Qué poco se valora el acto de manifestarse. Por Francisco Gómez Valencia

Los titanes del sindicalismo español

“Lo cierto es que dejaron en la estacada a esos dos titanes del sindicalismo español más conocidos por sus andanzas que por sus logros”

Se cuentan por miles las “manifas” de todo signo y condición que padecemos los madrileños a diario. Lo cierto es que tenemos más paciencia que el santo Job. Aun no entiendo como la Puerta del Sol, el Paseo del Prado, la Plaza de Colón o la misma Calle de Atocha no son rebautizadas como la Puerta de la Manifestación, el Paseo del Sindicalista, la Plaza del Langostino o la Calle de la Pasionaria Reivindicación. Total si ya no queda ni un general franquista al que recordar por sus hazañas bélicas –como diría mi padre–.

Ver la otra tarde solo a cerca de cuatrocientos sindicalistas agitando con desgana sus banderas y arrastrando los pies como los penitentes en Semana Santa por la Calle Atocha, qué quieren que les diga: a mí, me dieron penita. Los miraba mientras se manifestaban apoyando al Gobierno por no bajar los impuestos a la población y es que casi me arranco a cantarlos una saeta para que ralentizaran el paso un poco más pues los pobres míos, iban con la lengua fuera. Impactado me quede, pues fue un espectáculo transgresor y por eso me vinieron unas cosillas a la mente –tres para ser exacto–, y que no me puedo aguatar sin compartirlas con ustedes…

Primero, me pregunté donde estarían el resto de miles de liberados que por lo que sea, también se escaquearon y no asistieron a su propia manifestación ¿Estarían de asuntos propios? A saber, lo cierto es que dejaron en la estacada a esos dos titanes del sindicalismo español más conocidos por sus andanzas que por sus logros, aunque ahí los tenemos, al pie del cañón un día tras otro dejándose la piel y hasta alguna cáscara sin chupar.

En segundo lugar me quede impactado cuando al final, dos ilustrados aguerridos, salieron en representación de todos los trabajadores de España y del mundo, a leer un pequeño manifiesto. La experiencia en sí misma resultó casi hasta religiosa –como cantaba el otro–, pues: la redacción era complicada –para que lo vamos a negar–, había muchas palabrejas de esas que usan los capitalistas y que ante todo hay que citar para echar por tierra a los que pagan los sueldos y arriesgan su dinero, y había que hacerlo con un discurso ágil – ¡Carajo!–.

Algo rápido, contundente e ilusionante y a la vez…, capaz de conseguir despertar del letargo propio de la siesta a la mayoría de los asistentes probablemente acostumbrados a echársela a diario en sus ratos libres, como cualquier otro trabajador, pero no: asistimos a un capítulo de Barrio Sésamo donde dos compañeros, seguramente fruto de los nervios se enredaron citando a los oligopolios y oiga usted… que se hicieron la picha un lío haciendo un pan con dos hostias (que no digo yo que a lo mejor…).

A las mariscadas

En tercer lugar, me sorprendió que llevaran más banderas que los del Frente Polisario a un partido de fulbito. Para mí que los tocó soportar el penoso peso de las mismas al menos en una cuantía de dos por cabeza teniendo en cuenta que faltaron al convite, al menos otros cuatrocientos, y digo yo: ¿Se habrá resentido de las lumbares alguno al día siguiente teniendo que ausentarse de sus quehaceres diarios, sean los que sean? ¿Agotarían las existencias de calamares del famoso bar “El Brillante”?

Miren ustedes: cuando lo peor de la pandemia, en Melilla desde la Delegación del Gobierno se repartieron bolsas de comida a ciertas personas, las cuales fueron debidamente sacadas en los medios de propaganda, observándose como en las bolsas ponía PSOE. Del mismo modo vimos como en la primera caja de vacunas que se descargó en España desde la bodega de un avión, iba puesta la pegatina de Gobierno de España, cuando quien las había comprado era la Unión Europea.

Esta semana después del cambio de aires del Gobierno respecto a lo del Sahara Occidental –después de cincuenta años diciendo lo contrario– a Pedro Sánchez lo estaban esperado en las dos ciudades autónomas para aclamarlo un reducido número de ciudadanos melillenses y ceutíes, agitando las banderas del PSOE como si no hubiera un mañana por culpa de la calima. ¡Ostras Tú! Si es que parecía como si Pedro Sánchez hubiera ganado la Champions League en vez de haber salido trasquilado del Consejo de Europa, donde le han dicho que haga lo que le dé la gana para bajar el recibo de la luz, que para eso está escrito y permitido desde el ocho de marzo siempre que no incumpla ningún reglamento comunitario dictado por la Comisión Europea, y aun así ya veremos si le aceptan lo que presenten cuando quiera que lo hagan.

Aun así y volviendo a los que aclamaban al presidente: ¿No tenían nada mejor que hacer a media mañana? ¿Cobran por ello? ¿Y quiénes son y a que dedican su tiempo libre? Sin duda el énfasis al mover las banderas del PSOE en Ceuta y Melilla se echa de menos si lo comparamos con los movimientos arrítmicos de los sindicalistas que se manifestaron apoyando a Gobierno en la Calle de Atocha de Madrid. Y es que no hay nada mejor que tener hambre para hacerlo con garbo saleroso…

Francisco G. Valencia

Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid en 1994 por lo tanto, Politólogo de profesión. Colaboro como Analista Político en medios radiofónicos y como Articulista de Opinión Política en diversos medios de prensa digital. De ideología caótica aunque siempre inclinado a la diestra con tintes de católico cultural poco comprometido, siento especialmente como España se descompone ante mis ojos sin poder hacer nada y me rebelo ante mí mismo y me arranco a escribir y a hablar donde puedo y me dejan tratando de explicar de una forma fácil y pragmática porque suceden las cosas y como deberíamos cambiar, para frenar el desastre según lo aprendido históricamente gracias a la Ciencia Política... Aspirante a disidente profesional, incluso displicente y apático a veces ante la perfección demostrada por los demás. Ausente de empatía con la mala educación y la incultura mediática premeditada como forma de ejercer el poder, ante la cual práctico la pedagogía inductiva, en vez de el convencimiento deductivo para llegar al meollo del asunto, que es simple y llanamente hacer que no nos demos cuenta de nuestra absoluta idiotez, mientras que la aceptamos con resignación.

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