
Antes de abordar un breve apunte sobre nuestra rica tradición y cultura española y tras haber asistido al “II Festival de la Guitarra Ciudad de Málaga” y otros certámenes celebrados en la provincia en los últimos meses, deseo dedicar estas líneas en sincero homenaje a Javier García Moreno (1966), catedrático de guitarra clásica, presidente de la World Spanish Guitar Foundation, concertista de excepción y alma entusiasta detrás de la organización de estos interesantes eventos que ennoblecen a Málaga.
Su maestría no reside sólo en la técnica, sino en la simbiosis perfecta en la que el músico se funde con el instrumento para dar voz a la emoción.
Su labor como embajador de este arte, no solo ha sembrado el amor a la guitarra en la provincia de Málaga, sino que ha proyectado el nombre de su ciudad natal por todo el mundo. Un artista admirado, querido y siempre respetado.

«La guitarra, desde los juglares de la Edad Media hasta hoy, ha logrado con su evolución dar testimonio de cómo la belleza y el arte elevan el espíritu del ser humano»
Los orígenes de la guitarra aparecen ya en la antigüedad donde distintos instrumentos de cuerda se utilizaban moldeándose al compás de cada cultura, resonando tanto en el folclore popular como en las fiestas de los suntuosos palacios.
La identidad española de la guitarra comenzaría en la Edad Media, periodo en el que los juglares utilizaban estos instrumentos de cuerda como acompañamiento en sus cantos y representaciones; entre ellos la vihuela, el salterio o el laúd, muy populares en las celebraciones de las cortes europeas.

El primer prototipo de guitarra aparece en el siglo XIV, diferenciándose de la Vihuela, que tenía las cuerdas agrupadas en dos, lo que se llama órdenes de cuerda y que era preferida por la nobleza, siendo la guitarra más utilizada por las clases populares.
Sin embargo, ambos instrumentos, vihuela y guitarra, eran a menudo confundidos. A finales del siglo XVI se publica el primer método de guitarra en Europa, el tratado Guitarra española de cinco órdenes, con él, su autor Joan Carles Amat (1572-1642) otorga al instrumento identidad propia, estableciendo así una clara diferencia con la vihuela.

Aunque algunos autores han atribuido al rondeño Vicente Espinel la innovación de incluir una quinta cuerda a la guitarra, no es así. Ya existían composiciones en las que se habían utilizado con cinco cuerdas, sin embargo, sí es cierto que Espinel, gracias a su afición por el instrumento y su maestría logró dar gran promoción al instrumento.

Sería Antonio de Torres Jurado (1812-1892) quien hacia 1875 daría a la guitarra la forma definitiva que hoy conocemos. Renombrado como el “Padre de la guitarra”, amplió la caja de resonancia perfeccionando el sistema de varas de su interior, importantísimo para proyectar el sonido, e igualó sus dimensiones. Gracias a ello, el instrumento ganó en calidez, potencia y equilibrio, permitiéndole ir más allá de los pequeños salones privados para resonar en las grandes salas de concierto.

Sin embargo, a pesar de las innovaciones técnicas, la guitarra no sería considerada todavía como un instrumento de élite, sino que valía tan solo para conciertos privados o para acompañar canciones y bailes tradicionales en el folclore popular.
A principios del siglo XX surge la figura del maestro Andrés Segovia (1893-1987) que, con su concepción de la música, su estilo inconfundible y su entusiasmo por el instrumento, consiguió cambiar la concepción que se tenía hasta entonces de la guitarra en la historia de la música.

Nacido en la ciudad jienense de Linares, su formación fue autodidacta y desde muy joven le impulsó la firme convicción de negarse a aceptar que con la guitarra no se pudieran interpretar grandes obras universalmente conocidas. Su primer concierto en Granada con tan solo dieciséis años y un, muy alabado segundo concierto en Madrid apenas tres años después, fueron el trampolín que le llevarían a la fama deslumbrando con su arte desde Nueva York hasta Moscú y elevando al instrumento a mayor categoría en escenarios de todo el mundo.
Andrés Segovia fue un virtuoso de la guitarra que marcó un antes y un después en la apreciación que se tenía de dicho instrumento. Con gran determinación no dudó en demostrar que la guitarra podía expresar emociones de igual manera que el piano o el violín, para convertirse en pieza destacada por los grandes escenarios de la música clásica. Grandes compositores de la época componían magníficas obras para piano o violín, sin embargo, no lo hacían para guitarra.

Es por ello que, en su búsqueda incansable por elevar el prestigio del popular instrumento, Segovia sabía que debía introducir algunos cambios como la incorporación de obras clásicas de grandes maestros y adaptaciones de compositores como Johann Sebastián Bach (1685-1750), Frédéric Chopin (1810-1849) o Félix Mendelssohn (1809-1847), entre otros, que adaptaría de manera magistral, así como trascripciones del Romanticismo, Neoclasicismo y de otros autores españoles como Isaac Albéniz (1860-1909) o interpretaciones de la obra de Francisco Tárrega (1852-1909), consiguiendo ampliar el repertorio musical de la guitarra, yendo más allá de lo que había sido su identificación con el folclore.

Su labor como docente es también destacable. Tras la Guerra Civil Española (1936-1939), se trasladó a vivir a la ciudad suiza de Ginebra y posteriormente a Siena (Italia), donde impartiría clases hasta 1964 en la Academia Musical Chigiana, una de las instituciones en materia musical más prestigiosas del mundo. Segovia lograría, en su continua búsqueda por perfeccionar la técnica, alcanzar un sonido más dulce y delicado, para ello investigó en cuanto al material de las cuerdas, impulsando el uso del nailon, o una más correcta posición de las manos.
Más adelante trabajó como docente en la Academia de Santiago de Compostela y en varias universidades españolas siendo una gran inspiración para generaciones posteriores en todo el mundo. Christopher Parkening (1947), John Williams (1941) o el brillante concertista escocés David Russell (1953), participante en el último Festival malagueño, han continuado su legado convirtiéndose en excelentes maestros de la guitarra española de fama internacional.

Además de las transcripciones y la adaptación de obras de los grandes clásicos, Segovia encargó a destacados compositores nuevas piezas. Destacan entre otros Concierto para guitarra y orquesta Fantasía para un gentilhombre compuesta por Joaquín Rodrigo (1901-1999), autor del célebre Concierto de Aranjuez, pieza que dedicó al propio Andrés Segovia y Castillos de España, compuesta por Federico Moreno Torroba (1891-1982). Sus obras como intérprete y compositor fueron Estudio sin luz y Preludio nº 11
El trabajo, la voluntad y la visión de Andrés Segovia, por tanto, son esenciales para que la guitarra alcanzara el estatus que hoy en día ocupa. Sus avances, estudio y metodología se integrarían en los conservatorios, siendo un referente para los estudiosos de la guitarra. A Andrés Segovia se le reconoció su prestigio, su elegancia y maestría, al igual que su capacidad para interpretar obras emocionantes. Sin él, quizás la guitarra no habría llegado a ser lo que es.
Su labor, entrega y trabajo fueron reconocidos en vida con numerosos premios y galardones en todo el mundo. Le fue concedido el doctorado Doctor Honoris causa en diversas universidades y el título nobiliario de Marqués de Salobreña otorgado por el rey Juan Carlos I en 1981. Fue sin duda un gran embajador de nuestra cultura en todo el mundo.

Otras figuras reconocidas en la historia de la guitarra clásica española han contribuido de manera importante a su prestigio en el mundo como Francisco Tárrega con su conocida obra Recuerdos de la Alhambra y Lágrima, Narciso Yepes (1927-1997), que presenta una obra no tan romántica como Segovia, sino más intelectual y el mencionado y conocido internacionalmente Joaquín Rodrigo, cuyo Concierto de Aranjuez para guitarra y orquesta es uno de los más interpretados en todo el mundo que elevó definitivamente el sonido de la guitarra española al campo de la música sinfónica internacional.
La guitarra, a pesar de sus variaciones en su denominación, sobre todo en Hispanoamérica, como charango o guitarrón, se conoce en todo el mundo como guitarra española. Es cierto que, con referencia al violín, el nombre Stradivarius se asocia como un instrumento de calidad y aunque se vincula a Italia, no se conoce como violín italiano, en el caso de la guitarra sí, es conocida como guitarra española.

En el arte del flamenco, cabe destacar la figura de Paco de Lucía (1947-2014) que supo incorporar otros elementos como el cante o la velocidad al bello sonido del instrumento; un artista que hizo sonar la guitarra española de un modo que nadie la había hecho antes, otra forma de interpretar, otra forma de emocionar, pero esto queda para otra ocasión en la que abordar el español arte del flamenco.
En definitiva, la guitarra, desde los juglares de la Edad Media hasta hoy, ha logrado con su evolución dar testimonio de cómo la belleza, el arte y el entusiasmo siempre elevan el espíritu del ser humano.
Como siempre acostumbro a decir y he escrito en alguna ocasión: “La música intensifica las emociones, algo hermoso e íntimo donde encuentro su encanto más profundo”.
Málaga, 2026

