Los niños del fútbol. Una historia isleña dedicada a esos padres que con los ojos brillantes se hacen el cuento de la lechera

Los niños futboleros
Los niños del fútbol. Una historia isleña dedicada a esos padres que con los ojos brillantes se hacen el cuento de la lechera

 

“El fútbol ¿cuántas pasiones, sueños, anhelos, fracasos y estafas genera a su alrededor? ¿Cuántas criaturas apenas pueden conciliar el sueño la noche anterior a pasar la prueba en el club de sus sueños?”

 

El fútbol ¿cuántas pasiones, sueños, anhelos, fracasos y estafas genera a su alrededor? ¿Cuántas criaturas apenas pueden conciliar el sueño la noche anterior a pasar la prueba en el club de sus sueños? ¿Y qué decir de esos progenitores con los ojos brillantes haciendo las cuentas de la ‘lechera’?

Pues bien, este artículo no versará sobre nada de lo relacionado en el párrafo anterior. Aquí se tratará sobre las aventuras de un grupo de chiquillos a quienes gustaba el balompié y que convencidos de sus nulas cualidades para sobresalir en un entorno tan hostil, -alguno acabó en una fábrica de zumos y otros en…- disfrutaban desde el otro lado de la barrera: el graderío de un estadio.

Me voy a referir a la década de los setenta, una época gloriosa (o casi) en el universo de la Unión Deportiva Las Palmas, el equipillo de todos los pibes de mi barrio, del otro y el de más allá. Nosotros, ávidos por disfrutar de los estilistas vestidos de amarillo, nos apuntamos a una costumbre (ignoro si pasado el tiempo podría calificarse como una tradición) que en pleno tercer milenio -entre códigos de barra, CQR o reconocimiento facial- sería impensable y que, básicamente, consistía en localizar a un señor, valorar algunos aspectos (el careto, por ejemplo), acercarse a él y con una mirada de corderito degollado, proponerle (o suplicarle) que tuviera a bien hacerse pasar por nuestro padre, tío o hermano, y de esa manera acceder gratis al Estadio Insular. Claro, existía un obstáculo en forma de portero, entonces, había que encomendarse a un dios desconocido y rogarle que el buen hombre fuera un tremendo crédulo o tuviera empatía, -una palabra que nadie conocía aún- para tragarse el cuento al mirar los ojitos de ese niño amante de la UD pegado a los pantalones de aquel pariente postizo, de circunstancias.

Estadio Insular de Las Palmas de Gran Canaria
Estadio Insular de Las Palmas de Gran Canaria

“Tú, sí, tú mismo, estabas tranquilo con los amiguitos; por cierto, éramos unos pibes la mar de chachis, sin familias desestructuradas, porque ese palabro era inimaginable”

Y tus progenitores biológicos (los viejillos) confiados en que tú, sí, tú mismo, estabas tranquilo con los amiguitos; por cierto, éramos unos pibes la mar de chachis, sin familias desestructuradas, porque ese palabro era inimaginable. Bueno, existía algún que otro núcleo familiar con vías de agua pero sin alcanzar el desastre al estilo Titanic.Todo sea dicho. Pero continúo la historia.

Las zonas elegidas para lograr el objetivo se concentraban en tres puntos: las Grada Curva, a la que se accedía por el Paseo de Chil, (un acceso a la Curva Baja bajando la escalinata que conecta con la calle Manuel González Martín) y el tercero ubicado en la Grada Naciente situada en la Calle Pío XII. Cada uno elegía, solo o en compañía de otro colega, un lugar y a probar suerte.

-Señor, por favor, ¿podría entrar con usted?

-Venga, vamos allá.

Ese era el escenario (que se dice ahora) más halagüeño… y entonces brillaba el sol, aunque fueran las ocho de la noche. Entrabas al Estadio (el viejo recinto de Ciudad Jardín) buscabas un hueco en el graderío y el ¡arriba d’ellos! inundaba los corazones -qué bonito me ha quedado-. Y dejo el apunte del ¡Hola, don Pepito!, ¡Hola, don José!, el saludo entre las gradas Curva y Naciente, minutos antes de arrancar el encuentro.

Imagine el subidón si la suerte te acompañaba la jornada que rendía visita el Real Madrid o el Barcelona y ya ni le cuento si el partido concluía con la victoria amarilla. Entonces, mientras despedías al equipo, con el rabillo del ojo no perdías detalle de cómo  abandonaba el terreno de juego con el semblante que genera la derrota.

Los años setenta trajeron dos malas noticias y unas cuantas alegrías al personal futbolero. En el primer caso, con las muertes de Juan Guedes y Tonono, dos jugadores de una calidad excepcional; mientras que la llegada al banquillo del francés Pierre Sinibaldi a la que siguió la etapa del grancanario Miguel Muñoz, unido a la incorporación de grandes jugadores argentinos como Daniel Carnevali, Quique Wolf, Miguel Ángel Brindisi y Carlos Morete -junto a Castellano, Páez o Germán-, fueron los responsables de un tiempo de gloria futbolística.

Estadio Insular apocalipsis
Estadio Insular apocalipsis. Imagen de un canario en Madrid

“No, no me olvido de los pufos que, casi siempre, venían de los pies de esos equipos con los que más temprano que tarde habría que jugarse la permanencia”

No, no me olvido de los pufos que, casi siempre, venían de los pies de esos equipos con los que más temprano que tarde habría que jugarse la permanencia, una situación que nos ocasionaba un estado de postración que duraba hasta la siguiente jornada o se prolongaba sin remedio.

Fueron pasando años y décadas y aquel adolescente que intentaba colarse fue sustituido por un adulto a quien ahora franqueaban el paso por motivos laborales. Ese mismo que con un micrófono inalámbrico junto a la zona de los banquillos fue testigo, entre otras batallas, de la primera retransmisión en directo que hizo Canal Plus en el Insular para cubrir el partido matinal de Segunda División. Tiempo después, me encontraba bajo la zona de cabinas tomando notas del ascenso a Primera (año 2000) para la crónica en el periódico. Y luego llegaron otros asuntos más importantes.

PD:  En un principio esta historia se iba a titular ‘¿Quiere ser mi padre o algo parecido?’

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Miguel Angel Contreras Betancor

Miguel Angel Contreras Betancor

Podría afirmar que nací en Las Palmas de Gran Canaria y no me equivocaría, incluso, si fuera menester, no me importaría aseverar que en el oficio de escribidor -variantes: plumilla y creador de historias- llevo dando el coñazo varias décadas. Tanto es el cariño que siento por el arte de casar vocales y consonantes, que en actualidad edito y dirigo la revista https://revista-contraluz.es , una web dedicada a los géneros negro y policial Y ahí estoy, con el alma llena de balazos y los ojos a rebosar de enigmas y medias verdades. Casi, como la vida misma.

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