Ayudando a un amigo en la matanza. Por Luis Bully

Ayudando a un amigo en la matanza
Ayudando a un amigo en la matanza

“De siempre han tenido costumbre en la matanza de llamar, para oficiar de matarife, a Paquillo, un viejo – es lo que él dice – de setenta y ocho años y ciento sesenta y tres kilos y doscientos treinta gramos de peso”

El otro día estuve ayudando a un amigo en la matanza. Cada año nos ponemos de acuerdo varios nostálgicos de estas cosas del ayer y amantes del buen comer, y nos ayudamos en el trajín.

Este amigo siempre mata dos cebones blancos. Se los crío yo, de los tres que tenemos marranas soy el único que tiene blancas. Las tengo para tostones, como el tostón blanco nada, y de la última parición le dejo dos. Se crían junto con los míos y da gusto verlos tan sonrosados entre los negros.

Mi amigo no es de campo, es de ciudad, urbanita que se dice ahora, pero sus padres compraron hace muchos años, a los hermanos de su madre, las participaciones de una casa herencia de los abuelos y dos cortinas. Y en aquella casa se acostumbraron a pasar veranos, inviernos y muchos días.

De siempre han tenido costumbre de llamar, para oficiar de matarife, a Paquillo.
Paquillo es un viejo – es lo que él dice – de setenta y ocho años y ciento sesenta y tres kilos y doscientos treinta gramos de peso. El peso fue comprobado y atestiguado por un servidor, pues tras pesar a los marranos como manda la tradición, con romana, le pesamos a él.

Ha perdido peso. Según él, últimamente anda desganado. Cien gramos en un año. Es un tiarrón. Alto, grande, redondo. Siempre fue redondo.

Tiene la cabeza redonda, orejas de soplillo, ojos vivos, muy vivos. Sus ojos y su buen tino le permitieron ganarse el pan. Tiene la cara llena de cicatrices. En algún momento tuvo el pelo negro, bueno, negro amorcillado, o lo que es lo mismo, negro rojizo.

Siempre lleva visera. Echada hacia los ojos. De cuadros.

El sólo se basta para matar y destazar. En diecisiete minutos justos deshace un marrano y eso que sólo tiene un brazo. Dice que a su lado no quiere inútiles, que si el hace uno los demás tienen que hacer dos. Y tiene razón, claro, él tiene un brazo y los demás tenemos dos.
A pesar de su volumen está muy ágil. Se mueve rápido y no aparenta cansancio. Asesta la cuchillada de forma certera, precisa, directa, sin titubeos, manteniendo el equilibrio.

Paquillo siempre se presenta con tres cuchillos y un frío -sujeta el frío entre los dientes cuando toca usarlo-, una vara y un tajo de roble.

Nos considera niños y como a tales nos trata. Cuando entre bromas y chistes nos descuidamos en la tarea, ¡ ZAS ! Varazo al canto, sin misericordia, con todas sus ganas.
Nosotros nos vengamos. Le echamos sal al café, azúcar a la panceta, agua en lugar de aguardiente… Y él se ríe… Y nos la guarda.

Paquillo es veloz con el cuchillo. Me recuerda a esos piratas que salen en las películas.
Le llamamos Paquillo el de los trienios. Tiene cinco hijos, tres hembras y dos varones, que se llevan exactamente tres años de uno a otro. Esto siempre ha sido motivo de discusión y análisis, que no chanza, entre nosotros.

Perdió el brazo con cuarenta. No perdió la vida porque aquel día no estaba de morirse.
Nació y trabajó en una finca. Tenía un ojo increíble para calcular el peso. Yo que siempre fui bueno para eso puedo asegurar que era extraordinario, y por supuesto mucho mejor que yo. Y tenía buen tino para las labores y las faenas.

Una mañana, temprano, se empeñó en relevar al tractorista que estaba empacando. A mediodía le encontraron tirado junto al tractor. La toma de fuerza. Nadie supo que ocurrió. Sin el brazo a la altura del hombro, magullado, sin sentido, reventado, desangrado. Un horror. Salvó. Le salvaron.

Lo pasó mal. Se deprimió. Se dio a la bebida. Se perdió.

Un día, el cura del pueblo, junto a otros tres hombres, le echó mano. De noche. A escondidas. Con mucho esfuerzo le tiraron a un pozo seco. Quince días tardó Paquillo en comprender y cambiar.

Aprendió a valerse por sí mismo, a trajinar con las vacas y el zacho. A ser más útil que los inútiles con dos brazos.

Mientras lavamos los trastes y el suelo, y preparamos la mesa, se ha sentado en el tajo, junto al fuego. Los críos le han rodeado. Ha sacado un puñado de caramelos del bolsillo superior del mono azul y mientras los reparte ha empezado a contarles historias. Me acerco con disimulo. Las castañas que están en la lumbre chascan cuando el calor las hincha. Pongo la oreja intentando oír las cosas que cuenta. ¡ ZAS ! Varazo en las canillas. ¡Trabaja y quítate de la vista, haragán! Escocido, más por la rabia que por el golpe, me alejo unos pasos, pero no puedo resistir la tentación y vuelvo. Me guiña un ojo, me tira un caramelo y sigue narrando.

El fuego necesita espabilarse. Se echan unos troncos. Parecen pocos, se echan más. Las llamas lamen la corteza de roble.

Treinta euros por marrano y la comida. Cualquiera de nosotros le daríamos el doble, el triple, lo merece. Bueno, a decir verdad en la comida sale caro. Ha pedido alubias. Las pidió hace un mes. Rabo, oreja, tocino, morcillo, morcilla – por aquello de la paridad -, jamón, chorizo, tomate, cebolla, pimiento, laurel, ajo y guindilla. Dos platos llenos y un cuarto de pan de kilo. Y dice el jodío que le ha sabido a poco.

Y entre risas y bromas se nos pasa el día.

Le he traído un pollo. Sé bien lo mucho que le gustan. Se lo doy antes de la merienda, hay que picarle a ver si lo suelta para comerlo entre todos. Va a ser que no, claro, ya no lo suelta. Hasta que se lo coma va a estar soñando con él. Lo mira y remira buscando las pegas, pero se las calla. Es un pollo marraduner. Este año no es tan bueno como otras veces, será cosa del año.

Agarramos costilla y papada a la usanza del campo, la tajada sobre el cacho de pan con una mano y con la navaja en la otra para ir cortando. Y me despido de Paquillo y de la casa hasta el próximo año, a los demás les veré en unos días, en la siguiente.

***

 

 

– El tajo se hace cortando una rama muy gruesa de la que salen tres ramas más finas que se igualan y que serán las patas.

– La toma de fuerza es un mecanismo que transmite la fuerza centrífuga de un eje accionado por el motor, a un apero, en este caso la empacadora. Ha sido la causa de muchos accidentes muy graves y en su mayor parte mortales.

– El frío es un cilindro escamoso de acero que permite aguzar el cuchillo.

– La visera es la típica gorra de campo.

– La vara es de fresno, de un dedo de gruesa. No hace cosquillas.

– Euskal oiloa marraduna. Raza vasca de pollo.

Cortina. Pequeña porción de terreno labrable, huerta.

Luis Bully

A los catorce años sembré unas alubias, cuando las vi germinar y convertirse en unas hermosas plantas quedé maravillado y decidí ser agricultor, y eso soy, agricultor y ganadero. En el camino fui algunas otras cosas, pero no tuvieron gran importancia. y, por ello, pretendo dar a conocer las realidades de quienes habitamos un mundo condenado a la desaparición si quienes suelen dirigir nuestros destinos terrenales no cambian su forma de entender lo que es el mundo rural y las necesidades de quienes vivimos en él.

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