El zorí. Por José Antonio Marín Ayala

Hoy, domingo de lectura, José Antonio Marín Ayala nos trae su segundo relato. Lo titula : “El zorí”.

Él, barrendero, mente confusa, se cierne entre dotes de mago

o brujo de alcantarillas. Donde gases del subsuelo emanan,

no son cigarros ni tan siquiera el humo que deja la simple colilla.

Lanza pintura, como cuadro de Picasso y ordena cada rincón

para alejar vibraciones que dañan a la armonía.

Quita, pone, a su antojo; otros, su aura seguía,

por lo que le envían a una clausura, a tratar su sintonía.

Sale de allí, pericias vividas, pandemia que llega ¡Locura vivida!

MMB

“Esa mañana el zorí había descubierto con horror en la red de redes que esa terrible plaga bíblica… ¡se repetía cada cien años!”

El zorí. Ilustración de Tano

El Zorí

El Zorí, así se hacía llamar en su entorno laboral; era la contracción natural, e inevitable, de Zahorí, término ligeramente deformado por un dialecto peculiar como el murciano que persigue siempre la economía de recursos lingüísticos durante el habla, y aun así repleto de tantos cultismos heredados de la heterogénea repoblación que sufrió esta tierra cuando marcharon a otros lares los moros, que hasta el mismísimo «Príncipe de los Ingenios» aplaudiría con fervor. El Zorí, como hombre de su tiempo (que es también el de nuestros días), se había tomado tan a pecho la sentencia bíblica aquella de que la letra mata, etcétera, que había encontrado mucho más vivificante fijar su atención solo en las ilustraciones de los impresos. Aficionado, pues, a la lectura rápida, fácil e impresionista, cuando nuestro joven protagonista, tras no pocos esfuerzos debido a su corto entendimiento, consiguió una plaza en propiedad de barrendero en su ciudad no tuvo mejor ocurrencia que sumergirse en una alocada cohorte de ideas pseudocientíficas y esotéricas, de esas que pululan por un tubo por la Red, lo que hizo que al igual que le sucediera al «Caballero de la Triste Figura» se le ablandara el cerebro ocasionando no pocos quebraderos de cabeza a los responsables del Servicio de Aguas al que pertenecía. Fue tal la obcecación que le cogió a la temática medioambiental, junto a su naturaleza hipocondríaca, que se le fue metiendo en la mollera la descabellada idea de que la Madre Naturaleza se confabulaba periódicamente con el ser humano, y que poco o nada se podía hacer para conjurar sus ignotos designios. Había leído en algún sitio web que una serie de invisibles efluvios procedentes del interior de la Tierra emergían en ciertas regiones de su superficie y que su exposición sería perniciosa para la salud.

El apodo al que respondía se lo colocaron los compis porque como buen geomante que se preciaba ser iba siempre provisto de una vara de avellano en forma de «Y», radioestesiando cada rincón de las vetustas dependencias municipales. El propósito de semejante búsqueda era detectar las misteriosas emanaciones geopatógenas mediante la vibración de la ramita de marras, un sensitivo estímulo que nada más que en él se manifestaba. Una vez las hubo descubierto (o eso le parecía a él) se dispuso a trazar el recorrido que seguían esas radiaciones venidas de lo más profundo del globo terráqueo valiéndose para tal fin de una brocha gorda embadurnada en la pintura amarilla que los empleados municipales usaban para la señalización de los vados en las aceras; pigmento áureo que había pedido prestado al «Niágara», mote que personalizaba al Jefe del Servicio de Aguas y que hacía honor al mal de cataratas ocular que padecía.

A los pocos meses de iniciada su empresa, el Zorí había convertido las estancias del antiguo cuartel de barrenderos en un gigantesco óleo neoplasticista a lo Piet Mondrian. Repleto como había quedado de trazos amarillos los suelos, paredes y techos, el cuartel pasó a conocérsele con el pintoresco nombre de «Servicio Telúrico de Aguas». Las sillas, los sillones, las mesas y el mobiliario más menudo los dispuso el Zorí de tal manera que no fueran atravesados por estas líneas imaginarias. El Zorí llegó al convencimiento de que esta señalización laboral preservaría la ya de por sí delicada salud de sus compañeros barrenderos, a condición de que no osaran interponerse en su camino.

Con tal de que su empresa no quedara inconclusa y no se limitara tan solo a una prevención pasiva, nuestro valiente servidor público abrazó también una suerte de «mesmerismo», esotérica terapia basada en un supuesto magnetismo animal con el que pretendía mitigar las dolencias reumáticas y de otra índole que aquejaban a sus abnegados compañeros, fruto, todo hay que decirlo, del enfangamiento en pura mierda al que se veían sometidos cada dos por tres cuando había algún atranque en la red de alcantarillado y lo tenían que subsanar.

El Zorí estaba convencido de que el cuerpo humano era lo más parecido a un electrodoméstico; había leído que había cientos de canales eléctricos que lo recorrían internamente, a similitud de como los tiene un televisor, y que la enfermedad sería causada por los efluvios energéticos negativos que se interponían en estas canalizaciones. Por eso, en los puntos de intersección de estas líneas que pintaba en la estancia fue colocando herramientas de bronce y duraluminio propias del servicio, como cuellos de cisne para hidrantes, reducciones, racores, palas, llaves de grifa, etc., a fin de que, según imaginaba él, se pudieran transformar las patógenas radiaciones en energía positiva.

Como no podía ser de otro modo, el Zorí había arrastrado esta arcana manía a su esfera privada, y aun a pesar del terrible destino que les había aguardado a los dos cerditos menos precavidos del conocido cuento, se había hecho construir su propia casa como la relataba la cantiga del pobre Manuel: «De barro, de barro y caña», pues en algún recóndito lugar de la Red había oído de boca de un tal doctor Hoffman que el adobe era impermeable a esas peligrosas emisiones subterráneas. Y no quedó aquí su locura; había establecido una suerte de consultorio en casa donde diagnosticaba los malestares de sus compañeros y luego, brocha en mano, pintarrajeaba su domicilio para que el paciente no fuera atravesado por esos perniciosos efluvios.

Pero no acabaron ahí sus pesquisas. Cierto día se entretuvo en ojear pacientemente los informes de las intervenciones que durante las últimas décadas había atendido el personal del parque de bomberos, cuartel que lindaba puerta con puerta con el Servicio de Aguas. De la estadística bomberil extrajo la asombrosa conclusión de que el tipo de emergencia que se paría en aquel entorno geográfico seguía al pie de la letra la enigmática «Ley de Zipf» (le ruego, amable leyente, que a pesar del parecido morfológico y fonético del palabro no confunda usted a su autor con uno de los famosos gemelos creados por nuestro genial historietista español Pepe Escobar, en paz descanse). El Zorí, pues, hizo el espectacular descubrimiento de que los incendios, que eran la primera causa de los siniestros que atendían los bomberos, se sucedían con una cadencia justo el doble que la que figuraba en segundo lugar los salvamentos; estos, a su vez, representaban el triple que la tercera, las asistencias técnicas; y estas el cuádruple que las tareas de prevención.

El Zorí armó tal zipizape con esta arcana especulación estadística que por todos estos fenómenos paranormales el Servicio Telúrico de Aguas fue tenido por lugar de peregrinación de espiritistas y destino preferente de visionarios y nigromantes diseminados por las restantes dependencias del ayuntamiento, los cuales se disputaban con saña una plaza en tan significativo puesto de trabajo.

La superioridad empezó a tomar cartas en el asunto cuando estando de guardia (como se dice en estos casos, en prevenga, por si había alguna avería en el alcantarillado o se precisaba de una limpieza viaria de emergencia), al Zorí le daba por incomunicar al consistorio del resto del mundo; en esos casos apagaba el WiFi que alimentaba todo el sistema informático de las dependencias municipales; ponía en modo avión los móviles; e incluso desconectaba las conexiones por cable del internet, porque decía que emitían también radiaciones ionizantes. Su jefe, el Niágara, azacán desde su más tierna edad, hombre escéptico en extremo y sabedor de la mente protohumana de criaturas como aquella gracias al máster en primatología que culminó exitosamente en la prestigiosa «Fundación Madagascariense El Tití», le espetó un día: —Pero vamos a ver, Zorí, ¿Qué mosca te ha picado con todas estas capulladas que has montado? ¿Es que te has propuesto ser inmune a todo, tontolaba? Joder, estás apollardado vivo.

Fue entonces cuando por prescripción facultativa los munícipes decidieron derivarlo al «Sanatorio de Buen Retiro», un prestigioso lazareto financiado por las arcas públicas especializado en curas mentales. Tomaron también la drástica medida de suspender sine die los concursos de traslados y las comisiones de servicio del personal que había solicitado como destino el Servicio Telúrico de Aguas, para atajar así la propagación de esa peligrosa vesania colectiva.

Pero de eso hacía ya bastante tiempo; el Zorí había sido de nuevo reinsertado al área operativa barrenderil, no sin antes haber recibido de los terapeutas cognitivistas, loqueros para que nos entendamos, durante los casi dos años que estuvo ingresado en la «Unidad de Agudos» numerosos ansiolíticos de última generación y certeras descargas en su corteza cerebral, lo que se conoce comúnmente como terapia electro convulsiva.

Pero a pesar del éxito inicial que tuvo este tratamiento por lo espectacular de la curación en tan corto periodo de tiempo, caso sonado que fue la base de la ponencia estrella del Congreso Internacional de Neuropsiquiatría que celebraban los matasanos ese año, el Zorí había vuelto a las andadas con renovado ánimo. «El Bicho» chino este de marras que azotaba al mundo había aparecido en el momento más inoportuno dando al traste su elaborado y caro tratamiento de reparación mental. Estando toda la peña recluida en casa por orden inconstitucional de la superioridad para evitar la transmisión o, cuando menos, para que pudiera contagiarse aisladamente cada familia al completo, expuesto más solo que la una al virus callejero y teniéndolo la confinada comunidad a la que servía por personal laboral esencial, como también lo eran policías, bomberos y sanitarios, el Zorí salía con su carrito cada mañana a barrer las desiertas calles de la ciudad. Nunca nadie hasta entonces había visto la ciudad tan limpia y silenciosa, tan solo rota aquella quietud por la armonía del trino de los gorriones.

Con el recogedor en una mano y su escoba de bruja en la otra, pues el Zorí estaba convencido de que con ella podía alejar las malas energías y los malos espíritus, el escaso trabajo que tenía se limitaba a recoger algún par de guantes de látex que algún desaprensivo había tirado por ahí o alguna mascarilla desechada por el uso creciendo cada día más en él la sospecha de que aquella pandemia vírica era el justo castigo que la Madre Naturaleza había reservado al soberbio ser humano, el mismo que por su culpa había desatado el efecto invernadero y amenazaba con destruir el planeta con su desbocada superpoblación.

Esa mañana había descubierto con horror en la red de redes que esa terrible plaga bíblica… ¡se repetía cada cien años!

Jose Antonio Marin Ayala

Nací en Cieza (Murcia), en 1960. Escogí por profesión la bombería hace ya 37 años. Actualmente desempeño mi labor profesional como sargento jefe de bomberos en uno de los parques del Consorcio de Extinción de Incendios y Salvamento de la Región de Murcia. Cursé estudios de Química en la Universidad de Murcia, sin llegar a terminarlos. Soy autor del libro "De mayor quiero ser bombero", editado por Ediciones Rosetta. En colaboración con otros autores he escrito otros manuales, guías operativas y diversos artículos técnicos en revistas especializadas relacionadas con la seguridad y los bomberos. Participo también en actividades formativas para bomberos
como instructor.

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1 comentario

  1. Simpático relato.
    Cada persona somos un personaje.
    💯💯💯

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