
«La guerra en Ucrania no surgió mediante generación espontánea, sino como consecuencia de una permanente actitud geopolítica agresiva de los EEUU de América»
Tras leer un artículo de Fernando del Pino que deja todo este asunto suficientemente claro, me atrevo a lanzar estas líneas reiterando mi postura expuesta en sucesivas entregas.
El poeta Eurípides en sus Fenicias nos deja en palabras de Polinices la tan sabia como actual sentencia: «Sencillo es el relato de la verdad y no requiere además rebuscados comentarios. Porque los hechos mismos le dan oportunidad. En cambio, el discurso injusto, al ser enfermizo de por sí, necesita de sabios medicamentos». Toda una frase aplicable a tantas situaciones políticas cuyo factor común es la mentira.
Creo que a cualquier observador no se le oculta que la guerra en Ucrania no surgió mediante generación espontánea, sino como consecuencia de una permanente actitud geopolítica agresiva de los EEUU de América con la intención de mantener vivo el cadáver del comunismo soviético y los miedos de la Guerra Fría. Recordemos que desde EEUU se prometió a Rusia que la OTAN no se expandiría «ni una pulgada» hacia su frontera: «there would be no extensión of NATO’s jurisdiction for forces of NATO one inch to the east».
El presidente Bush había asegurado a Gorbachov durante su reunión en Malta en diciembre de 1989 que si se permitía a los países de Europa del Este elegir su orientación futura mediante procesos democráticos, Estados Unidos no “se aprovecharía” de ese proceso, queriendo significar que el hecho de incorporar a la OTAN a países que entonces formaban parte del Pacto de Varsovia sería “aprovecharse” de la situación. Al año siguiente, se le aseguró a Gorbachov, aunque no en un tratado formal, que si se permitía que una Alemania unificada permaneciera en la OTAN, no se movería la jurisdicción de la OTAN hacia el este, “ni una pulgada”.
El telón de acero cae en 1991 pero la OTAN no desapareció, e incluso Putin solicitó el ingreso a Bill Clinton en su visita a Moscú en 2000 y se lo negó. «Durante la reunión dije: ‘Consideremos una opción de que Rusia pueda unirse a la OTAN’», recordó Putin. Las relaciones cordiales llegaron a tal extremo que incluso Rusia apoyó como sus servicios de inteligencia a los EEUU en su invasión de Afganistán, como mejor conocedora del terreno y del factor humano.

Es interesante leer el artículo titulado «Estuve allí: la OTAN y los orígenes de la crisis de Ucrania Después de la caída de la Unión Soviética, le dije al Senado que la expansión nos llevaría a donde estamos hoy» fechado el 15 de febrero de 2022 de Jack F. Matlock, embajador en la Unión Soviética entre 1987 y 1991.
Deja claro Matlock que «no habría habido base para la crisis actual si no hubiera habido una expansión de la alianza después del fin de la Guerra Fría, o si la expansión hubiera ocurrido en armonía con la construcción de una estructura de seguridad en Europa que incluyera a Rusia» pues además y a pesar de los temores expresados con frecuencia, Vladimir Putin nunca había amenazado con reabsorber los países bálticos ni con reclamar ninguno de esos territorios, aunque había lógicamente criticado a los que negaban a los rusos étnicos los plenos derechos de ciudadanía, un principio que la Unión Europea se comprometió a hacer cumplir aunque como sabemos Zelensky incumplió de forma brutal en la región rusófona de Dombás.
Sobre la previsibilidad del conflicto la ampliación de la OTAN fue el error estratégico más grave cometido desde el final de la Guerra Fría. En 1997, cuando se planteó la cuestión de añadir más miembros a la OTAN, Matlock testificó ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado (Senate Foreign Relations Committee – SRFC). En sus comentarios introductorios, formuló la siguiente declaración:
«Considero que la recomendación de la administración de admitir nuevos miembros en la OTAN en este momento es errónea. Si el Senado de los Estados Unidos la aprueba, bien podría pasar a la historia como el error estratégico más profundo cometido desde el fin de la Guerra Fría. Lejos de mejorar la seguridad de los Estados Unidos, sus aliados y las naciones que desean ingresar en la Alianza, bien podría alentar una cadena de eventos que podría producir la amenaza más grave a la seguridad de esta nación desde que se derrumbó la Unión Soviética».

No existía peligro, razón por la que Rusia debería de haber sido incluida en la seguridad europea, nadie amenazaba con volver a dividir Europa. George H. W. Bush había proclamado el objetivo de una “Europa unida y libre” y además Gorbachov mencionaba “nuestra casa europea común”, dando la bienvenida a los representantes de los gobiernos de Europa del Este que se habían deshecho de sus gobernantes comunistas y había ordenado reducciones radicales de las fuerzas militares soviéticas, explicando que para que un país estuviera seguro, debía haber seguridad para todos.
Esta fue la gran oportunidad perdida desde Occidente.
La promesa norteamericana se incumplió reiteradamente desde el juguete de la OTAN aprovechando la desaparición y fraccionamiento de la URSS y la consecuente debilidad rusa, con una constante ampliación hacia el Este, hecho que fue descrito por George Kennan como «el error más fatídico de la política estadounidense en toda la era posterior a la Guerra Fría». Tengamos en cuenta, Kennan, el arquitecto de la estrategia de contención de la Unión Soviética posterior a la Segunda Guerra Mundial, creía, como la mayoría de los demás expertos en Rusia en Estados Unidos, que la expansión de la OTAN dañaría irremediablemente, como se está viendo, los esfuerzos estadounidenses por transformar a Rusia de enemiga a socia.
Para entonces la OTAN había abandonado su carácter meramente defensivo, como ha quedado patente en su agresiva participación en un conflicto de un país no miembro. De hecho, en 1999 había atacado a Serbia, país aliado de Rusia, cuya capital bombardeó durante 78 días sin mandato alguno de la ONU.
En 2007, Putin denunció la expansión de la OTAN en la Conferencia de Seguridad de Múnich.
La presión a Rusia desde el autodesmantelamiento de la URSS y del Pacto de Varsovia, se ha ido estrechando mediante un cerco misilístico a pesar del fraccionamiento territorial de la antigua URSS, que a Occidente le pareció poco por lo visto. Putin lo advirtió como decimos en 2007 en su discurso del 10 de febrero de ese año durante la Conferencia de Seguridad de Múnich en la que advirtió: «¿Por qué nos estáis haciendo esto?».
Putin expresó con calma en aquel momento su preocupación por «las llamadas bases estadounidenses flexibles de primera línea con hasta cinco mil hombres en cada una» diciendo:
«Resulta que la OTAN ha puesto sus fuerzas de primera línea en nuestras fronteras, y seguimos cumpliendo estrictamente las obligaciones del tratado y no reaccionamos a estas acciones en absoluto. Creo que es obvio que la expansión de la OTAN no tiene ninguna relación con la modernización de la propia Alianza o con garantizar la seguridad en Europa. Por el contrario, representa una grave provocación que reduce el nivel de confianza mutua. Y tenemos derecho a preguntar: ¿contra quién va dirigida esta expansión? ¿Y qué pasó con las garantías que nuestros socios occidentales hicieron después de la disolución del Pacto de Varsovia? Nadie los recuerda. Pero me permitiré recordar a esta audiencia lo que se dijo. Quisiera citar el discurso del Secretario General de la OTAN, Manfred Woerner, en Bruselas el 17 de mayo de 1990. Dijo en ese momento que: «el hecho de que estemos dispuestos a no colocar un ejército de la OTAN fuera del territorio alemán le da a la Unión Soviética una firme garantía de seguridad».
Una vez más, la respuesta norteamericana fue ignorar y abundar en la provocación a Rusia pues en su cumbre de Bucarest del siguiente año la OTAN aprobó el proceso de anexión de Albania y Croacia y acordó en su punto 23 la futura incorporación de Georgia y Ucrania: «La OTAN acoge con satisfacción las aspiraciones euroatlánticas de Ucrania y Georgia de ingresar en la OTAN. Hoy hemos acordado que estos países se convertirán en miembros de la OTAN».
Respecto de Ucrania, EEUU sabía por Robert Nicholas Burns en 2008, su embajador en Rusia y más tarde director de la CIA, durante la cumbre de Bucarest que su incorporación a la OTAN era «la más brillante de las líneas rojas», “the brightest of all red lines”, no sólo para Putin, sino para toda la clase dirigente rusa: «Durante más de dos años de conversaciones con las principales figuras políticas rusas, desde los mayores defensores de una línea dura en el Kremlin hasta los más acerbos críticos de Putin, no he encontrado a nadie que no considerara la pertenencia de Ucrania a la OTAN como un desafío directo a los intereses de Rusia… Sería visto como un desafío estratégico. La Rusia de hoy responderá. Las relaciones ruso-ucranianas se congelarán… Esto creará un terreno fértil para la intromisión rusa en Crimea y el este de Ucrania».
Ukrainian entry into NATO is the brightest of all red lines for the Russian elite, not just Putin. In more than two and a half years of conversations with key Russian players, from knuckle-draggers in the dark recesses of the Kremlin to Putin’s sharpest liberal critics, I have yet to find anyone who views Ukraine in NATO as anything other than a direct challenge to Russian interests.” NATO, he said, “would be seen … as throwing down the strategic gauntlet. Today’s Russia will respond. Russian-Ukrainian relations will go into a deep freeze…It will create fertile soil for Russian meddling in Crimea and eastern Ukraine.
En 2014, EEUU instigó como gran responsable el golpe de Estado en Ucrania conocido como Revolución Euromaidán, para derrocar al entonces presidente ucraniano Viktor Yanukovich que aunque no fuera un personaje admirable había sido elegido en 2010, en unas votaciones que los observadores internacionales consideraron razonablemente libres y justas, el mejor estándar al que se puede aspirar fuera de las democracias occidentales maduras. Yanukovich abogaba por una neutralidad amigable con Rusia.
La intromisión del gobierno de Obama en la política de Ucrania resultó sobrecogedora pues los servicios de inteligencia rusos interceptaron y filtraron a los medios internacionales una sabida llamada telefónica de la que Victoria Nuland, secretaria de Estado adjunta para asuntos europeos, con el embajador de Estados Unidos en Ucrania, Geoffey Pyatt, con un profundo desprecio por la Unión Europea, discutían en detalle sus preferencias sobre el personal específico que integraría un gobierno posterior a Yanukovich.
Entre los candidatos favoritos de Estados Unidos estaba Arseniy Yatsenyuk, el hombre que se convirtió en primer ministro una vez que Yanukovich fue derrocado del poder. Durante la llamada telefónica, Nuland declaró con entusiasmo que “Yats es el hombre” que haría el mejor trabajo.
El 24 de febrero de 2014, un editorial del Washington Post elogió a los manifestantes de Maidán y su exitosa campaña para derrocar a Yanukovich. “Las acciones fueron democráticas”, concluyó el Washington Post , y “Kiev está ahora controlada por partidos pro occidentales”, algo grotesco y torpe a la vez, por presentar ante el mundo los acontecimientos de Ucrania como un levantamiento popular puramente autóctono. ¿No sería lógica en ese momento la reacción de rechazo por parte de Rusia ante el derrocamiento inconstitucional de un gobierno electo y prorruso, un derrocamiento que se produjo no sólo con la bendición de Washington, sino aparentemente con su ayuda?
Así lo creyó Jeffrey Sachs, profesor de la Universidad de Columbia, director del Centro para el Desarrollo Sostenible de la Universidad de Columbia y presidente de la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas, cuando afirmaba que la guerra en Ucrania fue provocada por la expansión de la OTAN y por el papel de Estados Unidos en el violento derrocamiento del presidente ucraniano Viktor Yanukovich y negado por Ian Bremmer. Sach desmontaba en junio de 2023 punto por punto la postura de Bremmer.
Ante esta evidente política de hechos consumados, Rusia reaccionó por la vía de los hechos y se anexionó Crimea, que había pertenecido a Rusia desde su conquista imperial a finales del s. XVIII hasta 1954, cuando Kruschev la regaló graciosamente a los comunistas ucranianos y dentro de la propia URSS, y dada la estratégica importancia radicada en que acoge desde hace 240 años la única base naval rusa de Sebastopol, que le da acceso a mares cálidos y se hizo sin disparar un solo disparo, dado que la población de la península de Crimea era claramente rusa desde sus primeros asentamientos, tal como quedó corroborado durante el posterior referéndum de adhesión a Rusia definido desde Ucrania como sospechoso, pero corroborado por encuestas occidentales, que certificaron el hecho de que los habitantes locales crimeos, ya sean ucranianos, rusos étnicos o tártaros, estaban casi todos de acuerdo en el punto de que la vida con Rusia era mejor que la vida con Ucrania.
Tras los turbios acontecimientos del 2014, Rusia y Ucrania firmaron los Acuerdos de Minsk, que he citado ampliamente y que desde el inicio serían papel mojado. Tras el incumplimiento flagrante de los acuerdos de Minsk alcanzados en 2014 y 2015, calificados como mediocres por Zelenski, el viceministro de Exteriores de Rusia, Serguéi Vershinin aseveró «Lamentablemente, siete años después de firmado el acuerdo, tenemos cada vez más motivos para considerar que nuestros vecinos ucranianos no tienen entre sus planes cumplir con los acuerdos de Minsk. Ya lo dicen abiertamente». Tras ignorar Ucrania los tratados Minsk 1 y 2 rompiendo el alto el fuego, Rusia se vio obligada a actuar, tal como hace EEUU y Europa cuando lo consideran, en este caso cuando la población civil rusófona fue atacada al decirles desde 1991 que eran totalmente y exclusivamente ucranianos impidiéndoles un estatuto cultural tal como se decía en los acuerdos.
Queda claro lo que manifestó Angela Merkel al decir que Occidente, mediante los acuerdos de Minsk, quería ganar más tiempo para que Ucrania se preparase para el conflicto con Rusia.
Fue a partir de 2014 la OTAN comenzó a armar y entrenar al ejército ucraniano en mitad de una guerra civil abierta, un auténtico genocidio, en el Dombás. La guerra en Ucrania no comenzó en 2022, con la que más que justificada intervención rusa, sino en 2014, como reconoció el secretario general de la OTAN, echando leña al fuego.
«No vemos señales de que el presidente Putin se esté preparando para la paz. Lo que vemos es lo contrario: se está preparando para más guerras, para nuevas ofensivas y nuevos ataques. Por eso es aún más importante que los aliados y socios de la OTAN presten más apoyo a Ucrania. Hoy nos reuniremos en el Grupo de Contacto para Ucrania, dirigido por Estados Unidos, y abordaremos las necesidades urgentes de un mayor apoyo a Ucrania. No menos importante es la necesidad de proporcionar más munición y también cómo aumentar la producción y fortalecer nuestra industria de defensa para poder suministrar la munición necesaria a Ucrania y también reponer nuestras propias existencias».
Más lejos de buscar soluciones diplomáticas, el 14 de junio de 2021, la OTAN declaró en el punto 69, ver también los puntos 14, 15 y 50, del Brussels Summit Communiqué, que «reiteraba la decisión tomada en 2008 de que Ucrania se convertirá en miembro de la Alianza», We reiterate the decision made at the 2008 Bucharest Summit that Ukraine will become a member of the Alliance with the Membership Action Plan (MAP) as an integral part of the process.
En el mes de diciembre de 2021 Rusia presentó a la OTAN una propuesta de acuerdo de seguridad mutua que incluía la no incorporación de Ucrania a la organización, junto con otras propuestas más maximalistas que sería rechazada con desdén por los EEUU. «Que la OTAN no desplegara fuerzas ni armas en los países que se unieron a la alianza después de mayo de 1997». La OTAN se comprometió a no estacionar permanentemente fuerzas de combate importantes en los nuevos miembros y dijo que no tenía “ninguna intención, ningún plan y ninguna razón” para desplegar armas nucleares en su territorio. Entre 1997 y 2014, la OTAN prácticamente no desplegó tropas ni equipo en los nuevos estados miembros.
Finalmente, en febrero de 2022 Rusia penetró en Dombás con un contingente de tropas relativamente escaso cuyo objetivo no era la conquista de Ucrania ni ningún otro país, sino llegar a una capitulación que era lo esperable pero las negociaciones celebradas en Turquía en marzo del 2022 tras sólo un mes desde el inicio de las hostilidades y que apuntaban a un acuerdo inminente, fueron torpedeadas por los EEUU e Inglaterra, que levantaron a Ucrania de la mesa y le animaron a seguir con la guerra.
Boris Johnson aquel 9 de abril de 2022, incitó a la lucha, rompiendo así los acuerdos de Estambul que se gestaban el 29 de marzo de 2022… «Cuando volvimos de Estambul, [el presidente británico] Boris Johnson vino a Kiev [el 9 de abril] y dijo: ‘No firmaremos nada con ellos [los rusos], sigamos luchando’», según relato del jefe de los negociadores ucranianos, David Arakhamia. Relato que el interesado negó pero corroborado por una investigación del Wall Street Journal (Yaroslav Trofimov, “Did Ukraine miss an early chance to negotiate peace with Russia?”, The Wall Street Journal, 5 de enero de 2024) y ante lo cual los medios de comunicación franceses miraron indiferentes para otro lado.
Así pudimos leerlo en la prensa «El bloque occidental liderado por el «agresivo» Boris Johnson arruinó el acuerdo de paz entre Rusia y Ucrania, lo que provocó un derramamiento de sangre que duró un año, dice el ex primer ministro israelí» tal como aseguró el ex primer ministro de Israel. «En declaraciones al Canal 12 de Israel, Bennett dijo que el acuerdo de paz se propuso en abril de 2022, justo después de un mes de conflicto entre Rusia y Ucrania. Sin embargo, las potencias occidentales bloquearon el acuerdo»
Los hechos fueron corroborados por el primer ministro de Asuntos Exteriores turco y lo corroboró, como testigo de primera mano, el ministro de Asuntos Exteriores turco Mevlüt Çavuşoğlu: «Tras las conversaciones de Estambul, no pensábamos que la guerra duraría tanto tiempo. Hay quienes quieren que esta guerra continúe… Pero, tras la reunión de los ministros de Asuntos Exteriores de la OTAN, quedó la impresión de que… en los estados miembros de la OTAN hay quienes quieren que la guerra continúe, que se deje que la guerra continúe y que Rusia se debilite. No les importa mucho la situación en Ucrania».
Uno llega a la dolorosa conclusión de que al tratarse de una frontera lejana de un territorio inicialmente pobre y olvidado merecía la pena mantener un conflicto para empobrecer y empeñar a Rusia en un gasto que afectase mortalmente a su economía, aunque fuera a costa de dejar unas llanuras llenas de muertos y supervivientes mutilados de todas las edades.
Es por tal motivo que si Occidente provocó la guerra y concretamente EEUU, éste debe buscar la paz y el resto de países europeos propiciarla en vez de echar leña al fuego, alejándose de la arrogancia, de la rusofobia y del anticomunismo trasnochado.
Esa es la oportunidad que nadie debe negar a Trump, colaborando con él, sentando a la mesa a Zelensky y aceptando las condiciones consecuencia de incumplimientos reiterados y de todo lo ocurrido en el Dombás, aceptación que debe incluir las responsabilidades de Occidente, los más protagonistas y sus peones menores.
En este conflicto que nos podría haber llevado a una guerra mundial a las que nos quiere llevar Zelensky y los influencers anticomunistas radiofónicos debemos reconocer que esta guerra era «evitable, predecible e intencionadamente provocada» por Occidente, en palabras del embajador Matlock de EEUU en la URSS ya mencionado.
Y para terminar pensemos a los que resultarán victoriosos. La industria para el rearme, la agenda globalista y los que abortaron la inclusión de Rusia en Europa alejando la posibilidad de un gran poder occidental que habría cubierto el hemisferio norte, de haber existido voluntad de modelarlo, y se extendería desde Canadá a Vladivostok, apoyado en el hemisferio sur en Brasil, Sudáfrica y Australia.

