
«No se para de reivindicar a los emigrantes en las tertulias mitineras»
El tratamiento que se le da al tema depende de la marcada orientación política de los intervinientes. Aunque me da la impresión de que ninguno de ellos se ha involucrado seriamente en la situación.
Desde hace muchos años en mi familia estamos muy acostumbrados a tener cerca a una emigrante. Durante una década, una chica recién llegada de Marruecos, Nissam, estuvo cuidando y ayudando a mi madre y a mis dos tías ya bastante mayores. Fue una hija más para ellas. Hoy en día, casada y con familia propia sigue viviendo en Málaga.
En mi casa hace años que nos ayuda, cuando es necesario, una mujer paraguaya, Graciela, tiene llaves de la casa y es una más de la familia. Ahora, como somos menos, echa una mano a mis hijos cuando la necesitan.
Son ejemplos de emigrantes aceptados y perfectamente integrados. No es tan difícil. Creo que si todos hiciéramos lo mismo, el problema de la emigración no sería tan grave.
Pero surgen problemas de difícil solución. Llegan, a una ONG en la que colaboro, una madre soltera hispanoamericana, con un niño de tres meses. Allí le suministramos alimentos y pañales desde primera hora. Pero surge la situación límite. Esta mujer está realquilada en la habitación que comparte con una prima, dentro de una vivienda alquilada a su vez por una compatriota, que ha decidido que abandonen dicha habitación en el plazo de tres días. Los emigrantes también pueden ser crueles con sus compatriotas.
Angustiada por la situación límite recurre a nosotros. En ninguno de los centros de acogida tienen plaza. La trabajadora social de nuestra ONG y yo mismo, apelamos a todos los recursos que conocemos. Y surge la buena noticia. Un alma caritativa me contesta al otro lado del teléfono: no te angusties. El lunes la acogeremos en el Cotolengo.
Una vez más, la denostada Iglesia Católica da un paso al frente ante la adversidad. Sin exceso de papeleo y parafernalia propagandística. Sin mítines reivindicativos en los que se lanzan brindis al sol y promesas que se sabe que no se van a cumplir.
Esta vez hemos podido superar el problema de dos personas indefensas que se veían durmiendo en la calle bajo cartones. Mientras, las mafias de la emigración siguen engañando a hombres y mujeres con la esperanza de un “dorado” europeo. Y aquellos que tienen que solucionar el problema, se conforman con darles unos “papeles”. Después que se apañen como puedan.
¿Cuál es la solución? Como siempre la ayuda directa. Menos documentos y más empleos. Formación y cultura para los emigrantes. Menos promesas y más realidades. Y, sobre todo, gobiernos justos en sus países que no les obligue a recurrir a la emigración. Como siempre… aparece la utopía. En ella me muevo.

