Números mágicos. Por José Antonio Marín Ayala

Números mágicos. Lámina alegórica representativa del «Musaeum hermeticum».

«La ciencia ha desprovisto de todo encanto la visión romántica que un alma bohemia como la mía tenía de los ancestrales números mágicos»

Cualquiera que contemple la lámina alegórica más representativa del «Musaeum hermeticum», un compendio de textos alquímicos publicado en 1625 por un tal Lukas Jennis, grabador alemán y principal editor de obras alquímicas de su tiempo, puede ver en ella ciertos simbolismos que han acompañado al ser humano desde tiempos inmemoriales. En cada una de las esquinas del grabado aparece la representación de los cuatro elementos aristotélicos, entendiendo por tales las sustancias de las que se creía se servía la Madre Naturaleza para construir nuestro apacible y habitable mundo: tierra, agua, aire y fuego. También eran estos elementos, todo hay que decirlo, los artífices de grandes cataclismos como terremotos, inundaciones, vendavales e incendios forestales. Todavía hoy decimos que se ha desatado la furia de los cuatro elementos cuando a la Madre Naturaleza se le va la pinza y la lía parda. El elemento tierra está representado en la esquina inferior izquierda por un paisaje típicamente rural donde se atisba a lo lejos una ciudad abrigada por montañas y un camino de, como no podía ser de otra forma, polvorienta tierra que conduce hasta ella. Arriba, en la esquina superior izquierda, aparece el fuego destellando enormes llamaradas en el seno de las cuales una paciente salamandra parece estar en este elemento en la gloria bendita. Y es que la imagen del pobre reptil huyendo del refugio natural de los tocones cuando son prestos a ser consumidos por el fuego debió alimentar la errónea creencia de que este animal era el portador del fuego de las entrañas de la tierra. No en vano, su nombre común en inglés es «fire salamander». Siguiendo el sentido de las manecillas del reloj nos encontramos en el siguiente borde del grabado con el viento, personalizado en tres querubines que desde el cielo soplan al unísono con fuerza. Y por último, abajo a la derecha, se halla el agua, encarnada por el vasto océano surcado por un barco cuya pequeñez muestra la grandeza de este elemento.

A estos cuatro elementos el tutor de Alejandro Magno le añadió un quinto, la quintaesencia o éter, que era de lo que él creía estar formadas las estrellas y planetas. De esta manera surgía un número, el cinco, cargado de simbolismo, pues no en vano cinco son los dedos con los que cuenta la inmensa mayoría de humanos en cada una de sus manos y pies. El sistema de numeración en base cinco fue de uso tan común que, de hecho, fue uno de los números mágicos que adoraban los prestamistas por excelencia que florecieron durante la Edad Media, los Templarios.

Por la misma razón que el número 5, el sistema decimal con que nos desenvolvemos por la vida obedece a una simple cuestión biológica, pues es fruto de que son 10 los dedos que tenemos en ambas manos y la misma cantidad en los pies. Así, un hecho evolutivo totalmente fortuito, pues hay animales que tienen más o menos apéndices que nosotros en sus extremidades, sirvió al ser humano de patrón numérico para poder contar las cosas. Este sistema decimal fue desarrollado por los hindúes y posteriormente fue exportado a Europa por los conquistadores árabes, por lo que de no mediar este aspecto biológico diríamos del 10 que es un número que merecería ser llamado mágico.

El sistema de contar en base veinte, que nace no solo de usar los dedos de las manos sino también los de los pies, fue muy empleado en la antigüedad por mayas, galos y celtas, y es una ampliación del sistema decimal. Los galos actuales, es decir, los franceses, para expresar el valor ochenta escriben «quatre-vingt», que se traduce literalmente por «cuatro-veinte» (cuatro veces veinte); y el noventa lo expresan como «quatre-vingt-dix», o «cuatro-veinte-diez» (cuatro veces veinte más diez).

Pero volvamos a nuestra lámina alegórica, pues el grabado nos depara muchas más sorpresas. En el centro de la imagen se ve lo que parecen ser tres sabios, o tres santos, puesto que llevan esa aureola típica alrededor de su cabeza, sentados sobre la cresta de una pequeña cueva, a la sombra de sendos árboles, sosteniendo en sus manos cada uno de ellos una suerte de bola de cristal. En el interior de la esfera que portan los dos que están en los extremos hay un triángulo equilátero, uno con el vértice hacia arriba y el otro invertido. El primero representaría a dos de los cuatro elementos antes citados, los que tienden a elevarse hacia cielo: el fuego y el aire. El que presenta el vértice hacia abajo simbolizaría los dos restantes, los que se guarecen entre nosotros: la tierra y el agua. Y la bola del personaje central lleva inscritos ambos triángulos, pero superpuestos, dando lugar a una peculiar estrella de 6 puntas, la estrella de David, el símbolo más importante de los judíos. Para los creyentes, la fusión de ambos triángulos expresa la unión entre el cielo y la tierra y, en consecuencia, la íntima conexión que existe entre los hebreos y su Dios, relación que viene recogida en el verso bíblico más apreciado por ellos: «Yo soy de mi amado, y mi amado es mío».

El 6, por tanto, merecería tenerse por otro número mágico, aunque quizá no haya en el mundo número más enigmático y esotérico cuando aparece repetido tres veces. Su origen se remonta a un autor anónimo cristiano que escribió un libro profético que se vino en llamar «Libro de las Revelaciones» o el «Apocalipsis de San Juan». En él aparece mencionada «La Bestia» (mucho antes de que a un tocapelotas de nuestros días se le refiriera así), simbolizada por el número 666. Se ha debatido mucho sobre qué demonios significa esta notación numérica. Un argumento cronológico explicaría este número en base a tres posibilidades: algunos especulan que 666 puede ser la duración en años del dominio de la Bestia o del dominio anticristiano. Hasta que alcanzó el poder el emperador romano Constantino, el gran valedor de la religión cristiana en el Imperio Romano, la duración del paganismo fue precisamente de 666 años; la cifra correspondería también al período del poder musulmán; y el número representaría también la duración hasta entonces del papado. Otra conjetura es que la enigmática cifra haga referencia al emperador Nerón, demonizado en su tiempo por las torturas que mandó infligir a los cristianos. En los alfabetos griego y hebreo cada letra tiene un valor numérico determinado, de manera que si cogemos un nombre cualquiera, a cada letra le asignamos su correspondiente guarismo y después los sumamos se obtiene un número. El autor habría carecido de la valentía suficiente para hacer una comparativa explícita de la Bestia con el emperador, por lo que habría pergeñado este ardid: si se toma el nombre «Nerón César» en hebreo, donde se consideran únicamente las consonantes, y se suman los valores de cada letra del alfabeto hebreo, el resultado daría el famoso número 666.

Pero hay más números mágicos. Los caldeos, una tribu semítica de origen desconocido que se asentó en Mesopotamia meridional, de esto hace ya más de 3000 años, fueron los primeros en observar el firmamento con cierto detenimiento. Se dieron cuenta de que las diferentes fases de la luna discurren cada siete días, por lo que para saber cuándo había que sembrar la tierra les pareció adecuado inventar una semana de siete días para contar el tiempo que debía transcurrir hasta ese importante momento del año (el calendario musulmán se basa precisamente en estos ciclos lunares, y como comenzaron a contar a partir del 622, año de la Hégira, ahora van por el 1442).

Los caldeos decidieron dedicar cada día de la semana a un astro de los siete conocidos por entonces. Así que dispusieron las cosas en este orden: Luna, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus, Saturno y Sol, secuencia que en modo alguno es resultado del azar, sino que es fruto de una elaborada cadencia, de la que sería un poco arduo explicar ahora, en base a la observación de la diferente velocidad de desplazamiento de cada uno de estos astros en el cielo. Esta asignación laica planetaria fue trastocada con el paso del tiempo por los influyentes religiosos. Los hebreos le dieron el cambiazo a Saturno por sabbat, su día de descanso (empleamos el término «sabático» cuando queremos indicar que desconectamos de nuestras obligaciones cotidianas y queremos dedicarnos a nuestros egoístas intereses personales), convirtiéndose en sábado, aunque el inglés todavía conserva su primitiva reminiscencia laica: Saturday. El cristianismo hizo lo propio con el Rey Sol (no Luis Miguel, sino el otro), eliminándolo de su lugar y colocando allí su día de descanso al que llamó «dies Dominica» (día del Señor), expresión latina que fue deformándose con el uso y dio lugar a domingo. En este caso también podemos ver en la lengua anglosajona cómo debió ser en origen el día del sol: sunday, en inglés; o sontag, en alemán.

La parte más alegórica del frontispicio del «Musaeum hermeticum» se halla en el interior de la cueva. Allí permanecen sentados siete sabios frente a un pozo que todo apunta que es el de la sabiduría. Estos enclaustrados personajes representarían a cada uno de los siete metales alquímicos conocidos por aquellos tiempos, y que se extraen precisamente del interior de la tierra: oro, plata, hierro, mercurio, cobre, plomo y estaño. Rodea toda la escena del cuadro un gran anillo, en cuyo interior, arriba y abajo, aparecen representados correlativamente el sol, cinco estrellas, que serían los planetas Marte, Mercurio, Venus, Saturno y Júpiter, y una luna creciente. El significado que los alquimistas dieron a todo esto es que los siete metales de la Tierra tienen su correspondencia con los siete astros conocidos del cielo: la plata con la luna; el hierro con Marte; el mercurio, naturalmente, con Mercurio; el estaño con Júpiter; el cobre con Venus; el plomo con Saturno; y el oro con el sol. A propósito de la asociación alquímica entre el oro y el sol se cuenta que cuando el científico alemán Gustav Kirchhoff, que floreció en el siglo XIX, descubrió con su espectroscopio las líneas espectrales del oro en el sol, su banquero, hombre educado en las ganancias y, por tanto, pragmático y escéptico en extremo, le dijo que poco le importaba a él que existiera allá arriba el noble metal, pues nunca se podría traer aquí abajo, a la Tierra. Poco tiempo después, los trabajos de Kirchhoff fueron reconocidos y galardonados por el gobierno británico. Al poco, el bueno de Kirchhoff fue al banco para hacer un ingreso y allí lo recibió el banquero de marras. Cuando le preguntó qué depósito quería hacer, Kirchhoff extrajo del bolsillo la condecoración que le habían dado los britanos y le dijo: –Quiero ingresar esto: mi oro del sol–. Era una medalla de oro macizo.

La semana de siete días representada por los siete astros y su equivalencia con los siete metales conocidos, así como que son siete también los colores del arco iris, debió parecerles más que una mera coincidencia a los religiosos. Debieron pensar que si sumamos el número 4 (que además de representar a los cuatro elementos también podrían incluirse los cuatro puntos cardinales, los cuatro vientos, etc.), con el sagrado número 3 de los personajes que portan la bola de cristal en el grabado, número este que simbolizaría la perfección (padre, hijo y espíritu santo), obtenemos el número 7. Con este número verdaderamente mágico, el 7, que no responde a ninguna realidad biológica humana conocida, no resulta ahora raro saber que antaño fueran siete los mares del mundo conocido; o que surgió el dragón o serpiente marina de siete cabezas de los mitos de Ugarit, que tiene su equivalencia con el bíblico Leviatán. Y ni que decir tiene la influencia que tuvo este dígito en la religión hebrea, que para adornar el relato purificador que debía seguir todo judío al uso que se preciara para alcanzar la bienaventuranza, y castigar de paso al impío, se sacaron de la manga las «Siete Plagas del Apocalipsis» con que los siete ángeles al servicio de Dios doblegarán a los infieles cuando el Altísimo retorne a la Tierra. Sus escrituras así lo recogen:

«Oí una gran voz que decía desde el templo a los siete ángeles: Id y derramad sobre la tierra las siete copas de la ira de Dios».

Y también es Dios quien se vale de este número mágico para amenazar a la humanidad con los «siete años de vacas flacas y siete años de vacas gordas». Y cómo no, no podemos obviar en este espacio dedicado al simbolismo la «Menorá», el candelabro de siete brazos que el Sumo Sacerdote prendía por orden divina y que se hallaba en la sala más sagrada del Templo de Jerusalén, el Sanctasanctórum.

Siete son los espíritus reposando sobre la vara de José; siete los cielos donde habitan las órdenes angélicas; y siete los años que le llevó a Salomón construir su templo. Siete son los milagros más famosos de Jesús; siete los «Pecados Capitales»: la envidia, la avaricia, la ira, la lujuria, la pereza, la soberbia y la gula; siete son también las «Virtudes Cardinales», y también los pasos que debe seguir todo buen creyente que se precie para su perdón en la vida mediante los «Siete Sacramentos». Siete eran también las colinas que rodeaban Roma, la Ciudad Inmortal.

El guarismo abandonó del ámbito religioso para consagrar la belleza escultórica de la que ha sido capaz la especie humana, materializada antaño en las «Siete Maravillas del Mundo». Y siete son, en consecuencia, las bellas artes.

Y no podía haber faltado este número realmente mágico a su cita literaria y cinematográfica. En el ámbito infantil eran siete, y no otro valor, los enanitos, perdón, quise decir acondroplásicos, que acompañan a la bella e inocente Blancanieves en todas sus aventuras, y los que la ayudan cuando la malvada bruja quiere acabar con ella por pura envidia. Siete fueron los niños abandonados en el bosque por unos padres que no podían alimentarlos; así como siete las hijas del ogro que los descubre; y también de siete leguas eran las botas con que este monstruo los persigue cuando se escapan de sus garras en el cuento de Pulgarcito.

Asimismo fueron siete los hermanos que se agenciaron siete novias en el célebre musical romántico dirigido por Stanley Donen.

Siete eran también las personas que buscaban redención en la película de 2009 «Siete Almas», film dirigido por Gabriele Muccino.

Y también fueron «Los Siete Magníficos» quienes protagonizaron una película estadounidense de western y acción en 2016, dirigida por Antoine Fuqua, y que era una versión del western homónimo de 1960, que a su vez era una adaptación de «Los siete samuráis», guerreros que defendían una aldea del ataque de los bandidos en el film japonés de 1954 dirigido por Akira Kurosawa.

Algunas tribus han usado no los dedos, sino el espacio que hay entre ellos, para contar. Así surgió un sistema en base ocho, método con el que, según se ha podido saber, contaban las cosas los miembros del pueblo Yuki del norte de California. Nuestros Templarios también veían en este un número mágico. No en vano, las torres octogonales son construcciones típicas de estos clérigos, a la vez que aguerridos soldados. Pero, a decir verdad, su número preferido era el 9. Consideraban este número como la imagen y totalidad de los tres mundos, formados por tres triángulos: el cielo, la tierra y los infiernos. Cuando los Templarios llevaron a cabo la Primera Cruzada recogieron de los pueblos turcos la división del cielo en nueve capas; y la creencia en los nueve hijos o servidores de Dios, que se corresponde con las nueve estrellas del firmamento adoradas por aquellas gentes. Los Templarios llamaban al número 9 «la montaña del sol». El nueve era el número por excelencia en los ritos medicinales, de ahí la concepción tradicional de curación por las novenas, un ejercicio más de devoción que medicinal que se practicaba durante nueve días para obtener alguna gracia o pedir por una determinada cosa.

Fíjese hasta qué punto la vida de los templarios estuvo impregnada con este número. Antes de su fundación, la orden se estuvo gestando durante nueve años, concretamente desde 1118 a 1127. Nueve fueron los caballeros fundadores de la Orden del Temple. Un total de 72 artículos componían su rigurosa regla (observe que 72: 7 + 2 = 9). Nueve fueron también las provincias que los Templarios establecieron en Occidente y nueve mil fueron las encomiendas.

Todo les fue bien a los templarios hasta que el rey de Francia Felipe IV, tildado «El Hermoso», y su títere, el Papa Clemente V, pergeñaron su disolución para quedarse con sus numerosos bienes. Acusaron oficialmente a sus dirigentes de 117 cargos, muchos infundados y otros ridículos (fíjese de nuevo qué casualidad, 117: 1 +1 +7 = 9). La orden del Temple pervivió durante 180 años (180: 1 + 8 + 0 = 9). Y hasta en la muerte acompañó este número a los templarios. Su último Gran Maestre, Jacques de Molay, fue quemado vivo en París el día 18 (18: 1 + 8 = 9) de marzo de 1314 (1314: 1 + 3 +1 + 4 =9).

Sin embargo, para medir el tiempo corriente y doliente nos valemos de un sistema muy distinto: lo dividimos en doce partes, en vez de diez como correspondería al sistema decimal. Hay también una relación entre el número 7 y el 12: si cada uno de los tres personajes del grabado del «Musaeum hermeticum» se multiplica por los cuatro elementos aristotélicos representados nos aparece el 12. Así pues, doce son los signos del zodiaco cuando el hombre primitivo decidió agrupar las estrellas visibles en constelaciones. Doce son también los meses del año. Doce fueron las tribus de Israel; doce los apóstoles de los que se rodeó Jesús de Nazaret; doce son también los diferentes signos zodiacales que tienen los chinos; doce fueron las tareas que el rey Euristeo mandó a Hércules para que pudiera expiar el castigo divino que se cernía sobre él por asesinar en un arrebato de cólera a sus tres hijos. Doce, o una docena si lo prefiere, es la cantidad convenida usualmente para hacer la compra de la sabrosa proteína animal que contiene el huevo. Y la mitad del número 12 tampoco está carente de simbología, como ya vimos anteriormente.

Como se ve, si cabe es más importante el sistema duodecimal que el decimal. Pero la pregunta que debemos hacernos ahora es de dónde demonios surge lo que justifica el sistema con base 12. Pues, aunque parezca extraño, su origen también es biológico. Si usted usa su pulgar para contar verá que tocando cada una de las falanges de los restantes dedos podemos llegar hasta doce con una sola mano, pues son tres las que tenemos en cada uno de ellos. El sistema duodecimal tiene más ventajas que el decimal, ya que nos permite hasta seis formas diferentes de agrupar nuestra docena de huevos. Por esta razón, el sistema en base 12 fue muy usado antaño en el comercio, y por eso sigue tan arraigado todavía en nuestras vidas. Por todas estas razones creo sinceramente que el 12 merecería tener un mejor puesto, uno de honor diría yo, en los números mágicos.

Multiplicando el número mágico 5 por el no menos simbólico 12 nos da el 60, que es el valor con el que medimos los segundos y los minutos. Al igual que le sucede a 12, su múltiplo 60 puede ser fraccionado de muy diversas maneras, de lo que se colige que cuando queremos expresar la hora, a veces preferimos decir que son «y cuarto», «y media» o «menos cuarto» sin necesidad de precisar los minutos. Dividir la hora en minutos o los minutos en segundos en base 10, o 100, no ofrece esta posibilidad práctica, tan rutinaria en nuestra ajetreada vida.

Y seis veces 60 son 360, los grados de una circunferencia y aproximadamente los días que tiene un año.

La desaparición de la alquimia vino propiciada por el descubrimiento de que los elementos aristotélicos no eran tan puros ni tan pocos. Los científicos convinieron en redefinir «elemento» como una agrupación de átomos, todos iguales, cada uno de los cuales está formado por un núcleo atómico que aglutina protones y neutrones, y todo ello rodeado a su vez de electrones. De los primitivos cuatro elementos que aparecen representados en el grabado del «Musaeum hermeticum» ninguno cumple las premisas impuestas por esta regla, puesto que todos son la suma de otros elementos más fundamentales, por lo que en la actualidad contamos, nada más y nada menos, que con 118. De todos estos hay algunos que son tan inestables que se descomponen en otros, de tal manera que desde que se formó la Tierra apenas hay nada de ellos. Y por muy singulares que nos parezcan los números 3, 4, 5, 6, 7, 9, 10, 12 o 60 de los que hemos hablado, la física y la química de nuestros días ha reservado la expresión «Números Mágicos» a aquellos elementos, o sus isótopos (palabra griega que significa en el mismo lugar), cuyos núcleos atómicos tengan un total de 2, 8, 20, 50, 82 o 126 protones o neutrones, valores por demás poco o nada llamativos, ya que se ha descubierto que son más estables en el tiempo que sus ciento y pico vecinos de la Tabla Periódica. De todo lo dicho no me negará usted que con esta nueva clasificación la ciencia ha desprovisto de todo encanto la visión romántica que un alma bohemia como la mía tenía de los ancestrales… números mágicos.

Jose Antonio Marin Ayala

Nací en Cieza (Murcia), en 1960. Escogí por profesión la bombería hace ya 37 años. Actualmente desempeño mi labor profesional como sargento jefe de bomberos en uno de los parques del Consorcio de Extinción de Incendios y Salvamento de la Región de Murcia. Cursé estudios de Química en la Universidad de Murcia, sin llegar a terminarlos. Soy autor del libro "De mayor quiero ser bombero", editado por Ediciones Rosetta. En colaboración con otros autores he escrito otros manuales, guías operativas y diversos artículos técnicos en revistas especializadas relacionadas con la seguridad y los bomberos. Participo también en actividades formativas para bomberos
como instructor.

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