Quieren robarnos nuestra forma de vivir, la individualidad, esperanzas y pensamiento. Y no lo vemos. Por Luis Bully

 Quieren robarnos nuestra forma de vivir, la individualidad, esperanzas y pensamiento. Y no lo vemos. En la imagen autorretrato de Flor Garduño
Quieren robarnos nuestra forma de vivir, la individualidad, esperanzas y pensamiento. Y no lo vemos. En la imagen autorretrato de Flor Garduño

«Quieren robarnos nuestra forma de vivir, nuestra individualidad, nuestras esperanzas, nuestro pensamiento, y les estamos dejando»

Hace un mes, más o menos, un vecino mío cometió un error mientras manejaba el ganado de su explotación. Fue un error tonto como tantos que cometemos cada día, que no originó grandes problemas.

Al entrar en un corral lleno de becerras, dejó la puerta abierta. Era entrar y salir, un momento, unos segundos, pero bastó que uno sólo de aquellos pacíficos y tranquilos animales decidiera ojear a través de aquel hueco que daba paso a la Libertad, para que todo el grupo se lanzase a la carrera y saliera al exterior.

Consiguieron frenar a la mayor parte del grupo, pero unas pocas salieron de la finca saltando y rompiendo cercas.

En estos casos poco se puede hacer, o cortas el paso y las desvías, o corren incansables hasta que decidan detenerse.

Podríamos decir que una cierta locura se apropia de ellas. Se vuelven indómitas, salvajes. Desaparece la individualidad y aparece el grupo como unidad de comportamiento y acción, la manada.

Los seres humanos nos parecemos bastante a esas becerras. Es frecuente que determinados comportamientos nos asimilen a un rebaño de ovejas más que a uno de vacas. El rebaño sigue al pastor, va detrás de él, en masa uniforme, con la cabeza gacha.

Las borregas son imprevisibles, sin venir a cuento alguna se desmanda, se sale de la formación, se echa unas carreras, pero cuando están dentro del grupo por lo general se mantienen sumisas.

Si por alguna razón el rebaño se desboca, se lanza a la carrera, y o tienes perros que lo frenen, o nada puedes hacer salvo dejar que corra y que se pare cuando le venga en gana, porque ya parará.

En la tarde del miércoles parte del rebaño se desbocó, y marchó al unísono contra otra parte, solo que no eran ovejas, eran personas. Es obvio de lo que estoy hablando, ¿Verdad?

En las películas de romanos hemos visto más de una vez los arietes que empleaban para derribar puertas. Ariete viene de Aries, el Carnero, y se suelen representar los arietes con la cabeza de un carnero en el extremo que golpea. La comparación es inevitable, y más si has visto a dos moruecos dándose testarazos. Morueco es el macho semental de la oveja, carnero era el castrado, pero por esos caprichos de la lengua, o más bien de quienes la hablamos, se pasó a considerar al carnero como semental y se despreció el uso de la palabra morueco.

Cuando dos moruecos se mochan, se golpean con la testuz, el choque es formidable. Algunas veces alguno sale con la cabeza rota. Si tienen cuernos y el golpe es fuerte, el sonido de hueso contra hueso impresiona.

Y en esas estamos, en unos que quieren mochar a otros, derrotarlos a base de golpes. En 1978 se inició un periodo de tiempo en el que mientras unos creíamos en la paz, en la concordia, en la libertad, en el Estado de Derecho, otros trabajaban a escondidas, sin desmayo, socavando los pilares del edificio que construíamos con nuestras creencias y anhelos.

Un once de marzo, un día que muchos recordaremos amargamente, los Otros decidieron dar un paso más, y en ese preciso instante se inició el principio del fin. Salieron de sus huras, de sus madrigueras, y ya no tuvieron necesidad de seguir escondidos. A partir de ese momento manifestaron a las claras sus intenciones, y los Unos decidimos seguir en la inopia.

Y hoy, aquí estamos, contemplando cómo quienes creen en la democracia y en la libertad son apedreados, acosados, fustigados, insultados, en la Comunidad que acoge a las instituciones del Estado y la capitalidad de la nación. Y lo son gracias a la acción directa de quienes constituyen el Gobierno y al silencio del resto de las instituciones.

Lo que ocurrió el miércoles no es nuevo, no, primero se vivió durante años en las Vascongadas, luego en Cataluña, ahora se ha empezado a vivir en Madrid.

Hace años hubo personas que tuvieron que tomar la decisión de  huir de sus ciudades natales, dejando atrás negocios, familias y vidas, perseguidos por tener ideas y creencias contrarias a las de sus agresores y asesinos. La sociedad calló, y al callar, el modelo de acoso se extendió. Se acosaba en nombre de un nacionalismo mal entendido, y ojo, que sigue ocurriendo, pero hoy, además,  se hace como revancha, como venganza por haber perdido una guerra. Guerra en la que ninguno de los que estamos hoy aquí, participamos.

El miércoles invocaron a voz en grito el regreso a Paracuellos y los tiros a quemarropa, a traición, con cobardía, con sadismo. Reclamaron el asesinato de inocentes de obra, que no de pensamiento, pues para estos verdugos no hay mayor delito que el pensar diferente a ellos, que pensar en y en la Libertad.

Se trata de una lucha sin cuartel entre una ideología y una forma de vida. Y no lo vemos. No queremos verlo. Por mal que se lleven, por muy distanciados que parezcan estar, tienen la misma ideología y el mismo objetivo. Quieren robarnos nuestra forma de vivir, nuestra individualidad, nuestras esperanzas, nuestro pensamiento, y les estamos dejando.

Hoy pensaba hablarles del proyecto de un megalómano que pretende ocultar el sol, enturbiar el cielo para enfriar la Tierra. Se cree dueño de la vida y el destino de muchos, entre otros, de quienes sin el calor del sol no podrían subsistir en el Ártico. Pero mi pensamiento ha girado hacia la desgracia que estamos viviendo en nuestro país.
Otra vez será.

Luis Bully

Luis Bully

A los catorce años sembré unas alubias, cuando las vi germinar y convertirse en unas hermosas plantas quedé maravillado y decidí ser agricultor, y eso soy, agricultor y ganadero. En el camino fui algunas otras cosas, pero no tuvieron gran importancia. y, por ello, pretendo dar a conocer las realidades de quienes habitamos un mundo condenado a la desaparición si quienes suelen dirigir nuestros destinos terrenales no cambian su forma de entender lo que es el mundo rural y las necesidades de quienes vivimos en él.

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