Soy tonto. Por Julio Moreno López

Soy tonto

“Este chico es una joya, nadie me lo va a quitar. Hace todo lo de casa y le da tiempo a estudiar”.(“Este chico es una joya”. Mecano).

 

Es curioso. Cuando me paro a pensarlo, muchas veces, casi siempre, me doy cuenta de que el género humano, ya haya nacido hombre o mujer, o “no binario”, como dicen ahora, o chirimoya, siempre puede clasificarse en distintos tipos, atendiendo al enfoque o a la cualidad que, según convenga, queramos resaltar.

 

Por ejemplo, si atendemos al aspecto físico, podemos diferenciar entre altos y bajos, rubios y morenos, negros y blancos, todas ellas cualidades objetivas, o por el contrario, feos y guapos, cualidades relativamente subjetivas.

 

En lo referente a la personalidad, aunque en este caso las cualidades son mucho más ambiguas, podemos hablar de tímidos y sociables, sosos y graciosos, antipáticos y simpáticos; y si atendemos a su intelecto, sin duda, inteligentes o cerrados.

 

Finalmente, atendiendo a su actitud ante la vida, aparte de optimistas y pesimistas, se encuentra la clasificación universal, la que engloba todas las demás virtudes o defectos del individuo, aquella que compendia la verdad absoluta, el todo.

 

Esta no es otra que listos y tontos.

 

Hay que ser cuidadoso y no confundir los términos. Una cosa es ser inteligente y otra ser listo. Yo, que no tengo abuela, me considero inteligente; es más, hay quien como el padre de mi buen amigo Paco Peña me considera incluso “un erudito”. Si, tales fueron sus palabras cuando leyó mi primer libro. Yo me quedé estupefacto, la verdad, pero ahí quedó, a modo de adjetivo calificativo. Sin embargo, si hablamos de listos, pues no, no me considero listo. Es más, soy definitivamente tonto, tontísimo; Tontérrimo incluso, diría yo, si se me acepta el término.

 

Y esto es debido, principalmente, al lugar que ocupo en otra clasificación universal. Los que saben, y los que no.

 

Me explico. Yo pertenezco a ese tipo de personas que, cuando se rompe algo, por ejemplo, en casa, si no estoy no lo arregla nadie; esperan a que llegue yo porque “Julio sabe”. Ese tipo de personas que si hay que redactar un documento para, por ejemplo, solicitar cualquier asunto, me toca hacerlo a mí porque “Julio sabe”. Que si hay que montar una cocina entera, y no exagero, o poner unos alógenos o un sistema de riego o lo que sea, todo el mundo supone que yo sé hacerlo, así, de serie y, por lo tanto, lo termino haciendo yo.

 

Luego están los listos, los que no saben hacer nada. Yo, por poner otro ejemplo, tenía un cuñado que no ha clavado un clavo en su vida, y cuando lo ha intentado, ha demostrado a las claras que no sabe hacerlo, provocando un desaguisado de tamaño cósmico, de tal manera que nunca más se le ha ocurrido a nadie pedirle ayuda.

 

Estos, señores, son los listos de verdad. Los que no saben hacer nada, como si se tratase de una falta genética y no fuera posible, de ningún modo, aprender. Del mismo modo, otros, los tontos, nacimos sabiendo, parece ser. Dios nos dotó de la virtud de la habilidad y somos capaces de cualquier cosa, sobre todo en lo referente a bricolaje u otros aspectos de la vida cotidiana. Porque hay cosas para las que no hace falta saber gran cosa, tales como cargar con una cama cinco pisos por la escalera, porque no cabe en el ascensor; Pero esto, los listos, tampoco saben hacerlo.

 

Además, suele ocurrir que los listos, los que en realidad no saben o no quieren saber, poseen todo tipo de herramientas de última generación, generalmente impecables y ordenadas como si se tratase de un ejército chino. Esto sucede porque las poseen, pero no las han usado en su vida y, por supuesto, no piensan hacerlo nunca.

 

Sin embargo, los que lo mismo nos toca arreglar un cajón, que un somier, que colgar una lámpara, solemos, al menos a mi me ocurre, tener un desorden absoluto en la caja de herramientas, por lo general desabastecida de muchos elementos y, los que si se encuentran en ella, parece que los hemos heredado de un bisabuelo que, como nosotros, era el manitas de la familia.

 

Cuantas veces he echado de menos un destornillador eléctrico. Eso sí, tengo unos tríceps y unos bíceps envidiables, o al menos los tenía, de tanto apretar tornillos a mano. No todo iban a ser desventajas.

 

Además, está la cara de tu madre cuando, por ejemplo, le arreglas la persiana. Eso vale la pena todo el esfuerzo del mundo; o el asombro de tu hijo cuando descubre, atónito, que su silla, o la puerta del armario, tenían arreglo, aunque no queden todo lo bien que debieran.

 

Así que ya saben. Hay cosas que se pueden aprender, que no vienen de serie. Todo es cuestión de voluntad. Tal y como está el patio, al menos te ahorras pagarle un riñón al chapuzas de turno por algo que podría hacer hasta un repetidor de segundo de la ESO. Que está la cosa muy mala.

 

De cualquier modo, si hasta ahora les ha ido bien, sigan haciéndose los tontos. O los listos.

 

¿O era al revés?

Julio Moreno Lopez

Nací en Madrid en el año 1970. Aunque mi título universitario indica que soy ingeniero informático por la Universidad Pontificia de Salamanca, nunca ejercí como tal. Enamorado del mundo del periodismo y de la literatura, colaboro en diversos medios escritos y en alguna que otra emisora de radio. Ahora, miembro de este proyecto tan bonito de La Paseata. Además, soy autor del libro “Errores y faltas” Y del blog del mismo nombre. En Twitter @elvillano1970.

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