¿Qué habría hecho usted? Por Gusarapo

Qué habría hecho usted

«Es duro enfrentarse a una imagen que puede ser tu propio reflejo en un futuro no muy lejano. ¿Qué habría hecho usted?»

Van pasando los días y entre hojas amarillas, bellotas, higos a medio madurar ennegrecidos por el frío, castañas, setas, gansos, zorzales y noches largas, el invierno se va acercando.

Esta mañana, por vez primera desde que se fue el verano, bien por la dirección del aire, bien por las circunstancias que rodean a mi persona, aspiré el aroma de leña quemada en las calles de la ciudad.

Leña no creo que fuera, más bien carbón vegetal, que sería lo propio aunque el olor difiere bastante de una al otro, o tal vez y dada la moda actual, pellets, pero pellets de madera buena, porque en esto, al igual que en casi todo, hay diferencias sustanciales. El caso es que se olía a humo de chimenea de calefacción. Es decir, que el frío ya se siente en el interior de nuestras confortables moradas.

Hace unos días no aspiré ese aroma cuando en la madrugada, de noche cerrada aún, me topé con un bulto de cartones y mantas en un anteportal de un céntrico edificio. No me hizo falta mucho tiempo en discernir de qué se trataba. Era una persona arrebujada, embutida, en el envuelto de colores azulones y fucsias sobre marrón claro, y hacía frío.

Me detuve un instante, le miré, miré a aquel montón de trapos de colorines, y me di media vuelta. Quince o veinte minutos no me iban a suponer mucha perdida, pensé.

Caminé por calles desiertas de personas pero repletas de carteles de colores, rojo, naranja, verde, amarillo, de venta y alquiler, pegados a los vacíos y polvorientos escaparates.

No me cansaré de decirlo, porque lo creo, porque lo siento: Los políticos han decidido la ruina de la ciudad.

Compré un café y algo más en una conocida churrería y desanduve mis pasos hasta regresar al punto de partida. Lo dejé a un lado, cerca de donde supuse se encontraba la cabeza, y de forma automática emergieron de entre las telas una gran mata de pelo negro canoso y dos ojos a medio abrir, o a medio cerrar, según se mire y según mirase el interesado.

Se revolvió y se sentó.

Estaba sucio, olía mal. El pelo apelmazado y grasiento cubría cabeza y rostro.

Me miró fijamente con aquellos ojos pitañosos, vidriosos, encarnados, me dió las gracias y pronunció mi nombre. Aquel hombre me conocía y yo no tenía ni idea de quién era. Él se dió cuenta al instante.

Bastaron unas cuantas palabras para que me diera cuenta, para que le recordase, para ponerle otra cara y un nombre. Nombre que ahora no importa porque ustedes no le conocen y lo que sea de él les trae sin cuidado.

Así es la vida, sólo nos importa lo que nos afecta directamente, el resto nos resbala.

Y así era él. Así fue en su momento. Pero la suerte hace girar la moneda y la cara se torna cruz.

Me tendió la mano derecha, extendió el brazo y me ofreció una mano negra. Vacilé y la retiró. No importa, me dijo, lo entiendo.

En otro tiempo llegamos a abrazarnos.

Me sentí sucio, más que aquella mano, mezquino, ruin. Mi duda acababa de convertirme en un miserable. Pero… ¿Qué hubiera hecho usted, se la habría estrechado?

Le había olvidado.

Durante un tiempo le eché en falta, pregunté por él, pero ante la falta de noticias y de su misma presencia, le mandé inconscientemente al interior de un baúl.

Él no tuvo la culpa. Se limitaba a trabajar y cumplir las normas. Pero las normas, esa ley que siempre se jactaba de seguir a pie juntillas, se encargaron de dejarle sin camisa.

Primero fue el salir, el gimnasio, los fines de semana, luego los coches, después la casa.

Era una casa grande con un jardín aún más grande y una piscina preciosa.

Primero la sorpresa, el hachazo, y después la desesperación, el güisqui, el vino, la cerveza y hasta la colonia.

Y una vez sólo y desbaratado como persona útil al sistema, desahuciado de la sociedad a la que había estado contribuyendo, se fue.

Es lo que tiene vivir en un pueblo grande, que todo el mundo se conoce de una forma u otra y todo se sabe.

Todo se sabe pero nadie hace nada, porque cada uno está en lo suyo, va a lo suyo. Y no es culpa de nadie.Cada cual tiene lo suyo.

Hace unos días alguien me decía que no notaba los problemas económicos que están, estamos, sufriendo algunos. Que sí, que le preocupa la situación política, la deriva del país, el aumento de los gastos, pero que sigue viviendo exactamente igual que antes. Y es normal y hace bien, porque cada cual tiene que apechugar con su responsabilidad y sus problemas. Lo que sucede es que en este país se ayuda y protege al sinvergüenza y se hunde al honrado y trabajador, y de eso nadie tiene la culpa individualmente. Colectivamente, como sociedad, sí.

Es duro enfrentarse a una imagen que puede ser tu propio reflejo en un futuro no muy lejano.

Tal vez hubiera sido mejor haber pasado de largo, ignorar aquel montón de colores estridentes, exactamente igual que el resto de los viandantes, igual que las autoridades. Pero una y otra vez caigo en lo mismo.

Gusarapo

Soy más de campo que las amapolas, y como pueden ver por mi fotografía, también soy rojo como ellas. Vivo en, por, para, dentro y del campo. Ayudo a satisfacer las necesidades alimenticias de la gente. Soy lo que ahora llaman un enemigo del planeta Tierra. Soy un loco de la naturaleza y de la vida.

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