El grito. Por Amando de Miguel

El grito

«Tradicionalmente, la decisión automática de alzar la voz se asocia con una posición de autoridad: religiosa, militar, parental…»

No me refiero a los famosos cuadros del noruego Edvard Munch, así, llamados. Tales representaciones son, más bien, las de la angustia, el terror o la cefalea intensa. En la cultura hispanohablante, el grito es parte rutinaria de la conversación. Simplemente, se eleva el tono de voz, como si el interlocutor fuera duro de oído. A veces, ese recurso se emplea cuando se dirige uno a un extranjero que habla otro idioma; es, entonces, una extraña forma de cortesía.

Últimamente, he podido comprobar que algunos anuncios en la radio (coches de segunda mano, medicinas vigorizantes, seguros, etc.) recurren a un tono de voz, desusadamente, alto. Creo que se equivocan si con ello pretenden aparecer más convincentes. Considero que, lejos de ser buenos vendedores, alejan a los posibles compradores.

Me sorprende que, en algunos vídeos que circulan por las redes, los presentadores abusen de ese dispositivo de vociferar, como si fuera más persuasivo. Insisto en que el tono, antes llamado “greguería”, puede valer para una subasta de pescado o una grada de un espectáculo deportivo o taurino, pero es incompatible con la persuasión. Muchos de mis compatriotas no opinan lo mismo; consideran que la elevación del tono de voz es un rasgo de simpatía. La verdad, no logro entender tal convención. No sé de qué me puede servir tanta sociología, cuando no logro entender a la gente del común. Va a tener razón mi amigo Carlos Díaz, cuando sostiene que yo tiendo a moverme entre los que cortan el bacalao, por mucho que, luego, los critique.

El grito ocasional y bien administrado puede servir para expresar distintos estados de ánimo: enfado, júbilo, sorpresa, dar órdenes, llamar la atención. Son momentos breves, en los que molesta menos que el sujeto alce la voz. En tales situaciones, se esperan, además, gestos complementarios, como bracear, manotear, hacer muecas, acompañar con otros movimientos del cuerpo, etc. Son una forma de reforzar el gusto por el lenguaje contundente de los españoles, tan teatreros.

Tradicionalmente, la decisión automática de alzar la voz se asocia con una posición de autoridad: religiosa, militar, parental, etc. Es algo que, siempre, tienta a los hispanohablantes. Representa una imagen de dominio muy apetecida. Viene a significar que se ha subido un escabel en la tácita escala del poder.

En la historia contemporánea de los pueblos hispánicos, se suelen adjudicar ciertos momentos revolucionarios con el episodio de un “grito”. Es una metáfora para indicar una declaración solemne y decisiva. Es, de forma eminente, la asociación de proclamar, con voz campanuda, que hay que oír a una nueva autoridad.

Quedamos, pues, en que el tono de voz añade algo a la simple comunicación verbal. Además, puede realzarse con los instrumentos técnicos para elevar los decibelios. Otra cosa es que pueda interpretarse de muy diversas formas. En una discusión corriente, uno de los interlocutores puede sentirse molesto, si el otro alza la voz sin aparente motivo. El grito es incompatible con una interacción entre iguales.

Amando de Miguel para La Gaceta de la Iberosfera.

Amando de Miguel

Este que ves aquí, tan circunspecto, es Amando de Miguel, español, octogenario, sociólogo y escritor, aproximadamente en ese orden. He publicado más de un centenar de libros y miles de artículos. He dado cientos de conferencias. He profesado en varias universidades españolas y norteamericanas. He colaborado en todo tipo de medios de comunicación. Y me considero ideológicamente independiente, y así me va. Mis gustos: escribir y leer, música clásica, chocolate con churros. Mis rechazos: la ideología de género, los grafitis, los nacionalismos, la música como ruidos y gritos (hoy prevalente).

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