Leyendas urbanas. Por Francisco Gómez Valencia

Leyendas urbanas

«Tengo un conocido que asegura que le cuesta más barato alimentar a las bestias que llenar los depósitos de sus coches»

Eso de que en reserva solo se andan 40 Km es una leyenda urbana. Aprovechar el impulso de las cuestas abajo en punto muerto ya estaban inventadas cuando yo era un niño ¡Pero vamos a ver!

El “careto” de un paisano circulando en punto muerto, es el mismo que hay que poner cuando se va en punto muerto (usted me entiende), es decir, ¿la misma que pone uno que circula el último modelo de BMW o Audi eléctrico? Así es. Cara de no hacer ruido para no molestar ni a las mariposas. Cara de esos que no mandan ni en su casa. Los mismos que alardean de no haber roto un plato en su vida.

Yo querré siempre en mi equipo a los que desde antes de la tontuna, vamos en punto muerto cuesta abajo, con un par, viviendo la vida a tope.

Así como el que no quiere la cosa tengo un conocido que asegura que le cuesta más barato alimentar a las bestias que llenar los depósitos. Se trata de un buen hombre que además de trabajar como un animal toda su vida ahora por eso y por la gracia de Dios, también dispone de algunos buenos coches.

Disfruta en una pequeña cuadra construida “ad hoc”, donde trata a cuerpo de “reina Letizia” a sus yeguas y créanme: la goza más moviendo mierda y heno (no de Pravia precisamente), que lavando “BMW’s” o el resto de baratijas que atesora.

Los huevos que ponen sus gallinas (sin pisar el suelo), además de ser una envidia generadora de sana inquina, también asegura que salen más caros que los que se venden en las tiendas pues el pienso que comen “las muy putas” sale a cojón; aunque sarna con gusto no pica salvo cuando paga 13€ más caro el saco de 25Kg. ahora que hace un año.

De sus tierras nacen unos calabacines y unos pepinos que para si los quisieran algun@s feministas de Podemos. Emergen de la tierra gris de su huerto unas calabazas terribles. Son más gordas que las mentiras del Gobierno y unos tomates morunos más rojos que la pasionaria. Del universo de las cebollas ya ni les cuento pues son tan hermosas y tienen tantas capas como la cara de María Fernanda (la de ZP), recientemente vista a la luz del día.

Los girasoles tiesos como ellos mismos, se retuercen como los juncos sin llegar a romperse nunca como hace Bolaños (“el perejil”), como lo llama “Charito la fantástica”. Están bien altos gracias a la fertilidad del terreno próximo al río, al sol del pueblo y al viento del norte, cabrón como el solo a la hora de achicharrar a los girasoles y a los de ciudad que de paso los molestamos creyendo que su tierra también es nuestra.

Dice que su huerto es todo lo ecológico que puede y le da la gana que sea y lo asegura sin que por ello se le tuerza el gesto mientras mira como otro año fracasan los cerezos y los ciruelos. Ya le dije yo que por esas tierras las higueras no agarran pero ya se sabe, los de campo son muy cabezones pues necesitan que desde los despachos les digan lo que deben o no hacer. Hablamos de “los unas y las unos”, de “los y las”, y también de “las y los” que cuando pasean por los caminos en fin de semana se les escuecen las entrepiernas.

El “perrete” que cuida la finca se lanza como un suicida a por los corzos cuando los saca del pinar cercano a la orilla del río. Corre que se las pela detrás de ellos cuando no levanta un cuarto del suelo. En alguna de esas debió pisar mal y desde entonces se le encasquilla un cuarto trasero.

Es del tamaño de una pierna de lechal, de hecho: a veces nos cachondeamos por eso mismo y como se le quiere mucho, no lo van a operar ya que el reposo que necesitaría el animal, no parece que lo vaya a respetar precisamente porque es un animal y sería complicado que entendiera a la primera, la prescripción facultativa por mucha personalidad jurídica que vaya a tener el can gracias a su chip integrado bajo la piel de su cuello.

En fin que por lo que parece, así se va a quedar, lo cual no es tampoco una desgracia ya que cuando le llegue el momento estirarla, la va a estirar. Por cierto este también come y son 15€ lo que ha subido el saco, se ve que también “el pienso luego existo” de los perros viene de Ucrania, como el de las otras…

Mi amigo no entiende ni papa de política aunque sus aseveraciones acompañadas de algún “cago en Dios” lo da empaque y seguridad. De todos se aprende algo y sacamos conclusiones positivas más aún cuando tratas de razonar con él aquello que los que se desviven por el progreso nos hacen y bien que se les nota.

¿Todo esto a que venía? Ah, si… Volvemos de echar unos chiquitos (pocos), y hemos parado a repostar. El tótem de los precios marca récord, solo faltaría que sonara una campana como pasa con los de las ferias cuando golpeas con el martillo bien fuerte. Varios productos superan los “dos pavos” y como tales nos quedamos al verlo. Antes llenaba, ahora ni de coña…

Pudiera sí, pero para que lo tengan ellos me lo guardo yo, me dice resoplando…

No se notan los 20 cts. ¿Verdad? Notar… ya te digo yo lo que se nota.

Francisco G. Valencia

Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid en 1994 por lo tanto, Politólogo de profesión. Colaboro como Analista Político en medios radiofónicos y como Articulista de Opinión Política en diversos medios de prensa digital. De ideología caótica aunque siempre inclinado a la diestra con tintes de católico cultural poco comprometido, siento especialmente como España se descompone ante mis ojos sin poder hacer nada y me rebelo ante mí mismo y me arranco a escribir y a hablar donde puedo y me dejan tratando de explicar de una forma fácil y pragmática porque suceden las cosas y como deberíamos cambiar, para frenar el desastre según lo aprendido históricamente gracias a la Ciencia Política... Aspirante a disidente profesional, incluso displicente y apático a veces ante la perfección demostrada por los demás. Ausente de empatía con la mala educación y la incultura mediática premeditada como forma de ejercer el poder, ante la cual práctico la pedagogía inductiva, en vez de el convencimiento deductivo para llegar al meollo del asunto, que es simple y llanamente hacer que no nos demos cuenta de nuestra absoluta idiotez, mientras que la aceptamos con resignación.

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