El último negro de la literatura: De los escritores fantasma a LAIA. Por José Félix Merladet 

El último negro de la literatura. Imagen de Literland

¿Cuánto debe quedar de uno mismo en una obra para poder seguir diciendo honestamente: esto lo he escrito yo?

La Academia Goncourt acaba de retirar de su selección de finalistas C’était ça ou mourir, del escritor haitiano-canadiense Thélyson Orélien, ante las acusaciones de plagio y las sospechas de que la novela pudiera haber sido elaborada en gran medida mediante inteligencia artificial. El autor lo niega. La Academia, por su parte, afirma que diversos análisis apuntan a que el libro sería «con toda probabilidad» ampliamente producto de una IA.

Hay en el episodio una coincidencia que invita, cuando menos, a la ironía. Durante siglos algunos escritores se sirvieron de lo que en Francia y España se llamaba, sin demasiados remilgos, un «negro» —nègre en francés, ghostwriter en inglés—: alguien que escribía anónimamente para que otro firmase. Ahora, un escritor negro es acusado de haber recurrido a los nuevos «negros» de la literatura: las máquinas. Lo cierto es que, si hubiera ganado el premio, el asunto habría tenido su justicia poética…

Sin embargo, la broma sería solamente eso si no escondiera una pregunta bastante más seria.

Alejandro Dumas trabajó con numerosos colaboradores. El más célebre, Auguste Maquet, participó en obras tan extraordinarias como Los tres mosqueteros o El conde de Montecristo. Maquet investigaba, proponía argumentos y redactaba borradores; Dumas los transformaba, ampliaba y daba a la obra su forma definitiva. Acabaron incluso ante los tribunales discutiendo algo que, siglo y medio después, vuelve a parecernos sorprendentemente actual: ¿dónde termina la colaboración y dónde comienza la autoría?

Más llamativo todavía es el caso de Colette. Antes de convertirse en una de las grandes escritoras francesas, trabajó en la auténtica factoría literaria de su marido, Willy, que llegó a emplear decenas de colaboradores. Las primeras novelas de Claudine, escritas sustancialmente por Colette, aparecieron inicialmente bajo el nombre de él. Una «negra» literaria acabó ocupando por derecho propio un lugar eminente en la literatura francesa. Y este no ha sido un caso único.

No hace falta quedarse en la Francia del siglo XIX. Hace poco, un escritor bien relacionado con el mundo editorial me aseguraba que un conocido articulista y ensayista español, famoso entre otras cosas por la brillantez y frecuencia de sus colaboraciones periodísticas, se había servido también de «negros». No tengo manera de comprobarlo y por eso omito su nombre. También me habló de premios decididos de antemano, en los que el vencedor, célebre por otras razones, recurría a un buen «negro», mientras el verdadero ganador anónimo podía ser el finalista. Tampoco puedo comprobarlo, pero ninguna de las dos cosas me resulta inverosímil.

Entre otras cosas porque conozco ese mundo desde el otro lado: yo mismo fui negro. Hace ya muchos años escribí varios capítulos de un libro que apareció, naturalmente, firmado por otra persona y que poco después obtuvo un importante premio de ensayo. Quien figuraba como autor tenía mucho talento y poco tiempo, pero dirigía el proyecto, sabía lo que quería decir y revisaba el trabajo. Yo aportaba páginas que acabarían formando parte de una obra que nunca llevaría mi nombre. Pero era joven y me pareció una experiencia muy entretenida.

El propio Premio Goncourt conoce una paradoja aún más divertida. Romain Gary, que ya había obtenido el premio en 1956, volvió a ganarlo en 1975 con La vida ante sí, pero escondido bajo el nombre de Émile Ajar. Su pariente Paul Pavlowitch representaba públicamente el papel del supuesto escritor. Esta vez no había un escritor anónimo escribiendo para un autor célebre: había un gran escritor escribiendo para un autor que ni siquiera existía. Una paradoja distinta se produjo recientemente en España: tres escritores varones —Antonio Mercero, Agustín Martínez y Jorge Díaz— ganaron el Premio Planeta bajo el nombre de Carmen Mola, la escritora que durante años había sido presentada al público y a los lectores, pero que en realidad nunca había existido.

Y ahora ha llegado un nuevo personaje a esta vieja historia. Los antiguos escritores tenían sus negros. Nosotros tenemos a LAIA —LA IA—, el último escritor fantasma: trabaja a cualquier hora, escribe a una velocidad prodigiosa, no cobra y, a diferencia de sus antecesores humanos, ni siquiera reclama que algún día aparezca su nombre en la portada —aunque a veces tengo la impresión de que debe de estar también divirtiéndose con todo esto…

Lo cual debería servir al menos para complicar un poco el debate sobre la inteligencia artificial.

Si alguien pulsa un botón, pide «escríbeme una novela» y firma sin más el resultado, parece difícil sostener seriamente que estamos ante una obra suya. Pero ¿qué ocurre si el escritor concibe el argumento, crea los personajes, decide la estructura, proporciona los materiales, dirige cada versión, rechaza unas propuestas, acepta otras, escribe páginas y reescribe párrafos y, finalmente, revisa palabra por palabra el resultado? ¿En qué momento la herramienta se convierte en autor?

La pregunta no nació con Laia. Dumas y Maquet ya la planteaban, a su manera, hace más de siglo y medio. Yo mismo, desde mi modestísima experiencia de «negro», podría plantearla al revés: ¿era menos autor del libro quien lo concibió y dirigió porque algunas de sus páginas las hubiera escrito yo? Creo que no.

No obstante, si la respuesta no es siempre sencilla cuando el colaborador es una persona, quizá tampoco pueda resolverse con demasiada facilidad cuando el colaborador es una máquina.

Tal vez la cuestión decisiva no sea, por tanto, si un escritor ha utilizado inteligencia artificial, como tampoco lo fue siempre si utilizaba secretarios, documentalistas, fuentes y archivos inaccesibles para otros, correctores, grandes editores o escritores fantasma. La verdadera pregunta es otra: ¿cuánto debe quedar de uno mismo en una obra para poder seguir diciendo honestamente: esto lo he escrito yo?

Quizá ahí esté la frontera. No en quién pulsa las teclas, sino en quién piensa, concibe, decide y responde finalmente por lo escrito.

Los antiguos negros permanecían en la sombra. Los nuevos tampoco reclaman aparecer en la portada. Pero unos y otros nos dejan, al final, ante la misma y antiquísima pregunta: ¿quién es realmente el autor?

Y hasta aquí puedo escribir.

Al fin y al cabo, los buenos negros nunca revelamos para quién trabajamos.

 

Jose Felix Merladet

Escritor. Antiguo funcionario del servicio exterior de la Comisión Europea, estuvo destinado como diplomático europeo en Uruguay, India y Mozambique. Ha sido profesor de las universidades de Navarra y de Deusto sobre cooperación internacional al desarrollo y sobre la India. Fue también Vicesecretario general del Partido Demócrata Europeo.

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