Del salón en el ángulo oscuro. Gente corriente. Por Teresita Ávila

Dra. Berger: «Los sentimientos asustan y a veces hacen sufrir. Si eres incapaz de sufrir tampoco puedes tener otros sentimientos, ¿entiendes lo que te digo?»

Robert Redford, Gente corriente
Gente corriente

«Somos pobres muñecos de guiñol que se pelean con saña mientras aplauden complacientes los cínicos espectadores, ignorantes aún de que  –también a ellos– les llegará el golpe de gracia»

Esta ausencia mía en estas páginas acogedoras, más larga de lo habitual, se ha debido a un motivo inexcusable. Cuando se trata de salud, la propia –que también– o la ajena, por mucho que se agolpen en la cabeza… las ganas de escribir, de contar, de batallar, no salen. Se quedan ahí, entre el corazón y la garganta, esperando su turno. Después de un verano difícil que ha prolongado sus calores, sus agonías, parece que salimos con bien. Mi madre –a quien debo mucho más que la vida–, después de sustos y padecimientos, sigue adelante, sin perder la sonrisa, aunque su cuerpo refleje los envites de la enfermedad. Así, con la excusa de su recuperación, y de la de otros de mi casa –menos preocupantes–, a una le ha regresado el deseo renovado de volver a pisar este suelo por donde caminar una paseata a veces tranquila, otras tensa y reivindicativa.

La realidad impone sus sones tristes, sus lúgubres compases, en esta partitura mundial en la que todos somos notas discordantes. De las cosas que pasan, de las calamidades, no podemos orillar que cada uno participa con su cuota correspondiente. A ello se agarran los siempre esquivos poderes que, a la larga, resultan beneficiarios absolutos en esta lotería del río revuelto con el fin de empobrecernos. Son muchos los frentes abiertos. Primero fueron los recientes incendios forestales en España, que han generado una combinación de malestar vecinal, protestas y debates sobre la gestión institucional, al tiempo que operan factores humanos en su propagación –como el abandono rural, la acumulación de vegetación seca y la demora en las intervenciones–. Por desgracia, aparte de los cuantiosos daños materiales, también ha habido que lamentar víctimas mortales [1]. Y después, como son expertos en arrasar, han fijado su objetivo en una ciudad española: Ceuta. A pesar del asco que ha desatado la irresponsable negligencia en el penoso capítulo de su invasión –con el abandono a su suerte de sus habitantes, a merced de un contingente que con probabilidad ha sido dirigido con unas intenciones más que evidentes–, el Gobierno parece revestido de una capa mágica con la que repele cualquier golpe. Ni siquiera las mentiras, o las flagrantes contradicciones de los Ministerios de Interior y Defensa, de la ministra de Sanidad, del delegado de gobierno ceutí… de todos los agentes implicados en este crimen aberrante que se está cometiendo a cámara lenta, logran convencer al conjunto de la sociedad española de que el objetivo somos nosotros, la gente corriente.

Este inagotable Show de Truman acelerado muta los escenarios para que la emoción no rebaje su punto de efervescencia en la búsqueda de aquello que requiera poner toda la atención sin reservas, sin dejar un pequeño resquicio al reposo, a la tranquilidad. Es realmente frenético. Consiguen imprimir un ritmo que nos deja desalentados anímicamente, exhaustos. Quizá, en modo poético, a lo Miguel Hernández, la ofrenda de nuestro corazón como alimento a saberse a quién. De la inagotable chistera del mago extraen novedades. O reeditan viejos éxitos con mando en plaza –como el movimiento del 15-M– para renovar la épica de los nuevos cachorros pertenecientes a la generación de cristal. Eso sí, liderados por niños bien con ínfulas de guerrilleros subversivos [2]. Incluso la vicepresidente Yolanda Díaz ha querido sumarse al carro, con su habitual estilo oportunista, por no decir esquizofrénico: «Si hay que movilizarse contra el Gobierno de España, movilicémonos».

Siento que estamos atrapados en una inmensa red, y que, en lugar de hallar una vía de escape, nos dedicamos a abonar las tesis manipuladoras de las distintas partes interesadas en mantenernos bajo custodia. Piezas insustituibles en la lucha eterna de clases, con unos tan sometidos o más que otros. Activos sin paga en la pervivencia de un engaño que utiliza el atractivo de las consignas, de las siglas, a gusto de su tribu particular. Y cada vez menos compasivos. Somos pobres muñecos de guiñol que se pelean con saña mientras aplauden complacientes los cínicos espectadores, ignorantes aún de que  –también a ellos– les llegará el golpe de gracia.

NOTAS.

[1] El fuego arrasa España y aún queda verano por delante: “La gravedad de los incendios está aumentando a un ritmo mayor del previsto”

 

[2] Los rostros de los cabecillas de la acampada en Sol: colegios de élite y universidades privadas

Teresita A.

Mi nombre tiene una historia detrás. La culpa no fue del cha-cha-chá -como cantaba Jaime Urrutia- sino de un "accidente burocrático". Nací en Logroño y pasé mi adolescencia en un lugar de cuyo nombre siempre me acordaré. Mis banderas son el humor cervantino y la retranca de Miguel Delibes -a quien tuve el honor de conocer, ya que soy autora de un libro cuya fuente exclusiva es su obra: Fórmulas de tratamiento en la narrativa de Miguel Delibes-. Las vocaciones -al contrario que las casualidades- existen y se persiguen, como los sueños. Y los míos siempre tuvieron en el foco darle a la tecla y escribir. Además, ejerzo como profesora en un instituto vallisoletano.

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