Jardines de la Villa Médicis en 1630. Por Diego Pardos

Jardines de la Villa Médicis en 1630

«Esa pareja que yo sorprendí abrazada ante los jardines de la Villa Médicis, ¿Qué pensaría? ¿Era o no era ella un retorno de Margarita?»

Primero la vi en un dibujo de Antonio Mingote. Aún estaba Velázquez pensativo; aún estaba dormido; y ya iban entrando en la estancia y -¡ay!- en nuestras vidas. El pintor no lo nota, pero Margarita florece. Esta preciosa niña, ¿intuye lo maravilloso? Porque en otra escena, ante la mirada estupefacta de don Diego y de las meninas, la infanta sale volando, globo al que su vestido acampana y al que su infancia se aferra (perdida ya en el retrato, cuatro años más tarde). Cómo supo don Antonio lo ya descrito es cosa de la cual habría de responder, así como de su amistad con el pintor del rey. Querríamos adivinarlo en el lienzo de 1656, aun a costa de desvelar el misterio. 

 

De la historia de lo ignoto forma parte el regreso de la infanta. Si nos lo han hecho creer y lo atestigua el mismo cuadro; si lo acontecido se ocultó en la Corte; si no sería conveniente que el vuelo de una niña hiciera pasar por perturbada a gente principal… 

 

La joven dejará para otro día esas obras tan terribles, angustiosas, de Goya; ella, que viene del mundo más dulce de Murillo; que ha espiado, con infantil curiosidad, a Velázquez; que trata de entender, acongojada, el desvelo atormentado del Greco. La busco en mis devaneos mañaneros por las salas, o en las salidas a las luces del atardecer de Madrid, como si una inquietud enamorada y onírica me llevara de la mano para distraer mi desazón. 

 

Y en esa búsqueda, que ya veo irresoluble, una mañana en la que hallar tantas cosas yo descubrí a dos ancianos abrazados. Contemplaban unas obras modernas: eran acaso las dos vistas, los bocetos de los jardines de la Villa Médicis de don Diego Velázquez. No está claro si son tomadas en el primer viaje a Italia en 1630 o en el segundo, veinte años transcurridos. En todo caso Margarita no debía de haber nacido. 

 

Y yo quiero ver ahora a la hija de Felipe IV en esa fotografía que tomé en el museo de pinturas. Mientras, serán asombrados los rincones, esas sombras verdes, frescas… y esa luz desprendida de la tierra y fijada ya para siempre en el Prado de los jardines de la Villa Médicis. 

 

Y en las casi miniaturas dos recreaciones opuestas: La entrada a la gruta es la calma, la quietud; impregnada de un realismo desprendido de la importancia de los elementos arquitectónicos, donde los mismos árboles parecen serlo. Las figuras humanas no pueden dar una sensación más serena. El pabellón de Ariadna sin embargo anticipa el impresionismo, luchan las sombras con los reflejos, su plano es más corto, lo arquitectónico se desvanece, el conjunto se difumina… Parece que hay como una tensión ambiental, que los hombres que aparecen en primer término están violentados por algo… 

 

La entrada a la gruta es plácida, clásica. Uno desearía que llevara la fecha de ese primer viaje a Roma. El pabellón de Ariadna es inquietante, moderno; unos jardines ya atisbados con los ojos de 1650, con lo mejor de su obra todavía por pintar. 

Jardines de la Villa Médicis en 1630. Fotografía del autor

Esa pareja que yo sorprendí abrazada ante los jardines de la Villa Médicis, ¿qué pensaría? ¿Era o no era ella un retorno de Margarita? ¿Era casual su presencia ante mis ojos en ese preciso día matritense o romano? Y finalmente, ¿ya valdrá la pena continuar la búsqueda en sucesivas visitas al museo…? 

 

Detenernos en esos trazos destellos de la inteligencia velazqueña nos obliga a buscar afuera, a trasvasar al presente aquellos pálpitos de eternidad que más que un consuelo soñado es un consuelo y una esperanza presente. 

 

¿Volaría la infanta Margarita hasta su Italia pretérita, como una campanita cerámica? Le faltó a don Diego la imaginación que hubiera sido en su siglo disparate. Y está bien así. 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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