La Palabra. Por José Félix Merladet

La Palabra.

«Toda decadencia comienza precisamente cuando las palabras se manipulan o corrompen y dejan de significar Verdad» 

En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios —así comienza el prólogo del Evangelio según San Juan, uno de los textos más densos y decisivos de toda la tradición occidental. La palabra no aparece allí como simple instrumento humano, sino como principio creador, inteligencia viva y puente entre lo invisible y lo visible. El Logos griego que recoge San Juan es al mismo tiempo razón, sentido y palabra pronunciada. Dios crea hablando —«hágase la luz»— y el cristianismo llevará esa intuición a su culminación: la Palabra no sólo crea el mundo, sino que entra en él, se hace carne.

Por eso, para tantos pensadores cristianos, hablar nunca ha sido un acto inocente. San Agustín veía en el lenguaje humano una sombra imperfecta del Verbo eterno, mientras Santo Tomás de Aquino afirmaba que toda inteligencia busca, de algún modo, participar de esa Palabra primera que da orden al caos.

La tradición clásica y moderna prolongó esa veneración casi sagrada por el lenguaje. Martin Heidegger escribió que «el lenguaje es la casa del ser», sugiriendo que no habitamos sólo ciudades o países, sino palabras.

Wittgenstein en su estudio del lenguaje considera que su expresión, la lengua, es un reflejo del mundo y conforma nuestro pensamiento, así como determina nuestra forma de ser y carácter.

Incluso en la poesía moderna, desde T. S. Eliot hasta Octavio Paz, aparece la intuición de que la palabra auténtica no sólo describe el mundo: lo revela.

Juan Ramón en Eternidades le pedía a la inteligencia que le diera el nombre exacto de las cosas y sacraliza la palabra.

Poner nombre

Quizá por eso todas las grandes culturas han sospechado que existe algo casi sagrado en el acto de nombrar. Nombrar es distinguir, rescatar del caos, conceder existencia.

En la Biblia, Adán recibe precisamente esa misión: poner nombre a las criaturas. Y desde entonces la historia humana parece debatirse entre palabras que construyen y palabras que destruyen.

La palabra puede dañar o curar

Ya Confucio había advertido que cuando las palabras pierden su sentido, también se corrompe el orden político y moral. Y George Steiner, profundamente marcado por las tragedias del siglo XX, insistió en que la civilización depende de mantener una relación honesta con el lenguaje, porque allí donde la palabra se degrada en propaganda o mentira, la barbarie encuentra camino libre.

Hannah Arendt observó que los totalitarismos empiezan corrompiendo el lenguaje; Paul Valéry desconfiaba de las palabras gastadas porque terminan pensando por nosotros; y Jacques Maritain defendía que la dignidad humana depende también de la capacidad de decir verdad.

Frente al ruido contemporáneo, la antigua frase de San Juan sigue resonando con una fuerza extraña y casi metafísica: si el Verbo estaba en el principio, quizá toda decadencia comienza precisamente cuando las palabras se manipulan o corrompen y dejan de significar Verdad.

Y el asesinato público de la Verdad es el primero y  más peligroso de los asesinatos.

Jose Felix Merladet

Escritor. Antiguo funcionario del servicio exterior de la Comisión Europea, estuvo destinado como diplomático europeo en Uruguay, India y Mozambique. Ha sido profesor de las universidades de Navarra y de Deusto sobre cooperación internacional al desarrollo y sobre la India. Fue también Vicesecretario general del Partido Demócrata Europeo.

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