¿Mentiras reconfortantes o verdades desagradables? Por Francisco Gómez Valencia

¿Mentiras reconfortantes o verdades desagradables? Tu eliges. Lo sé es difícil

«Corre por las redes desde el pasado viernes una viñeta que reza “conforting lies / unpleasant truths”, ¿Mentiras reconfortantes o verdades desagradables?»

Buenas; permítanme que ante la comida de coco por el tema de los botellones y las peleas callejeras les refresque solo de pasada la expresión “guerra cultural”. ¿Qué gran concepto verdad? Pues engloba por ejemplo ese gran número de cuestiones indeterminadas que asoman estos días resultado de la controversia provocada por los comportamientos exacerbados de la juventud. Son tantas y tantas cosas las que nos preocupan a todos sin saber por qué. Aunque algo es “impepinable”: los telediarios terminan una vez hecho el duro periplo por isla de La Palma siempre hablando de la VIOGEN, el cambio climático y últimamente con los antidisturbios pastoreando a la juventud de forma tristemente recurrente. Lo llaman interrelación, al margen de clases sociales y bajo la dictadura de la aparente única forma de divertirse.

Nadie parece capaz de explicar todavía a estas alturas el porqué de la reacción tan violenta de parte de la sociedad más joven. A lo mejor se permitió demasiado tarde dejarlos salir a divertirse al no confiar en ellos institucionalmente, a diferencia de cómo lo hacemos los padres desde siempre. La diversión en grupo, a la buena de Dios, sin planes, sin dinero, sin expectativas, salvo la de llegar algo perjudicado a veces a casa o no, dependiendo de si se ha conseguido plan o había suficiente parné para beber más o menos de la cuenta a ciertas edades parece un buen plan, o al menos, un plan suficiente. En todo caso todos hemos sido presa del encierro y las repercusiones son analizadas como de costumbre por los expertos, preocupándonos más aun con sus elucubraciones a veces creo que hasta desestabilizantes.

Ellos lo estudian y detallan en las universidades pero también lo exponen a través de los medios y las redes sociales cruelmente para ganarse un sobresueldo promocionándose, promocionando el supuesto infierno vital que supone ser joven trasladando sobre sus conciencias, los problemas sobreactuados e innecesariamente legislados a tan alto nivel bajo el punto de vista de la clase dirigente, a la que la mayoría sirven pues son parte del sistema educativo progresista. Y lo hacen para controlar bajo su criterio la situación, y para ello cuantifican a diario el número de mutilados, enfermos mentales, violentados por el género o suicidados; y lo acompañan con la coletilla, “desde que hay registros”, provocando con ello el consiguiente debate social y político sin que por eso se vayan a erradicar los riesgos que se corren a determinadas edades, nos guste más o menos y como ha pasado siempre.

¡Ay los expertos…!

Creo sinceramente que cuando se es joven no se comprende a los padres y se siente cierta lastima y amor por los abuelos. Cuando se deja de ser joven se siente más amor que lastima por los abuelos, pero quizás ya es tarde para corregir los errores de la juventud y tampoco no se comprende a los jóvenes, y cuando se es abuelo no se comprende ni a los jóvenes ni a los de mediana edad, y por suerte para ellos no sienten ninguna lastima por ninguno de los que vamos detrás, sino solo la lógica preocupación al sentirse algo desvalidos y fuera de juego para seguir siendo los protectores de toda la familia lo que les quede de vida. Por lo tanto parece que los jóvenes y los padres de los jóvenes “estamos jodidos”. Es normal y se lo merecen porque para eso llevan toda la vida a cuestas haciéndolo mejor que nosotros – “los preocupadísimos papas infantiloides” bien por ser del colectivo de los de la mediana edad o por tener hijos en la edad de andar de botellón en vez de haber conseguido ser como Messi o Ibai Llanos que les dice: «que se esfuercen y estudien…» . En fin.

Cada edad implica comportarse de una forma y todos pasaremos por todas por lo que una cosa es cierta: “nosotros no nos divertíamos así” – dicen los abuelos –. “Nosotros nos divertíamos de una forma similar o casi idéntica” – decimos los de mediana edad –. “Es que no nos entendéis” – dicen los jóvenes y no tan jóvenes, teniendo en cuenta que hasta los treinta y cinco años se puede ser joven receptor de una subvención de 250€ para adquirir la primera vivienda en régimen de alquiler, para el actual Gobierno –.

¿Cuál es el problema? Que los actuales políticos que nos (des)gobiernan se han metido a tratar de entender el asunto y regularlo por LEY. Ante esta tesitura… ¿Qué deberíamos hacer la ciudadanía normal y corriente, es decir, la que soluciona estos problemas en su casa de puertas hacia adentro? Como decía al principio, planteando la batalla de forma reflexiva, con altura de miras, enfrentándonos sin miedo a los nuevos paladines del dogma predominante y único. Es necesario conocer a los herejes del siglo XXI, hijos del posmodernismo vacío de contenido que con su mentalidad buenista nos sacan de quicio con su lenguaje tergiversado. Provocan la ebullición hasta de las cabezas más centradas transformándolas en simples mentes calenturientas excitadas por la vejación demostrada por la sobreexposición a las pasiones primarias más repugnantes, con la finalidad de romper el entendimiento y la sabiduría generada desde tiempos inmemorables. Tratan de rompernos la madre, manipulando para resquebrajar nuestros esquemas mentales o derribando estructuras arquitectónicas básicas y sagradas – como una simple cruz o la catedral más compleja jamás construida por el hombre –.

Los cimientos de la obra de Dios son tan solidos que necesariamente se estrellarán en ellos pues la banalidad de sus declaraciones son tan fatuas, que situaciones como la pandemia han dejado en descubierto a la política, al periodismo y a los expertos de todo y nada como principales enemigos de la cristiandad y del humanismo. Y dará lo mismo si no se es muy religioso si al menos en el subconsciente de una mayoría suficiente, anidan los principios y los valores que nos fueron implantados desde el respeto por nuestros mayores a los que de jóvenes no entendíamos.

Sin duda el sentido común será el santo y seña de aquellos que lo practiquen de puertas hacia adentro como decía antes, pues la política y la repercusión mediática del periodismo servil resultante de los métodos educativos malintencionados, solo prenderán en aquellas pobres almas desvalidas del manto protector de la familia tradicional, la cual defenderá a sus hijos de la barbarie actualmente planteada a través de leyes educativas como la impuesta sin consenso por el Gobierno actual, abandonando el espíritu crítico de la filosofía para no pensar o modificando soezmente la Historia para no conocer de dónde venimos.

Corre por las redes desde el pasado viernes una viñeta que reza “conforting lies / unpleasant truths”, y aparecen Sánchez detrás de un atril con la expresión “conforting lies” – “mentiras reconfortantes” – y en la otra, Abascal en la misma tesitura pero con la expresión “unpleasant truths” – verdades desagradables –.

Piensen en ello, olvídense de los dos sujetos protagonistas de los memes en la versión española y elijan cuál de los dos tipos de verdad desean al menos conocer (fíjese que no le digo comprender).

“CONOCER”, – de conocimiento… –.

Francisco G. Valencia

Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid en 1994 por lo tanto, Politólogo de profesión. Colaboro como Analista Político en medios radiofónicos y como Articulista de Opinión Política en diversos medios de prensa digital. De ideología caótica aunque siempre inclinado a la diestra con tintes de católico cultural poco comprometido, siento especialmente como España se descompone ante mis ojos sin poder hacer nada y me rebelo ante mí mismo y me arranco a escribir y a hablar donde puedo y me dejan tratando de explicar de una forma fácil y pragmática porque suceden las cosas y como deberíamos cambiar, para frenar el desastre según lo aprendido históricamente gracias a la Ciencia Política... Aspirante a disidente profesional, incluso displicente y apático a veces ante la perfección demostrada por los demás. Ausente de empatía con la mala educación y la incultura mediática premeditada como forma de ejercer el poder, ante la cual práctico la pedagogía inductiva, en vez de el convencimiento deductivo para llegar al meollo del asunto, que es simple y llanamente hacer que no nos demos cuenta de nuestra absoluta idiotez, mientras que la aceptamos con resignación.

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