
«En una de mis clases de historia debatíamos la definición que Voltaire hacía del progreso»
El enciclopedista francés, con una excesiva petulancia propia de los miembros de aquella generación, pontificaba sobre las civilizaciones primordiales que habían impulsado especialmente al progreso de la humanidad.
Distinguía la cultura greco-romana, el imperio romano, el renacimiento y la etapa en la que él se encontraba. La de los ilustrados. No dejaba de tener razón, aunque presumía de la “grandeza” francesa y de sus gobernantes, a los que hacía un disimulado “peloteo”.
Considero que todas las etapas de la historia han sido coprotagonistas del progreso. El mismo se ha disparado a lo largo del último siglo, especialmente después de la segunda guerra mundial. A lo largo del primer cuarto del siglo XXI, el progreso nos ha desbordado con las tecnologías más avanzadas puestas al alcance de todos. Con una capacidad inmediata de comunicación hasta con la parte mas ignota de la tierra. En cualquier espacio desconocido y poco explorado, tienen a su alcance una televisión o un teléfono móvil, con el que acceder inmediatamente a cualquier tipo de comunicación o de información.
Sin embargo, como miembro de una generación que ha asistido con asombro y admiración a la llegada de signos claros de progreso, que han mejorado el hábitat de los terrícolas de cualquier parte, observo como parece que se ha llegado a la saturación del deseo de cambio. Las nuevas generaciones admiran más a los deportistas que a los científicos; a los “influencers” (algunos de ellos dirían “pogreso”) que a los investigadores; al “dolce far niente” que al esfuerzo.
Por otra parte más loable, rayos de luz iluminan la esperanza de que algunos esforzados luchen por conseguir un mundo futuro más llevadero y una mejora de las capacidades físicas y mentales de la humanidad. Así lo pudimos observar durante la pandemia. Los científicos se pusieron a la tarea y el resto de la población se puso a trabajar, aunados para conseguir unos resultados rápidos y eficaces del problema.
En esta semana llena de invasiones, concentraciones humanas en playas y centro de las ciudades, decretos extraños. Mientras los políticos corren despavoridos, como pollos sin cabeza, de pronto, unas mentes privilegiadas, plenas de trabajos eficaces, se acercan a un programa de televisión que mezcla las churras con las merinas, y nos transmiten su trabajo callado, eficaz y con un gran futuro.
Fue el pasado lunes. Dos médicos desconocidos para el gran público –Francisco Hernández Oliveros y Antonio Pérez Martínez-, nos hablan con sencillez de sus progresos en el campo de la eliminación de gran parte de los rechazos en los trasplantes de órganos. Dos médicos que no están muy lejos de la cuarentena, con un bagaje de conocimientos y de experimentación que nos hacen llenar de esperanzas en un futuro de los trasplantes más consolidado.
Para mí eso es progreso. Otros se dedican a protestar o a derivar las culpas. La gran mayoría piensa que “para lo poco que me queda…”. Vivimos al día, sin aprender del pasado y sin luchar por un futuro mejor. Perdón, por lo menos eso es lo que se publica. Sin embargo hay bastantes grupos de investigación y desarrollo que serían objeto de alabanza por Voltaire. Aunque no fueran franceses ni enciclopedistas.

