
«Todo se resume en una elección profunda y eterna: Yo digo no al aborto, y sí a la vida, en toda su dignidad, en todo su misterio y bajo la mirada amorosa de Dios»
Queridos lectores:
La defensa de la vida no es un mero discurso ni un acto de política; es, ante todo, un acto de fe, un llamado profundo que toca la conciencia y el alma.
El aborto no es solo un problema social ni una cuestión legal: es, ante todo, una herida que atraviesa el corazón de Dios.
Cada vida concebida es un don, un “sí” de Dios al mundo, una promesa de eternidad. Y cuando esa vida se extingue antes de nacer, no se pierde solo un cuerpo: se silencia una historia que Dios había pensado desde la eternidad, un proyecto divino que solo Él conoce y ama.
Dios habita en lo pequeño, en lo débil, en aquello que el mundo desprecia.
El no nacido es el más indefenso de todos: no puede hablar, no puede huir, no puede defenderse. Y, sin embargo, Cristo está presente en él, como estuvo en el seno de María. Rechazar esa vida es, en cierto modo, cerrar la puerta al propio Dios.
El Evangelium Vitae, del amado San Juan Pablo II, nos recuerda que no basta condenar el aborto; debemos contemplar la dignidad de cada ser humano, mirar con ojos de eternidad y reconocer que toda vida es sagrada, incluso cuando el mundo no la reconoce. Pero no basta con decir “no” al aborto: debemos decir “sí” a la vida con hechos concretos. Sí a acompañar a la mujer que sufre, sí a sostener a quien tiembla de miedo, sí a abrazar a quien se siente solo. Porque detrás de muchos abortos se esconden dolor, abandono y desesperación.
Queridos lectores, deciros que la respuesta que espera Dios es de firmeza y de misericordia. Él no abandona a nadie: ni al niño que aún no ha nacido, ni a la madre que busca perdón. Defender la vida es participar de la mirada de Dios: una mirada que ama, que protege y que nunca deja de esperar. Y a quienes gobiernan, a quienes legislan, les digo: ninguna ley humana puede anular la ley de Dios.
El bien común no puede edificarse sobre la eliminación de los más débiles.
Cada decisión que se toma ante la vida tiene un peso eterno. La política no está por encima de la moral; la verdad moral trasciende toda autoridad humana.
A los que se llaman provida y gobiernan en diferentes comunidades o están en la oposición, les recuerdo: la coherencia es exigencia de conciencia. No basta con declararse cercano a los valores cristianos si, al tener poder, no se actúa en defensa de la vida.
Una persona que intentó hacer algo en este tema fue Juan García-Gallardo, que durante su etapa como vicepresidente de la Junta de Castilla y León por Vox promovió medidas para influir en cómo se ofrece la atención a mujeres que consideran un aborto.Por ejemplo, impulsó que las clínicas ofrecieran escuchar el latido fetal o realizar ecografías antes del procedimiento como parte de la “información y apoyo” a la mujer embarazada.
A quienes se acercan a la defensa de la vida con sinceridad en política, les aplaudo la claridad de su discurso. Pero recuerden: la defensa de la vida no puede depender de partidos ni de estrategias políticas; es un deber moral que trasciende toda circunstancia humana. Y a la izquierda, que ha hecho del aborto una bandera, les digo con firmeza: no es progreso ni libertad lo que defienden, sino la negación del derecho fundamental a la vida.
Se ha promovido lo que el Evangelium Vitae llama la “cultura de la muerte”, donde los inocentes quedan expuestos al arbitrio de los hombres. No se trata solo de política: se trata de una visión del hombre. Una visión que reconoce la vida como don sagrado, y otra que la subordina al capricho humano.
Por ello, hago un llamado a la conciencia: incluso quienes han defendido estas leyes no están fuera del alcance de la verdad ni de la misericordia de Dios.
Al final, todo se resume en una elección profunda y eterna: Yo digo no al aborto, y sí a la vida, en toda su dignidad, en todo su misterio y bajo la mirada amorosa de Dios.

