El nazi que salvó al comunismo del exterminio. Por José Antonio Marín Ayala

Richard Sorge

 

Richard Sorge
Richard Sorge

“Gracias a Sorge el comunismo se hizo fuerte, arrastrando a la humanidad a una siniestra Guerra Fría, a plantar su semilla en los regímenes autoritarios actuales de Rusia, China, Corea del Norte y Cuba”

 

hora que tan gratuitamente se tilda sin pudor alguno en nuestro país al que no comparte sus ideas políticas (quién lo iba a decir, tras más de cuarenta años de democracia), ora como rojo o comunista, ora como fascista o nazi, según sea el caso, no está de más rescatar de la memoria histórica contemporánea a dos personajes en las que estas dos ideologías llegaron a hacerse casi indistinguibles. Hablamos, por un lado, de un patriota, idealista y soñador, y, por otro, de un perverso psicópata, tirano y genocida, para más señas.

Richard Sorge (vocalizado en español como Rijard Sorgue, pues es así como se pronunciaría su nombre en alemán) nació, en 1895, en el seno de una acomodada familia cuyos progenitores eran un ingeniero alemán y una rusa, en un suburbio de Bakú, Azerbaiyán. Este lugar distaba poco más de 600 kilómetros de Gori, en Georgia, donde por la misma época floreció un adolescente de salud quebradiza llamado Iósif Vissariónovich Dzhugashvili. A sus 17 años de edad, este hombre adoptó el apodo de «Koba», nombre que hacía honor a un famoso bandido y rebelde georgiano. Cuando las hormonas lo alteraron de manera definitiva cambió el alias al de «Stalin», término que significa, literalmente, «hecho de acero».

Iósif, Koba o Stalin, como mejor prefiera, había venido al mundo, en 1878, de la mano de una sindactilia, una malformación por la cual dos dedos del pie están unidos por una membrana, a similitud de los anfibios. A partir de los dos años padeció el sarampión y la escarlatina y, para más inri, en 1884, le atacó la epidemia de viruela desatada en Gori; y aunque sobrevivió a tales infortunios, la superficie de su cara quedó de por vida marcada como lo está la lunar. Su madre, de la que se decía que no guardaba el más mínimo recato marital, tenía el firme empeño de que su hijo fuera para cura, así que el pequeño Stalin cursó sus estudios primarios en la escuela parroquial. Tras abandonarla por un tiempo para ir a trabajar, pues su alcohólico progenitor, en modo alguno anónimo, se gastaba los cuartos en cartones de vino y daba palpelo a parienta y retoño incluidos, Iósif decidió ingresar en el Seminario Teológico de Tiflis. Sin embargo, su alma perversa y las ideas radicales de izquierda, amalgamada en esta familia desestructurada, le llevarían a abrazar durante su estancia en el seminario la doctrina marxista propalada por un chalado peligroso, venerado también en nuestros días, un tal Vladímir Ilich Uliánov, más conocido entre los suyos por Lenin, lo que lo convertiría con los años en un loco asesino. En 1900, los ideólogos marxistas, espoleados por Lenin, animaron a los suyos a montar en Bakú una imprenta clandestina donde realizar octavillas en contra de la monarquía zarista, régimen que en modo alguno pudiera ser tenido por un dechado de virtudes. El imperio ruso estaba formado por una aristocracia, rica a más no poder, aglutinando en su seno a un sinnúmero de súbditos con la pobreza más extrema por bandera.

Las actividades subversivas de este grupo de reaccionarios se pondrían fin un año después, cuando la policía zarista desmantelaba el grupo y un fugitivo Iósif pasaba a la clandestinidad.

Iósif se adhirió a la doctrina de Lenin de formar un partido centralista fuerte que liderara los «escuadrones de lucha», individuos que llevaban a cabo robos en los bancos, a como lo haría un Robin Hood malvado y sin escrúpulos, y así reunir fondos para financiar el partido bolchevique.

Mientras Iósif operaba en Bakú, la familia de Richard Sorge hacía ya varios años que se había trasladado de allí a Berlín. Aunque Sorge era alemán, su madre le inculcaba frecuentemente la morriña que sentía por su patria rusa. Sorge, a diferencia de Stalin, vivió en el seno de una familia culta y equilibrada, donde la música clásica estaba omnipresente. Como buen patriota alemán que era, Sorge, a sus 18 años, participó como voluntario en la Primera Guerra Mundial enrolándose en el Ejército Imperial Alemán.

Por aquellas fechas había tenido que huir por patas de Rusia el alborotador Lenin y refugiarse en Suiza, donde, bajo el paraguas del gobierno alemán, sobrevivió a las garras zaristas.

Alemania se había metido de lleno en la «Gran Guerra» en dos frentes bélicos geográficamente opuestos: el occidental, contra Francia e Inglaterra, y el oriental, contra Rusia. Para corregir esta peligrosa situación y concentrar sus divisiones solo en el frente occidental, pues su deseo era invadir Francia, dio un golpe político que ella misma tildó de magistral. Se valió del «tonto útil» de Lenin (expresión que luego este individuo usaría para referirse a sus propios manipulados) para mandarlo clandestinamente, en 1917, a Rusia y hacer por los alemanes el trabajo sucio de poner a la sociedad rusa en contra de su zar para que detuviera la guerra. Y vaya si lo consiguió. Poniendo en marcha su «dictadura del proletariado», una engañosa doctrina que promete el oro y el moro a los más desfavorecidos, pero que en el fondo persigue el poder absoluto del que la propugna, como lo haría cualquiera de los especímenes que la humanidad ha tenido, cada dos por tres, que soportar, dio un golpe de estado en toda regla (aunque, a semejanza de lo que habían hecho los franceses un siglo atrás, los románticos bolcheviques lo bautizarían con el más digerible nombre de Revolución), asesinando a todos los miembros de la dinastía Romanov, varios de ellos niños. Puestas así las cosas, Rusia perdió de la noche a la mañana su imperio y el nuevo amo, fiel al papel que tenía que representar de barriga agradecida, pidió el armisticio inmediato a Alemania. Poca o nula perspectiva geopolítica debieron tener en esos momentos los dirigentes alemanes con aquella licenciosa conducta de dejar suelto a un tipo tan peligroso como Lenin, consecuencias que luego se revelarían tan desastrosas, tanto para ellos mismos como para la humanidad, pues este individuo propaló el comunismo por todos los países del mundo, creando, al finalizar la guerra, la Internacional Comunista, también conocida como el Komintern.

Sorge fue herido durante la contienda en varias ocasiones, motivo por el cual estuvo hospitalizado en diversos sanatorios. Estos períodos de inactividad bélica le permitieron terminar sus estudios de doctor en Ciencias Políticas. Al final obtuvo de esta experiencia militar la baja definitiva del ejército, una Cruz de Hierro por los méritos contraídos, idéntica a la que lucía su también compañero de armas Adolf Hitler, y una cojera de por vida a causa de sus graves lesiones. Los alemanes, ahora sí, con todo su potencial bélico concentrado en occidente, se propusieron conquistar y arrasar Francia, pero, inexplicablemente, pidieron el armisticio. Se han elaborado muchas teorías para explicar esta insólita decisión, desde razones puramente militares hasta la conocida «puñalada por la espalda» de sus políticos. Sin embargo, una que ha sido tenida en cuenta poco es la de la pandemia desatada en un cuartel militar de Estados Unidos, en 1918, y que fue propagada al campo de batalla por sus miles de soldados enviados a Europa. Provocó más de 30 millones de muertos en el mundo, mermando especialmente al ejército germano, que recibía en sus campos de prisioneros a numerosos soldados infectados. El virus causante de esta plaga, a diferencia del actual, tenía una especial predilección por los más jóvenes y fuertes, es decir, por los soldados. Como España se había mantenido neutral en el conflicto, a esta calamidad vinieron los aliados en bautizarla con el poco respetuoso nombre de «gripe española», en justa correspondencia con todo lo pergeñado por ellos a lo largo de los siglos en nuestra abultada Leyenda Negra Española.

Tras la guerra, y haciendo bueno aquello que decía Churchill sobre la juventud y las ideas de izquierda, amén del amor que le transmitía su madre por Rusia, se apoderó de Sorge el irresistible hechizo del buenista comunismo soviético. Dicen que tuvo también que ver en ese cambio de actitud el hecho de que la sociedad burguesa alemana de entreguerras fuera tan excluyente con aquellos que no tenían un porvenir claro en la vida (tanto tienes, tanto vales, como diría el refrán). Así que finalizada la contienda se inscribió en el Partido Comunista Alemán, nefasto germen político que serviría para enfrentar a una dividida sociedad alemana en un cruento conflicto civil durante el período de entreguerras y que a la postre brotara, como por ensalmo, su natural contrapartida ideológica: el nazismo. Idéntica situación de inestabilidad provocada por la semilla de la «dictadura del proletariado» se daría en España, Francia, China, Grecia, Italia, Yugoslavia, Serbia, Rumanía y, en general, en gran parte de Europa y los Balcanes, teniendo todos estos conflictos civiles un halo de continuidad de la Gran Guerra, conflagraciones que enlazarían con la Segunda Guerra Mundial. No en vano, muchos estudiosos hablan de una única, y rediviva, «Guerra de los Treinta Años», que iría desde 1914 a 1945. Cuando Hitler ascendió al poder, Sorge, merced a su Cruz de Hierro, ya gozaba de la plena confianza del gobierno alemán, así que urdió una sólida tapadera para su recién iniciada condición de espía ruso: se afilió al partido nazi. En 1933, con el beneplácito del servicio de inteligencia ruso, se instaló en Tokio como periodista, donde se hizo amigo del agregado militar alemán, el teniente coronel Eugen Ott, y cuya esposa había sido novia de Sorge durante su juventud. Ott acabaría siendo embajador y Sorge ocupaba ahora una posición inmejorable para ponerle los cuernos a su amigo y para conocer de primera mano las intenciones alemanas en la Segunda Guerra Mundial que estaba gestándose. Sus contactos con miembros del gobierno japonés fueron también determinantes para el Tercer Reich, pues los nazis querían que Sorge hiciera todo lo posible para convencer a Japón de que entrase en la guerra del lado alemán. Desde la embajada alemana en Tokio Sorge espiaba para los rusos, teniendo línea directa con uno de los lugartenientes de Stalin. Sorge se convirtió, por su astucia y por el alto nivel diplomático en el que se movía, en el rey de los espías dobles.

No era ningún secreto para los actores en juego que la mal llamada Revolución Rusa aspirara a conquistar Europa, por lo que los partidos comunistas en cada país, dirigidos desde Moscú por la Komintern, se erigieron en quintacolumnistas que preparaban el terreno para una futura invasión. Pronto surgiría una sombría estructura imperialista que se vino en llamar «Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas».

Quizá fuera esta la amenaza que detectó Hitler cuando al fin accionó la espoleta que daría comienzo al más sangriento conflicto bélico desatado por la humanidad hasta ahora (lo que los expertos llamarían un ataque preventivo), teniendo siempre como intención última derrotar el comunismo. No obstante, al igual que le sucediera a Alemania durante la Primera Guerra Mundial, Hitler necesitaba tiempo para despachar el frente occidental. Unos meses antes, los alemanes habían firmado un tratado de no agresión con los rusos para que Alemania pudiera disponer de todas sus divisiones para la invasión de Francia, Bélgica y los Países Bajos y así evitar que Rusia se pusiera de parte de los Aliados. Los rusos estaban también encantados con el acuerdo, porque en una cláusula secreta ambos países se repartían la neutral Polonia a partes iguales.

Cuando, en 1940, y durante solo seis semanas, el asunto del oeste lo tuvo resuelto, Hitler entonces se decidió a deshacer el entuerto en que se habían metido los alemanes con el «caso Lenin» y arreglar las cuentas pendientes con los bolcheviques de la Unión Soviética.

Sorge había averiguado por el embajador alemán que el pacto ruso-alemán era ya papel mojado y que se proponían invadir la URSS de manera inminente, por lo que informó debidamente a Stalin de todo ello. El 30 de mayo de 1941 transmitió un mensaje por radio a los servicios secretos rusos que decía: «Berlín ha informado al embajador Ott de que la ofensiva alemana contra la Unión Soviética empezará en la segunda quincena de junio».

El dictador soviético, receloso con todo el mundo (menos, al parecer, con Hitler), no quiso dar por auténtica esta valiosa información. Stalin dudaba del propio Sorge, al que tenía por un espía alemán. Incluso lo ridiculizó en público, diciendo que no iba a creer a «un mentiroso de mierda». El propio Churchill advirtió a Stalin, dos meses antes, de que Alemania pretendía atacarlos, pero nuevamente pensó que los ingleses querían arrastrar a Rusia a una guerra contra Alemania. Sorge incluso comunicó con la debida antelación a Stalin la fecha concreta de la invasión alemana, la «Operación Barbarroja»: sería el 22 de junio de 1941. Iósif tampoco hizo caso alguno a esta primicia venida de una fuente de primera mano; la incrédula y sanguinaria reacción de Stalin fue enviar a Tokio a un sicario para que eliminara a Sorge. El propio Beria, la mano derecha de Stalin, participaba también de esta inopia psicótica. El embajador soviético en Berlín había advertido asimismo a Moscú del inminente ataque alemán. Tan solo un día antes de la invasión, Beria mandaba a Stalin el siguiente comunicado: «Ha informado [el embajador ruso] de que este ataque empezará mañana… Pero yo y mi agente, Iósif Vissariónovich, tenemos grabada en la memoria vuestra sabia conclusión, Hitler no nos atacará en 1941».

Quizás esta paranoica actitud se debiera a que Stalin era desconfiado por naturaleza. Robert John Service, historiador británico especializado en Rusia, dice de él: «Tenía una personalidad predispuesta a fantasías persecutorias y, trágicamente, tuvo la oportunidad de llevar a la práctica sus propias perturbaciones psicológicas a través de la persecución de millones de personas».

No en vano, durante el periodo de entreguerras mandó a campos de concentración del Gulag a todos sus opositores políticos, y hasta ejecutó a numerosos oficiales del ejército, por lo que en esos decisivos momentos carecía de generales capaces de soportar una «guerra total» como la que se avecinaba. Las purgas llegaron hasta el propio NKVD, la Policía Secreta Soviética, de tal modo que eran pocos los espías rusos veteranos que habían sobrevivido al implacable brazo ejecutor del georgiano. Tampoco se libró de su sanguinario designio la inocente población civil. Tras la desastrosa colectivización de las tierras en Ucrania, emanadas del ideario comunista, se desató el «Holomodor», un periodo de descomunal hambruna. Holodomor deriva del ucraniano «moriti golodom» y se traduce como «matar de hambre». Stalin, por temor a que los ucranianos se rebelaran contra sus políticas fiscalizadoras, ordenó la muerte por inanición de casi cinco millones de personas. Requisó cosechas y alimentos de Ucrania y luego cercó los pueblos para que nadie pudiese escapar del hambre.

La astucia de Sorge, viviendo a cada minuto con el peligro, le libró de ser asesinado, pues consiguió deshacerse del sicario enviado por Stalin, viendo entonces cuan de negras tenía las orejas este lobo que gobernaba la tierra natal de su madre.

Casi sin oposición alguna, tres millones de soldados alemanes invadieron en la fecha fijada la Unión Soviética, haciendo un número similar de prisioneros rusos, entre los que se contaba el propio hijo de Stalin, Yakov. Los alemanes le propusieron intercambiarlo por un general alemán, pero Stalin se negó. Total, daba lo mismo; la vida de cualquier prisionero ruso no valía nada: si no moría a manos de los nazis en el campo de batalla sería ejecutado por Stalin cuando cayera en sus manos por rendirse ante el enemigo. Así que el joven Yakov tenía los días contados, muriendo a los pocos meses en un campo de concentración alemán.

Antes del comienzo oficial de la Segunda Guerra Mundial, Rusia y China andaban a la gresca, como corresponde a dos vecinos delimitados por fronteras comunes. Los japoneses habían invadido China, por lo que para alejar el peligro de sus fronteras Rusia había dado pleno apoyo militar a la facción comunista que dirigía Mao Zedong. Esto tuvo una grave consecuencia, y es que al finalizar la contienda mundial brotó una sangrienta confrontación entre ellos y los nacionalistas chinos, dirigidos por Chiang Kai-shek (que habían sido dejados de la mano de dios por los americanos, un error de bulto estratégico yanqui), con el resultado de varios millones de chinos ejecutados en represalia por el sanguinario Mao.

Cuando la URSS se vio seriamente acosada por Alemania temía que se sumaran al ataque desde China los invasores japoneses. Por eso era vital que los nipones no participaran en esta decisiva batalla. Gracias a los estrechos contactos que tenía con los altos mandos militares japoneses, no es descabellado pensar que Sorge influyera en ellos para que Japón no se sumara al ataque alemán de la Unión Soviética por su zona más vulnerable, Mongolia, aun cuando ahora se le ofrecía a los nipones la posibilidad de vengarse de la ayuda rusa a China. El «maestro de espías» consiguió que, a pesar de estar en bandos enfrentados, Japón no atacara a la URSS en ese momento tan crítico, con las tropas de Hitler a tiro de piedra de Moscú.

Como ya sucediera en 1812 con la invasión bonapartista, la Providencia vino en socorro de los rusos mediante la brusca aparición en el campo de batalla del «General Invierno», lo que permitió a Stalin concentrar sus fuerzas siberianas de reserva contra Alemania, ahora que sabía que los japoneses no iban a atacar, y, a la postre, alejar así el gravísimo peligro que se cernía sobre Moscú.

Es muy posible también que Sorge influyera sobre sus contactos japoneses para que centraran su guerra bien lejos de Rusia, al sur, en el Pacífico, donde los EEUU tenían una base militar potente, con su flota naval casi al completo. Esto permitiría, además, invitar a participar en la guerra al «Gigante Dormido» estadounidense, con lo que los rusos contarían, a pesar de las enormes diferencias ideológicas existentes, con un potente aliado que les ayudara a salvar sus muebles.

Puestas así las cosas, el mariscal Zhukov pudo lanzar con garantías un gran contraataque desde las afueras de Moscú, el 5 de diciembre de 1941. Dos días después, el 7 de diciembre, sin declaración de guerra ni aviso previo, los japoneses destruían la base naval de Pearl Harbor, una victoria eclipsada en gran parte por no haber podido destruir los portaaviones estadounidenses, que aquella mañana casualmente no estaban en el puerto (¿Conocía acaso Sorge también esta circunstancia?). El almirante Isoroku Yamamoto, que dirigió el ataque nipón, expresó su terrible pesar: «Me temo que hemos despertado a un gigante dormido y le hemos obligado a tomar una terrible resolución». El 8 de diciembre, EE.UU. declaraba la guerra a Japón. Y el 11 de diciembre Hitler declaraba en el Reichstag la guerra a los Estados Unidos. Con estos cuatro acontecimientos, sucedidos en menos de una semana, la suerte estaba echada y cualquier analista podía predecir en esos momentos el resultado de la guerra.

Los servicios de inteligencia japoneses fueron poniendo cerco al grupo de espías de Sorge, interceptado las transmisiones que permitían las valiosas, pero inútiles, comunicaciones que le llegaban a Stalin. Los nipones descubrieron que Sorge era un espía soviético que operaba con el nombre en clave de Ramsay. Sorge entonces fue detenido y encarcelado durante tres años. Tenía todavía cierta inmunidad diplomática, la que le otorgaba ser ciudadano alemán agregado a la embajada, aunque para no perjudicar a más agentes que operaban con él en Tokio decidió autoinculparse.

Perdida la batalla de Moscú, Hitler posó su vista en Stalingrado, la ciudad que llevaba el nombre de su mortal enemigo. Cuando más álgido era el acoso alemán de Stalingrado, un invitado a la cena de gala que el dictador había ofrecido a la delegación inglesa y americana en Moscú definía certeramente al personaje: «Tiene en la cara una expresión desagradablemente fría, astuta, muerta», anotó el general sir Alan Brooke en su diario, «y siempre que lo miro me lo imagino enviando a la muerte a las personas sin tan siquiera pestañear. Por otra parte no cabe duda de que tiene una inteligencia rápida y que realmente domina los conceptos esenciales de la guerra».

Los rusos finalmente pudieron vencer a los alemanes gracias a la importante ayuda que en materia de armamento bélico y equipamientos les prestaron los americanos, así como el frente occidental que habían abierto los Aliados con el desembarco de Normandía.

Los militares rusos que habían establecido contactos periódicos con Sorge pidieron a Stalin clemencia por él. Le propusieron canjearlo por prisioneros japoneses, algo que Tokio veía bien. El dictador, en cambio, con un desprecio indescriptible hacia la persona que más hizo que nadie por Rusia, lo abandonó a su suerte. Sorge fue ahorcado el 7 de septiembre de 1944.

En secreto, Beria, el esbirro de Stalin, tenía ya preparadas la invasión de Francia e Italia cuando sus tropas llegaran triunfantes a Berlín. Solo el desarrollo con éxito de la bomba atómica americana hizo acobardarse a Stalin. Hiroshima y Nagasaki fueron dos claros avisos a navegantes para que la URSS se diera cuenta de que el dominio europeo no podría ser ya acometido con armamento convencional.

Stalin ostentaría en vida el sanguinario honor de ser el segundo mayor asesino de la Historia, gran parte de ellos compatriotas suyos, con 60 millones de muertos, tan solo superado por su discípulo comunista, el chino Mao, con 100 millones. Hitler, a pesar de su proterva ánima, y en comparación con estos abominables engendros humanos, «solo» fue responsable de 10 millones de muertos. Pero, como de todos es sabido, nadie juzga a los vencedores, y el malo de esta película fue, ponderando las muertes, el que menos asesinatos ocasionó.

Gracias a Sorge el comunismo se hizo fuerte, arrastrando a la humanidad a una siniestra Guerra Fría, a plantar su semilla en los regímenes autoritarios actuales de Rusia, China, Corea del Norte y Cuba, y a pervivir, a diferencia del fascismo, hasta nuestros días, inmiscuyéndose en la soberanía de los países democráticos y desestabilizándolos, operando como solo esta perniciosa doctrina sabe hacerlo a la sombra.

De no haber sido por Sorge Alemania habría destruido a la URSS con la ayuda de Japón. Pero como EEUU se la tenía jurada a los nipones por lo de Pearl Harbor y Alemania le había declarado la guerra a los yanquis, era cuestión de tiempo que Alemania y Japón sucumbieran a manos de los Aliados, de tal manera que así se hubiera librado la humanidad de las dos lacras ideológicas por excelencia: la de entonces, el fascismo, y la de nuestro tiempo, el comunismo.

El cuerpo embalsamado de Iósif Stalin permaneció desde su muerte, en 1953, junto al de Lenin en el mausoleo del Kremlin. Tras la campaña de desestalinización de la sociedad rusa, sus restos fueron exhumados, el 31 de octubre de 1961, de ese lugar de honor y vueltos a enterrar en el exterior de la muralla del Kremlin, detrás del mausoleo.

En noviembre de 1964, a los 20 años de su ejecución, Sorge fue declarado Héroe de la Unión Soviética.

Y para que vea usted, paciente leyente, que la Historia es poco leída o conocida por el común de los mortales, o que, como decía Carlo Maria Cipolla, autor de la «Teoría de la estupidez», la idiocia no conoce fronteras y los sandios siguen siendo una fracción importante y constante de la sociedad, casi 70 años después de la muerte de este psicópata asesino todavía hay gentes en el mundo que les rinden honores, especialmente en aquellos lugares donde la manipulación mediática funciona y se proyecta con suma facilidad. Se pudo ver una muestra de ello hace tan solo unos meses en las calles de Madrid, concretamente el 14 de abril de 2021, cuando unos manifestantes que conmemoraban la proclamación, en 1931, de la Segunda República Española, portaban pancartas con las imágenes de Lenin y Stalin.

Unos pocos días antes de escribir estas líneas, el 23 de agosto de 2021, en el marco del «Día Europeo de las Víctimas del Estalinismo y Nazismo», en el Ayuntamiento de Valencia, también aquí, en España, alguien afín a su figura plantó en la fachada del consistorio un gigantesco retrato del Gran Hermano con la leyenda: «En defensa de Stalin».

Ay, señor, señor, danos paciencia, que no fuerza. Todavía nos pasa poco. Sin comentarios…

Jose Antonio Marin Ayala

Nací en Cieza (Murcia), en 1960. Escogí por profesión la bombería hace ya 37 años. Actualmente desempeño mi labor profesional como sargento jefe de bomberos en uno de los parques del Consorcio de Extinción de Incendios y Salvamento de la Región de Murcia. Cursé estudios de Química en la Universidad de Murcia, sin llegar a terminarlos. Soy autor del libro "De mayor quiero ser bombero", editado por Ediciones Rosetta. En colaboración con otros autores he escrito otros manuales, guías operativas y diversos artículos técnicos en revistas especializadas relacionadas con la seguridad y los bomberos. Participo también en actividades formativas para bomberos
como instructor.

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