todavía no había metido la pata dejándose llevar por el lanzador de huesos de aceituna– hizo a él y a Albert Rivera para concurrir juntos en una coalición, España Suma, al menos en las provincias con menor número de escaños, en las que esas mal llamadas “tres derechas”, PP, C’s y VOX, tenían muy pocas posibilidades de conseguir escaños yendo separadas, como ocurrió. Ninguno aceptó, porque los dos querían ganarle por separado y por diferentes razones, a un PP en horas bajas.

El primero porque pensaba que sólo podría seguir creciendo en ese supuesto centro global que nunca desde su origen fue C’s, nacido del centroizquierda, desde el que tal vez hubiera podido hacer más daño a un PSOE hundido en las dobles elecciones de 2015 y 2016, en las que el PP de Mariano Rajoy se estrelló y rebotó. El segundo, desaparecido en esas dos elecciones, porque en su retorno pensaba sustituir al PP, su verdadera obsesión desde que ese partido le cerró el chiringuito del que vivía tan bien, que lo llevó a abandonar su partido de toda la vida, eso sí, después de negociar satisfactoriamente en noviembre de 2013 su “fichaje” por lo que todavía era el proyecto de VOX que, con su inestimable ayuda y la de algunos de sus inseparables, hoy defenestrados, no consiguió acabar bien ese primer intento de aparición política.  

Del sólo VOX al sólo Yo

Y es que desde esa sorprendente irrupción de VOX en diciembre 2018 en Andalucía y del no menos sorpresivo arranque nacional en abril de 2019 con 24 escaños, que superó en noviembre de ese año hasta 52 –que no olvide que C’s se estrenó en unas generales con los 40 escaños de 2015 y llegó a 57 en las que apareció VOX, en abril de 2019, para caer a 10 en noviembre siguiente y desaparecer en 2023 (hoy lo ha hecho también en Castilla y León)– cayendo en las últimas generales de 2023 a los 33 actuales, son incontables las cabezas que han rodado en VOX –o han abandonado– en los últimos tiempos, en su mayoría de los llegados desde su retorno.

Algunos dirán que eso pasa en todos los partidos, aunque yo no recuerdo tantos salvo por circunstancias concretas como los derivados a cambios de estructura en el PP o los vinculados a casos de corrupción en el PSOE, pero, sobre todo, dos que eran el soporte del que se hizo con los restos del partido en septiembre de 2014 y lo han arropado desde su resurgir en el 18. El primero, Iván Espinosa de los Monteros, “dimitido” en agosto de 2023 de todos sus cargos, Congreso y partido, por “motivos personales”, dijo, aunque no se dio de baja de VOX y no sé si los escarceos que se le atribuyen en el PP indicarían que ya lo ha hecho. El segundo, todavía más sorprendente porque creo que la relación había sido mucho más cercana y me parece que antigua, incluso en lo personal, ha sido Javier Ortega Smith, en este caso tras un evidente enfrentamiento tras cesarlo como secretario general del partido primero y como vicepresidente después, hasta el intento de que dejara la portavocía del grupo verde en el Ayuntamiento de Madrid, que provocó la negativa y el estallido que acabó con la expulsión del partido y la negativa del expulsado a dejar la portavocía y su escaño en el Congreso, que lo llevará seguramente al Grupo Mixto. En este sentido vuelvo a cuestionar la doble condición de concejal y diputado, desde mi punto de vista absolutamente inaceptable, pero ese tema no toca hoy. 

Tres expulsados de VOX

Lo cierto es que Ortega está fuera de VOX y con él desaparecen dos de los cuatro que estaban desde el principio. Ya sólo queda Abascal y Enrique Cabanas, su fiel perro de presa que sigue permaneciendo en la sombra por lo que no molesta a los que ahora controlan el partido desde dentro, el clan de los catalanes de PxC y allegados. Y también he visto que se publicaba el sábado la noticia de que había sido también expulsado de VOX Ignacio Ansaldo, junto a Carla Toscano, ambos concejales en Madrid, por solidarizarse con su amigo Ortega. Por cierto, decía el artículo que Ansaldo era el afiliado “número 1 y fundador también de VOX”, dos cosas que pongo en duda porque a este señor nunca lo vi por la sede de VOX –los que empezamos entonces este proyecto nos conocíamos todos–en el tiempo en que yo estaba por allí todos a diario ni recuerdo haberlo visto nunca. Puede que fuera el número 1 después de los cientos de bajas que se produjeron en 2014 y que haya corrido la lista, pero no importa mucho y menos ahora. 

Ante toda esta convulsión interna, la única explicación de su presidente perpetuo ha sido decir que “En VOX hay un gran banquillo, creo que todos tienen que aprender a ceder paso” y que “Los partidos tienen que resolver los problemas de los ciudadanos y no mirarse el ombligo”. Y ya puestos a recordar refranes, “Le dijo la sartén al cazo, apártate que me tiznas”. Pero el líder indiscutible, que no indiscutido por lo que se ve, trata de quitar hierro a la crisis: “Bueno, no he sido nunca un experto en telenovelas, no me han gustado mucho y solo quiero decir un mensaje muy claro y es que nadie está obligado a estar en VOX, pero quienes están en VOX están obligados a respetar las normas internas de VOX (las mías), sea el presidente, que soy yo (por si había dudas), o el último afiliado y eso va a seguir siendo así”. A un paso del “Sólo queda VOX” al “Sólo quedo yo”.

Como resumen puedo decir que los dos protagonistas de hoy encajan con ese nuevo palabro de Producciones Moncloa, el “Hodiómetro”, con “H” de lo que usted quiera. El primero odia a más de la mitad de los españoles, si no a la España que él recibió y que muchos quisiéramos recuperar y el segundo odia al partido del que aprendió todo y sobrevivió dieciocho años. En los dos casos odio a sus raíces y dejo al buen criterio del lector definir ese comportamiento.

La gasolina a casi dos euros pero te recomiendo Jazz para el fin de semana.

Me disculpo por alargarme un poco más, pero no me resisto a copiar el artículo sobre el odio que me llegó por alguna red y cuyo enlace no tengo, pero es lo mejor que he visto en clave irónica, escrito por el conocido médico malagueño Juan Manuel Jiménez Muñoz, siempre oportuno en la crítica del esperpento que nos rodea. Lo titula NUEVO DICCIONARIO DE LA REAL ODIADEMIA DE LA LENGUA y juzguen ustedes si no es una obra de arte: 

«Horroroso, lector. Horroroso. El Hombre Profundamente Enamorado acaba de informar al país que, de ahora en adelante, el Gobierno de España se encargará de medir en las redes sociales el grado de odio que emanamos “los fascistas”. Es natural: como en las novelas distópicas de Orwell (“1984” y “Rebelión en la granja”) ha de ser el propio Estado quien nos meta por vereda. Y en nuestro caso concreto, el Gobierno que levantó un muro entre españoles como símbolo fundacional de la presente Legislatura, el Gobierno que señala periodistas y difama a los jueces desde la Tribuna del Congreso, el Gobierno que insulta a los contribuyentes desde las redes sociales, el Gobierno que reparte carnés de “fascista” entre quienes no le bailamos el agua, el Gobierno que ha destrozado familias enteras en las cenas de Navidad por su sectario manejo del “o estás conmigo o estás contra mí”, nos irá leyendo la cartilla en esta materia de odio para que no nos peleemos en el patio del colegio. Qué buenos son los señores del Gobierno. Qué buenos son, que nos llevan de excursión.  

El artilugio inventado por Sánchez para medirnos el odio se conoce como odiómetro, un término ya aceptado por la Real Odiademia de la Lengua, institución del Régimen Sanchista de la que me honro en pertenecer como invitado honorífico por la Universidad de Güisconsin (Harbacete).

El odiómetro es una especie de termómetro que NO se pone en la axila, sino donde la espalda pierde su nombre, y es un curioso aparato pensado para proteger a la Asociación Nacional de Ofendiditos (A.N.O.). Según fuentes bien informadas, la responsable de colocar el odiómetro en esa zona tan delicada de la anato-mía (y de la anato-tuya) será la imparcial periodista Sara Santaollalla. ¡Ah! Y la escala de odio a aplicar abarcará desde el 0 hasta el 5, por el culo te la hinco.

Antes de que Sánchez nos condene al ostracismo (nota mental: explicar luego a las víctimas de la LOGSE que “ostracismo” no es hartarse de ostras), un grupo de expertos similar al que nos dirigió durante el COVID se encargará de dictaminar quiénes somos los candidatos a ser bloqueados o vilipendiados por asuntos de odio y a quiénes hay que colocar una estrella de David amarilla cosida a la solapa para salir a la calle. Fuentes de toda solvencia apuntan a que el grupo de expertos que manejará dicho odiómetro estará formado por profesionales independientes de nuestra vida cultural y sindical. En estos momentos ya hay once personas, personos y persones, nombradas para tan alta función: Unai Sordo, Unai Que Oye, Ana Pastor, Ana Agricultor, Félix Tezanos, Javier Bardem, Silvia Intxahorrenda, Antonio Ferreras, Begoña Gómez, el Gran Wyoming y mi tía Charo. P´habernos matao, lector. P´habernos matao.

Antes del odiómetro, en otras democracias del mundo, en otros regímenes de probada libertad, se habían inventado aparatos similares:

1-En Irán, el islamómetro: mide el grado de adherencia al islam según los milímetros de pelo que puede enseñar una mujer.

2-En Venezuela, el madurómetro: mide la calidad del chándal que llevaba puesto Maduro en su viaje turístico, sólo de ida, a Estados Unidos.

3-En Cuba, el castrismómetro: mide el hambre de los cubanos y la duración de los apagones mientras se desmorona el castrismo.

4-En la España de Franco, el francómetro: mide la adherencia inquebrantable al Caudillo de España por la Gracia de Dios. O porque Dios fue gracioso.

Ante la buena acogida que ha tenido el odiómetro, los miembros, miembras y miembres, de la Real Odiademia de la Lengua hemos promovido la creación de aparatos similares para medir otras cosas. Seis palabras al respecto ya han sido incluidas en el Diccionario del Odio:

1-El begoñómetro: mide la capacidad de crear cátedras falsas para otorgar privilegios a los patrocinadores. 

2-El saunómetro: mide la capacidad de entrar en política a través de las saunas gay de tu suegro Sabiniano.

3-El putómetro: mide la capacidad de cepillarse a prostitutas en el Parador de Teruel con dinero del contribuyente.

4-El sobrinómetro: mide la capacidad de colocar sobrinitas en empresas públicas. Y me refiero a las despampanantes sobrinas que no son sobrinas, sino señoritas que fuman.

5-El galgómetro: mide la velocidad del Galgo de Paiporta para alejarse de los abucheos: exactamente 299.793 kilómetros por segundo, que es la velocidad de la luz en el vacío.

6-El mentirómetro: mide el número de trolas por segundo que es capaz de emitir Pedro Sánchez sin que se le mueva un músculo, y que suele ser superior a la velocidad de la luz en el vacío.

Y ya está, lector. Aquí acaba mi artículo de hoy sobre el odiómetro de Sánchez. Qué cabrón. Digo el odiómetro. No Sánchez.» 

Y lo firma como Miembro honorario de la Real Odiademia de la Lengua (Harbacete), genial desde mi punto de vista.

Resulta obligado un brevísimo comentario sobre el ya definitivo resultado electoral en Castilla y León, en donde, como estaba previsto, ha ganado claramente el PP que ha obtenido un 4% más de voto que le otorga 2 procuradores más, hasta 33. El PSOE ha medio salvado los muebles a costa de la desaparición de la izquierda que lo ha acompañado estos años, SUMAR y Podemos, y con sólo un 0’65% más de voto ha crecido también en 2 procuradores –las cosas de D’Hont–, hasta los 30, o sea, que en Ferraz también habrán “ganado”. El tercero en discordia, por supuesto “ganador” también pese a que sólo mejoró en 1 procurador, hasta 14 pese a que se frotaban las manos esperando 18-20. Por cierto, que el peor resultado provincial de VOX parece que ha sido en León, por la que concurría el candidato Pellón. A ver si esto le sirve al que “no ha sido nunca un experto en telenovelas” y se pone las pilas de una vez o ya sabe lo que le han apuntado los castellanoleoneses. 

 

 

Antonio de la Torre

Aficionado a la política, decepcionado con mi corta experiencia en ese mundo, y preocupado con la situación de "España, S. A.". Modesto tertuliano y articulista de opinión. Comparto inquietudes y propuestas, tratando de ayudar a crear opinión para mejorar el pervertido sistema político que nos ningunea.

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