
«La calidad de Amaral muchas veces ha quedado oculta, antes por concesiones demasiado comerciales y ahora por una pizca de falta de riesgo»
¿Cuántos artistas pueden sonar en la carnicería o en la peluquería del barrio al tiempo que en emisoras alternativas como Radio 3 o STRIM? En Zaragoza una chica servía copas en el Azul Rock Café y con lo ganado se pagaba clases de canto. En ese trasiego, incluidas actuaciones en baretos de la capital aragonesa bien en solitario o junto a otros proyectos, conoció a un chico donostiarra, tres años menor que ella, que había abandonado su vocación por la Arqueología para tocar la guitarra.
Congeniaron en muchos aspectos, también en el musical, por lo que decidieron formar un tándem. Se patearon la ruta de los circuitos para artistas noveles, donde cobraban una miseria, tenían que ayudarse ejerciendo de voluntariosos camareros y abusar de la generosidad de algunos amigos que les prestaban una cama para dormir. Los bocadillos eran demasiado habituales en su dieta alimenticia, y así se pasaron varios años.
Se instalaron en Madrid para probar fortuna, actuaciones en salas como El Rincón del Arte Nuevo, Libertad 8, La Boca del Lobo, hasta que llegó el día en que Jesús Ordovás los pinchó por primera vez en Radio 3, luego el día en que un tipo se acercó después de un concierto: «Hola, soy de la compañía Virgin, me gustaría hablar con vosotros».
Se hacían llamar Amaral. Para mí su segundo trabajo “Una pequeña parte del mundo” (2000) de la mano del productor Cameron Jenkins, es su mejor disco, en apenas dos años, el salto de calidad del dúo, se había hecho evidente. Su inusual propuesta, capaz de sonar digamos que algo garajera y comercial a la vez les convirtió en ídolos de masas. La calidad de Amaral muchas veces ha quedado oculta, antes por concesiones demasiado comerciales y ahora por una pizca de falta de riesgo. Y es que a veces les mataría, y otras en cambio les quiero comer.

