
«Sé que ya es difícil dar con un establecimiento como los de la infancia, con su loción de Floïd en la estantería, un calendario y el cartel de aquella tarde en que vino a torear Paquirri»
Todavía en el último tercio del pasado siglo, en los pueblos de nuestra España interior existía la figura del alguacil que iba voceando el bando municipal, de orden del señor alcalde. Se ayudaba, para llamar la atención, de una trompetilla que no pedía para su función excesiva formación musical. A la par, no faltaba tampoco la persona del barbero, que peregrinaba de casa en casa con su estuche de herramientas, menor que el maletín del médico, que también visitaba a sus enfermos a domicilio evocando ambos una feliz diacronía de oficios y talentos y quizás a nuestro Maese Nicolás del Quijote.
En el caso del barbero, el trámite solía ser breve como los enseres que llevaba, y la clientela poco exigente. El detective Germán Areta tuvo que hacer uso de ese servicio ambulante para afeitarse en el despacho. Corría el año 1983 y se había cerrado la barbería del frontón Madrid, dejando atrás sus colillas de cigarro en el vestíbulo y esos carteles de Rocky Marciano y del puente de Brooklyn. También yo fui afeitado en una ocasión con una navaja de las de antes (con la cuchilla no desechable), que supongo ya estarán prohibidas por una elemental precaución sanitaria. Todavía me admiro del perfecto rasurado que me hizo aquel profesional que, también calvo como Manuel Lorenzo, se acercaba a su edad de jubilación. Claro que en lugar de contar las bondades del Madison Square Garden nos hacía escuchar de fondo Radio Clásica.

Parece que ahora vuelven las barberías, aunque con otros estilos. Nada tienen que ver con los de antaño esos artistas que uno no sabe si son actores de cine o mecánicos de automoción. Ni sabe uno si se encuentra en un bar de rocanrol o en un club motero. Sé que ya es difícil dar con un establecimiento como los de la infancia, con su loción de Floïd en la estantería, un calendario y el cartel de aquella tarde en que vino a torear Paquirri.
Y luego están las peluquerías unisex, donde ya no es posible echar un vistazo a las revistas del corazón como tampoco (lo dije la semana pasada) en las clínicas dentales. Y donde ponen música “indie” al tiempo que te dan un masaje craneal embadurnando el menguante cabello con un champú con olor a menta. No me extraña que las actuales peluquerías se denominen también “centros de estética” o “asesorías de imagen” porque uno acude a ellas como conejillo de Indias. Entramos para descargar el pelo que ha crecido y que ya nos estorba y salimos como nuevos, con las cejas perfiladas, los alambres de los oídos recortados, las puntas untadas en cera y peinado y perfumado. Si encima le han arreglado la barba, al tocamiento facial le añadirán un refrote humeante con una toalla caliente. Sólo así es posible sentir lo que las señoras al pagar la factura de marras. En esto también nosotros caminamos hacia la igualdad y salimos más guapos, más fuertes y más jóvenes aunque un poco avergonzados quizá, y con la cuenta corriente temblando.
Una de aquellas veces, mientras el paño vaporoso cubría mi rostro pensé (prejuicio de las novelas policíacas) en que era un momento perfecto para que un ladrón echara mano de mi abrigo y me birlara la cartera y el microfilm, compinchado con el estilista.
Pero, ¿y de qué se habla en esos lugares? ¿Por qué preguntan tanto esos artesanos del secador y la tijera? Si hay mujeres, de los líos de faldas de tal o cual famoso o del bautizo civil del niño de una influencer. Si el local es de caballeros y niños se hablará de toros, de fúrgol y acaso (¡ay!) de política. De cómo y de qué manera está España. De cómo nos han tomado el pelo.
