Las mujeres son maravillosas. Por José Antonio Marín Ayala

Las mujeres son maravillosas.

“Estimadas misándricas, no es de recibo que arrasen ustedes al varón, porque la mayoría de nosotros pensamos que las mujeres son maravillosas”


Gentil y paciente leyente, permítame sondear brevemente un asunto que los políticos de nuestros días han puesto de rabiosa actualidad. Aunque no es mío el título que encabeza esta pequeña reflexión (pertenece a los investigadores estadounidenses Alice Eagly, Antonio Mladinic y Stacey Otto, que en 1994 se lo endosaron como resultado de una investigación que realizaron, y según la cual descubrieron que las mujeres eran evaluadas más favorablemente que los varones), los que me conocen podrían atribuírmela a mí sin ningún género de dudas. Y es que por fuerza debe ser así, pues tengo en mi familia más cercana a mi madre, a mi hermana, a mi esposa, a tres hijas y a una nieta, y eso sin contar a mis numerosas tías, primas y alguna sobrina que otra. Y esto sería poco, en número, si no sumara las innumerables mujeres que llenan mi vida en otros quehaceres no familiares (profesionales y de platónica amistad, no me enjuicie mal).

En ninguna de ellas he visto nunca, ni me han manifestado tampoco, que tengan al varón por el causante de todos los males que aquejan a las mujeres, como parece deducirse de algunas hembristas (espécimen opuesto al machista y del mismo género dañino) de nuestros días, de las que no sé de qué aura espacio-temporal han salido.

Se me ocurre que podríamos dar unas pocas pinceladas acerca del protagonismo de la mujer a lo largo de los tiempos, pero para no tener que trasladarnos al terreno de la arqueología ciñámonos a algunas consideraciones biológicas y a la era contemporánea. Aunque se pueden poner por escrito numerosos ejemplos de la influencia que la mujer ha tenido, y tiene, en muchos asuntos humanos y que no viene al caso ahora detallar, no está de más analizar el origen de este fenómeno.

Según Helen Fisher, la famosa antropóloga y bióloga estadounidense, la mujer es el sexo primario: el primer sexo. Dice que hay que añadir sustancias químicas para que se forme un hombre. Esto no es una opinión filosófica sin más, resulta que biológicamente es así. El feto en proceso de formación aparece primero como el embrión de una mujer. Por lo tanto, en ese sentido, se puede decir que es «el primer sexo»; y, según la autora, esto no debiera molestar a nadie (especialmente a los hombres). La mujer, y las hembras en general si ampliamos nuestros horizontes al reino animal, tienen la importante misión de incubar una nueva vida, y esto es lo suficientemente relevante como para condicionarlo todo. Son ellas las que ponen en juego los mayores recursos energéticos, por lo que es lógico pensar que deben elegir adecuadamente.

Aunque no hay pruebas fehacientes de la existencia de un ancestral matriarcado en la Historia de la Humanidad, no cabe duda de que la mujer ha estado siempre detrás de las decisiones de los hombres más próximos a ellas (gobernantes o sirvientes). Incluso hay autores que achacan el origen de la guerra a las féminas, pues argumentan que desde el momento en que el hombre abandonó su afición cazadora-recolectora para dedicarse en cuerpo y alma a la agricultura y a la ganadería, hace ya de esto más de 10.000 años, todo cambió. (El amargado agricultor Caín y el bucólico pastor Abel ponen de manifiesto una triste realidad en el ser humano, prototipos que no habían existido hasta entonces en el idílico Edén).

Durante nuestra larga historia como humanos, las hembras han elegido a los machos más agresivos como padres de sus crías, favoreciendo así la selección del hombre guerrero que le protegiera de las hordas de nómadas que pretendían apropiarse de sus bienes.

Empero, esta circunstancia sedentaria daría lugar a la aparición de las primeras tribus organizadas, que controladas por líderes militares, y especialmente por espirituales, comenzaron a cambiar las tornas. Fue en el seno de la religión hebrea, que posteriormente daría nacimiento al cristianismo, donde el ignoto autor del libro del Génesis, escrito hacia el 950 a. C., pondría por primera vez al hombre por cima de la mujer. En este relato Eva, la primera mujer, nace de una costilla de Adán, el primer hombre. Lo curioso de esta hipótesis (como se llamaría en el marco de la ciencia) es que nunca se ha encontrado, desde entonces, una costilla de menos en el varón.

Pero eso no es todo. Para más inri de los intereses femeninos, el «peccatum originale» es concebido por vez primera en el siglo II por Ireneo, obispo de Lyon; y lo gesta sirviéndose de una parlanchina y astuta serpiente, que representa al Maligno, la cual tienta a una Eva que acaba comiendo del fruto prohibido: una manzana. Luego Eva le da de comer a Adán y, como resultado de ello, los dos son expulsados del Paraíso, pecado original que venimos arrastrando todos sus descendientes, hasta nuestros días.

Resulta evidente que estas referencias tan en contra de la mujer han impedido ponerlas en pie de igualdad con los hombres, pero no cabe duda de que los movimientos en pos de la mujer han contribuido a corregir esta situación a lo largo de los tiempos.

Salvo a los más necios, a nadie más debiera sorprenderle a estas alturas de la película que las mujeres son las que siguen partiendo el bacalao en casi todas las facetas de la vida. Debo confesarle que mi persona no escapa a esta realidad, a pesar de que en mi casa soy yo el que tiene la última palabra. Suelo acabar las impresiones con mi mujer de la manera más firme y expeditiva: «Lo que tú digas, nena».

En las relaciones personales entre sexos opuestos ya sabe usted que son ellas las que, por lo general, eligen, aunque le hagan creer a uno que has sido tú el conquistador. Y esto sigue siendo así porque ella debe de estar segura de que sus intereses, y los de su futura prole, estén a buen recaudo.

El movimiento feminista nace de una circunstancia social desgraciadamente recurrente en el ser humano, la guerra, aunque en esta ocasión tuvo un carácter mucho más global. La mujer fue la artífice del mantenimiento de la economía mundial durante el tiempo que duró la Primera Guerra Mundial, y muy especialmente durante la segunda contienda, en la segunda mitad del siglo XX, por la sencilla razón de que mientras millones de varones se mataban entre sí en los campos de batalla, las hasta entonces amas de casa, además de ocuparse de sus quehaceres domésticos, se vieron empujadas a mantener con su esfuerzo la industria armamentística y la actividad comercial de las ciudades. Cuando acabó la guerra y se quiso volver al estado inicial de las cosas no se pudo; era ya demasiado tarde para que los «ángeles del hogar», como las llamaban los incautos varones supervivientes, volvieran a sus antiguas ocupaciones, que no eran otras que parir hijos y criarlos, hacer comidas, poner coladas y limpiar la casa.

A pesar de que España había quedado al margen de los dos conflictos mundiales, la mujer tuvo también su protagonismo en nuestro país. Aunque la izquierda perdedora de la fratricida guerra civil había tejido posteriormente la leyenda negra de la mujer oprimida durante el franquismo, y hasta se había atrevido a atribuirse sus conquistas sociales, la realidad fue otra muy distinta. Durante el régimen franquista muchas mujeres habían ingresado siendo muy jóvenes como voluntarias en la Sección Femenina, una organización gubernamental que se preocupaba por la salud y la calidad de vida de las mujeres y donde se les ofrecía formación profesional, moral y espiritual. Era la primera vez en España que se implementaban políticas de verdad para que las mujeres mejoraran su vida y dejaran de ser consideradas inferiores al hombre. Aunque pueda resultar paradójico hoy, desde el franquismo hubo un esfuerzo por conseguir la igualdad real, que es la igualdad ante la ley. Y eso lo consiguió la Sección Femenina durante sus cuarenta años de existencia, aun cuando fue disuelta y borrada de la Historia justo cuando expiró el dictador.

Al movimiento moderado en favor de los derechos de la mujer se le vendría a llamar con el tiempo feminismo, que no es algo que se encuentre en los individuos en particular, sino en los grupos de personas; por tanto tiene que ver con un fenómeno colectivo: es un movimiento social que da visibilidad a la mujer en la sociedad y es una respuesta a un elemento que tampoco puede ser definido como individual: el patriarcado.

Los románticos republicanos se atribuirían también otro de los principales hitos democráticos de la mujer, pero la realidad es que sería Primo de Rivera quien les concedería el derecho del sufragio universal por primera vez en España. Pese a la oposición del PSOE y de los radicales a este derecho de la mujer (hay que ver cómo ha cambiado con el tiempo el cuento de Caperucita. Ja, ja, ja…), las Cortes aprobaron por segunda vez en la Historia el derecho al voto femenino en el nuevo régimen republicano.

Un movimiento rebelde de féminas, con todo el peso de la razón de su parte, se puso en marcha: exigieron participar en pie de igualdad con los hombres en las actividades laborales. Algunas de aquellas mujeres debieron de tomárselo tan a pecho que lo hicieron de un modo feroz, mostrando tal aversión a lo masculino (quizá porque solo a los varones, los «señores de la guerra» se les podían achacar los dos conflictos armados mundiales que habían provocado la muerte de tantos seres queridos) que se convirtió en la antítesis de la misoginia.

Tras las dos contiendas mundiales, en 1947, reapareció un término, acuñado en 1909 y recogido en la enciclopedia neoyorquina «The century dictionary», que definía este nuevo estado de cosas, la «misandria»: el odio hacia los varones; la mala opinión acerca de los varones, considerados como injustos y opresivos hacia las mujeres. Pero serían los académicos canadienses Paul Nathanson y Katherine Young, los que por estas fechas recogerían en su libro «Spreading Misandry: The Teaching of Contempt for Men in Popular Culture» (Difundir la misandria. La enseñanza del desprecio por los hombres en la cultura popular), que la misandria convierte a los varones en los chivos expiatorios de todos los males sociales, y a las mujeres en las víctimas oficiales responsables de todo lo bueno. Ni que decir tiene que la publicación de este estudio en los años 90 provocó no poca indignación entre el populacho femenino más radical.

Es posible que este odio hacia los hombres se viera agravado también por el fallido experimento chino, impuesto por el gobierno en 1979, de controlar su enorme superpoblación mediante la magnífica idea comunista de tener un solo hijo, y además varón, puesto que para ayudar a los campesinos en el desempeño de los arduos trabajos del campo era siempre preferible a una mujer.

Y este fenómeno de protesta social ha llegado hasta nuestros días, espoleado por la inquina política progresista, surgiendo de él el «hembrismo», término, en cambio, que sí es una actitud individual, porque no se deriva de un sistema cultural o legal de desigualdad. Y es aquí donde las «feminazis», palabro moderno usado para definir a las misándricas, mezclan churras con merinas y meten en el saco a todos los varones considerándolos, como poco, como potenciales violadores y maltratadores de mujeres, con eslóganes tan estúpidos como soeces, y tan en boga en algunos «políticos de caspa» de nuestros días, como ese tan singular que dice: «Quiero volver sola a casa y borracha» o ese otro de que «el machismo mata en todo el mundo más que el coronavirus».

Las generalizaciones siempre son peligrosas y de sobra es sabido que hay personas buenas y gente mala, nunca grupos, colectivos o sociedades. Hay violadores que asesinan a mujeres, pero también mujeres filicidas que hacen lo propio con sus hijos.

Pretender la igualdad entre un hombre y una mujer es una utopía porque somos diferentes, porque tenemos cualidades diferentes y habilidades distintas. El escritor inglés Willian Golding, Premio Nobel de Literatura en 1983, decía: «Las mujeres están locas si pretenden ser iguales a los hombres, siendo, como son y han sido siempre, bastante superiores… Cualquier cosa que des a una mujer ella lo hará mejor. Si le das esperma, te dará un hijo. Si le das una casa, te dará un hogar. Si le das alimentos, te dará una comida. Si le das una sonrisa, te dará el corazón, si le das una idea te devolverá un poema… ¡Las mujeres engrandecen y multiplican cualquier cosa que les des, siempre mejor que los hombres!».

Así que, estimadas señoras misándricas, si tienen ustedes problemas en casa arréglenlos; no es de recibo que para poner en valor a las mujeres arrasen ustedes al varón, porque estoy convencido de que la mayoría de nosotros pensamos que las mujeres son, sencillamente, maravillosas.

Jose Antonio Marin Ayala

Nací en Cieza (Murcia), en 1960. Escogí por profesión la bombería hace ya 37 años. Actualmente desempeño mi labor profesional como sargento jefe de bomberos en uno de los parques del Consorcio de Extinción de Incendios y Salvamento de la Región de Murcia. Cursé estudios de Química en la Universidad de Murcia, sin llegar a terminarlos. Soy autor del libro "De mayor quiero ser bombero", editado por Ediciones Rosetta. En colaboración con otros autores he escrito otros manuales, guías operativas y diversos artículos técnicos en revistas especializadas relacionadas con la seguridad y los bomberos. Participo también en actividades formativas para bomberos
como instructor.

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