
«Feliz Navidad a todos los lectores de La Paseata. Que sus Navidades sean tiernas y emotivas y puedan sentir su calor»
El año acaba, uno más y desde luego uno menos. Como en el cuento de Navidad de Carlos Dickens he repasado las Navidades pasadas, las que se avecinan este año y las futuras. Recuerdo aquellas lejanas de mi infancia y adolescencia en las que las fiestas tenían un sentido, si no religioso, si familiar, agradable, con calor de hogar, cariño y cohesión, luego se produjeron aquellas en las que fui padre y trasladé la magia a mis hijos pequeños, creo que ellos también pudieron sentir el calor de la Navidad. Hoy son adultos, y la magia se ha perdido, no creo que vuelva hasta que los nietos lleguen para corretear por las habitaciones de una casa demasiado seria en la actualidad. Estoy deseando que ocurra, pero seguro que me lo he de tomar con calma, porque no hay signos de que esto vaya a ser así por lo menos hasta que pasen diez años. No sé si llegaré a verlo.
Hoy día me cuesta montar el árbol de Navidad e incluso el belén que hace años me desvivía en poner, incluso ya en estas fechas. Pero es que hoy faltan las ganas en los otros, la ilusión de ver el abeto engalanado y brillando bajo las luces de colores. Quizás no supe transmitir la emoción a mis vástagos o simplemente no tienen tiempo. Recuerdo el árbol que montaban mis padres, cuando mi hermana y yo éramos pequeños, con velas encendidas, un fuerte olor a cera y pino, un potente ambiente de Navidad.
Eran aquellos días en que entonábamos a tres o cuatro voces el Noche de Paz, que mi abuela cantaba en alemán; un recuerdo postrero de su vida con mi tatarabuela en Austria. Hoy mis abuelos ya no están, ni por parte de padre, ni de madre, mi hermana y mi padre hace años que faltan y ahora se sumará la ausencia de mi madre, fallecida este año en Febrero. Seremos cinco, mi suegro no estará, está en su mundo separado de los demás con su Alzheimer, mi mujer, su madre, su hermano, mis hijos y yo mismo de modo que no hay riesgo de contagio de virus de ningún tipo.
No serán navidades peligrosas, solo surcará el éter el recuerdo de los días en que una gran familia se reunía al calor de los símbolos, que para mí lejos de ser religiosos eran por definición la fiesta de la familia, la mía, la de cada uno y la del Niño Jesús. Es probable que ya nunca vuelva a sonar el Noche de Paz en esta casa, porque aunque intenté seguir con la tradición, no conseguí imbuirla en mis hijos, solo en parte. Cada día es más difícil tener los quince puntos, para que el alma esté aquietada y serena en una noche que todos quisiéramos blanca, bajo la nieve de los recuerdos, esos días en que el blanco de las no nevadas reales cubrían el Belén, “con rio de agua y todo” aquel que ya no corre en el nuevo y pequeño Belén de corcho de Extremadura. Falta de espacio en casa.
Un spray ha sustituido el alma de las figuras antes de cerámica y hoy pequeñas y de plástico duro, es como si todo aquel esplendor del ayer se hubiera plastificado, junto a los corazones y todo se redujera a intercambiar regalos que se han pagado también con plástico de tarjeta. ¿Dónde estas ayer, que tanto te extraño?¿Dónde fuiste a olvidar el olvido de los años perdidos?¿Dónde nos hiciste perder nuestros corazones amantes de guirnaldas y bolas coloreadas, de musgo y de serrín? Vuelve Navidad pasada, te echo de menos, antes de que sean mis hijos los que añoren las presentes. Regresa en los nietos que pongan la alegría del renacer familiar.
Esto es el regalo que le he pedido a Papá Noel, recobrar la alegría y que aunque este año haya otro sitio vacío en la mesa de celebración, la alegría nos ayude a seguir adelante esperando el calor, recuperarlo en las Navidades futuras, para que si Dios existe tenga su gloria en el cielo y nos de paz en la tierra a los hombres, creyentes y no creyentes de buena voluntad. El año acaba, uno más y desde luego uno menos. Como en el cuento de Navidad de Carlos Dickens he repasado las Navidades pasadas, las que se avecinan este año y las futuras. Recuerdo aquellas lejanas de mi infancia y adolescencia en las que las fiestas tenían un sentido, si no religioso, sí familiar, agradable, con calor de hogar, cariño y cohesión, luego se produjeron aquellas en las que fui padre y trasladé la magia a mis hijos pequeños, creo que ellos también pudieron sentir el calor de la Navidad. Feliz Navidad a todos los lectores de La Paseata. Que sus Navidades sean tiernas y emotivas.

