Estamos aceptando imposiciones que nos conducen al desastre. Por Gusarapo

Estamos aceptando imposiciones que nos conducen al desastre

 

“Nos están cambiando hasta los pensamientos. Estamos renunciando a nuestra crítica, a nuestra libertad de expresión y aceptando imposiciones que nos conducen al desastre”

Ayer tarde, mientras las ovejas se afanaban, ansiosas y voraces, en comer las primeras hierbas de la otoñada, y las cabras se ponían de manos intentando alcanzar las bellotas todavía verdes y poco gordas de las ramas más bajas de las encinas, estuve conversando con una amiga.

A la sombra la temperatura era más que fresca, al sol, hacía calor. Una ligera brisa movía las hojas de los fresnos y los chopos. Los segundos han perdido ya muchas, de forma precoz, sin llegar a verlas cambiar de color, por la falta de agua.

Por aquí ya no se desmochan los fresnos en el verano. Antes se recurría a ellos para alimentar al ganado en la ausencia de pasto fresco. Al pasar junto a prados y riberas se puede observar la forma de sus troncos con gruesas cabezas formadas a base de cortar a golpe de destral las ramas. Desmochar es eso, cortar, eliminar la totalidad o la mayor parte de las ramas a ras de tronco o dejando únicamente las principales. El árbol, como defensa ante esa agresión, emite en la primavera siguiente multitud de vástagos que repongan la frondosidad perdida y le permitan seguir viviendo.

Mientras hablaba con esta amiga de una valiente decisión que ha tomado, la de darle la vuelta a su vida como si de un jersey se tratara, mencioné a otros valientes que hace unas cuantas décadas también decidieron cambiar las suyas, y se embarcaron rumbo a Canadá y Estados Unidos para trabajar en explotaciones agropecuarias, sobre todo de ovino de carne y vacuno de leche.

Las gentes de mi tierra que emigraron a otros países entre los cuarenta y los sesenta eran muy bien recibidos y apreciados por sus empleadores, pues conocían el oficio y eran trabajadores y formales.

Tal vez les recordé porque esta semana ha estado presente en muchos medios el Canadá. La noticia no era nueva, era de 2018, pero se ha conocido mundialmente ahora, la prohibición y destrucción de casi cinco mil libros considerados “racistas, desactualizados, inapropiados, discriminatorios o salvajes sexualmente” por el Consejo Escolar de colegios católicos de Canadá en Ontario. Parece ser que en opinión de los miembros de dicho Consejo, esos libros “no favorecían la reconciliación con los pueblos indígenas”. ¿Y qué libros eran, son, los reseñados en el Nuevo Índice de Libros Prohibidos de la Modernidad Políticamente Correcta? Entre otros, Astérix, Tintín y Lucky Luke.

Qué cosas nos tocará ver y vivir. El Mundo está revuelto, manga por hombro. El único país comunista en pleno ejercicio imperialista, la República Popular de China, gracias a un capitalismo exacerbado pero dirigido por una férrea dictadura roja, se está quedando con el Mundo. Empresas, bonos soberanos, materias primas, productos agrícolas y ganaderos, todo es absorbido o participado por el país asiático.

Nos está comiendo al igual que mis cabras comen las bellotas, y lo más curioso es que nos da igual. Nuestros gobernantes están desestructurando nuestra sociedad, derribando nuestro sistema democrático, desintegrando nuestra cultura, desmantelando nuestro sistema productivo, y no hacemos nada.

China, por sí sola, contamina más que todos los países industrializados salvo EEUU, y no tiene intención de dejar de hacerlo, pero nosotros estamos inmersos en la revolución energética y ambiental, como si por nosotros mismos fuéramos capaces de cambiar el curso de lo que nos dicen que va a venir.

Arruinan nuestros negocios, nuestros bolsillos, nos empobrecen culturalmente y energéticamente. Por nuestro bien. Siempre, todo, por nuestro bien.

Imaginando Canadá y otras vidas, recordé el lugar donde por vez primera vi desmochar fresnos para alimentar a las vacas. Fue en un mes de agosto, que desde siempre ha sido el mes en el que el calor ha dejado los campos arrasados, y en una finca no muy grande, ganadera, de vacuno, que en aquel momento era propiedad del padre de quien fue un buen amigo mío. Se subían al árbol los empleados de la finca y con golpes certeros de hacha abatían las gruesas ramas.

Tenía mi amigo un ojo extraordinario para las cosas del campo. Solíamos competir entre nosotros para calcular “a ojo” el peso de los becerros y de los cebones. Lo pasábamos bien.

Estudiamos juntos en el colegio hasta que yo me fui por Latín y Griego y él marchó por física y matemáticas. Luego se decidió por la Biología y se hizo medio hippie. Estaba empeñado en salvar a la naturaleza, pero mira tú por dónde, se subió a un avión y cruzó el charco contratado por una filial de una empresa dedicada a las explotaciones petrolíferas. La primera vez que volvió, de vacaciones, llevaba el pelo casi al cero.

La última vez que le vi fue hace cuatro o cinco años, por Navidad. Seguimos en contacto, aquí ya no le queda nada y allá tiene todo cuanto ama y necesita.


Siempre le envidié. Para mí, Canadá representaba el paraíso, un lugar idílico. Hoy no opino lo mismo. Está en manos de la misma basura ideológica que nos gobierna a nosotros.


Nos están cambiando hasta los pensamientos. Retuercen la realidad y nos hacen creer sus embustes. Abandonan un país a su suerte y nos dicen que los Talibán son gentes encantadoras que respetan a las mujeres afganas más que nosotros a nuestras compatriotas.


Un chalado se inventa una agresión, la policía descubre el pastel, y un ilustre ministro del Reino acusa falsamente a un partido político, y no pasa nada, todo sigue igual. La gasolina alcanza en la mañana de ayer el precio más alto que jamás conocimos, y seguimos con nuestros quehaceres sin inmutarnos. La electricidad sigue subiendo imparable cual cohete en viaje a la estratosfera, pero las madres y abuelas se desviven por colocar y adecentar la ropa de los niños a las puertas del colegio.


Estamos renunciando a nuestra crítica, a nuestra libertad de expresión. Estamos aceptando imposiciones que nos conducen al desastre.

En Canadá los arces empiezan a ver sus hojas mutando del verde al rojo, y eso parece ser suficiente para seguir tragando.

Gusarapo

Soy más de campo que las amapolas, y como pueden ver por mi fotografía, también soy rojo como ellas. Vivo en, por, para, dentro y del campo. Ayudo a satisfacer las necesidades alimenticias de la gente. Soy lo que ahora llaman un enemigo del planeta Tierra. Soy un loco de la naturaleza y de la vida.

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