
«En ese primer vistazo me fue imposible ver su cara, ya que la negra capucha de su sudadera se la cubría por completo»
El metro llegó a la estación con la puntualidad y monotonía de todos los días. La apertura de sus puertas nos engulló con un apetito feroz.
Como si de una disputa se tratara, todos buscábamos un asiento libre, en mi caso por la comodidad de ir leyendo. Me sentí afortunado, puesto que al atravesar varias estaciones aún seguía libre el asiento de mi derecha, lo que me permitía una mayor comodidad. Esa comodidad acabó por abandonarme, ya que en la siguiente estación se sentó alguien a mi lado, reduciendo al mínimo mi confort al tratarse de una persona muy corpulenta.
Sin apenas levantar la vista del libro, le miré de reojo. En ese primer vistazo me fue imposible ver su cara, ya que la negra capucha de su sudadera se la cubría por completo. Con sutileza, me incliné hacia delante, pero el gran tamaño de su capuchón de monje seguía impidiéndome verla.
A una estación para llegar a mi destino, y con el vagón cada vez más cargado de gente, me resultó imposible verle de frente. La aglomeración de viajeros me forzaba a caminar adelante. Aún pude volver ligeramente mi cabeza, pero para mi frustración el continuó sentado en el mimo sitio, ya de espaldas a mí. Mientras, yo me alejaba con la curiosidad de no poder ver el rostro de aquella anónima persona.
(© 2025 Manuel Sanz Real)

