
“Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él”. (Carlos Ruiz Zafón).
Yo no sé si esto también les ocurrirá a ustedes, pero yo no suelo viajar sin un libro. Puede parecer una manía más, como llevar siempre en la maleta las llaves de repuesto del coche, si viajo en coche, o varios relojes y gafas de sol, para el caso de que uno falle o se me pierdan las gafas, cosa que, por cierto, me ha ocurrido este verano. Si, es cierto, soy un hombre de costumbres, entre las cuales se encuentra una necesidad casi enfermiza de salir de casa con el reloj puesto, de la misma manera que cuando llego a casa, me lo tengo que quitar inmediatamente; si no, me siento completamente vestido.
Esto, efectivamente, son manías, pero en el caso de los libros es algo bien diferente. No concibo un veraneo sin dedicar tiempo a la lectura. Será por el superávit de tiempo libre, que hay que llenar, indefectiblemente, con alguna actividad, pero si bien durante el año también procuro leer, en vacaciones es una necesidad. Así que, cada año, antes de partir hacia la costa mediterránea, que es donde paso yo mis veraneos, selecciono algún libro de entre los que no me ha dado tiempo a leer y lo meto en mi maleta como una prenda más, imprescindible, del equipaje estival.
Sin embargo, no son pocas las ocasiones en las que, por disponer de más tiempo del habitual, termino el libro mucho antes de terminar las vacaciones. En estos casos, como yo vengo a la playa a mi casa particular, siempre hay algún libro que releer, o incluso alguno que, a pesar de poseerlo, no he leído. Esto es poco habitual, pues soy bastante selectivo comprando libros y, normalmente, los compro con el interés y la intención de leerlos inmediatamente, pero siempre está aquel libro que alguien bien intencionado te recomendó y te prestó en su momento y que tú, por supuesto, ni has leído ni has devuelto. Es una costumbre muy española, esta de no devolver los libros, que yo practico con asiduidad. De esta manera me he hecho con algunos ejemplares que, por sobresalientes, no he sido capaz de devolver, para poder releerlos una y otra vez, costumbre de la que también soy devoto.
En el caso de los libros prestados en la playa, esto no suele ocurrirme, pues normalmente es mi hermano el que me recomienda y me presta alguno, y hay que decir que mi hermano, si no le devuelves un libro, te lo reclama. Supongo que, como yo, siente el peso de la propiedad del mismo y los atesora como lo que son, piezas valiosas que un día te inspiraron sentimientos, algo que ya es mucho más de lo que consiguen algunas personas. En su descargo, también he de reconocer que tiene la buena costumbre de devolverte los tuyos y que normalmente acierta en sus recomendaciones.
Por poner un ejemplo de hace unos tres o cuatro años, mi hermano viajó a la playa sin libro, cosa que tampoco suele hacer, y ante tan desgraciada situación, decidió comprarse en el supermercado de Campoamor, un súper de estos que te ofrecen las cosas que has olvidado en casa, un libro casi al azar que se titula “La biblioteca de los muertos”, de un autor al que yo nunca había leído, llamado Glenn Cooper. El libro en cuestión resultó ser tan interesante que puesto que era el primero de una trilogía, ambos acabamos leyendo los tres ejemplares.
Esto, sin duda, es una demostración palpable de que abrir un libro, uno cualquiera, siempre es una exploración de un terreno desconocido, que puede proporcionarte toda clase de bonanzas que no esperabas, en el nombre de un autor casi anónimo, o por el contrario, provocar la mayor de las decepciones, como me ocurrió en otra ocasión en que, terminado el ejemplar que me había traído, decidí leer “La ciudad de las bestias”, de Isabel Allende, que aparte de un fiasco monumental, es una ida de olla de tal calibre que te dan ganas de llamar a Isabel para preguntarle quien le vende la hierba.
La moraleja de esta experiencia es que nuca has de juzgar un libro por su autor, por su portada o por su sinopsis, y que una lectura nueva es un viaje de aventura que te puede llevar a rincones idílicos o a lugares anodinos que, bien mirado, te podías haber quedado sin conocer. En cualquier caso, merece la pena el riesgo.
Claro que, ante un libro infumable, siempre existe el recurso de no terminarlo, recurso que yo procuro evitar, pero que no he podido dejar de utilizar en algunos casos; sorprendentemente, en todos ellos, de autores reconocidísimos. No en vano, en cierta ocasión, escribí un artículo titulado “instrucciones para no leer a Cortázar”, cuya lectura les recomiendo. En mi opinión, Cortázar es tan infumable como Isabel Allende. Puede que sea resultado de que ambos compartan, o compartieran, camello al otro lado del charco, hablando de fumar. O de cualquier otra desgraciada coincidencia.
Otro escritor al que he dejado a medias es Antonio Muñoz Molina. Y no solo en una ocasión, porque yo soy de los que tropiezan dos veces con la misma piedra, sino en dos. En “Ventanas de Manhattan” y “el invierno en Lisboa”. Dos coñazos en los que Muñoz Molina hace gala de su capacidad asombrosa de escribir monólogos interminables, sin necesidad de personajes, y de su repulsión por los puntos y aparte, creando páginas y páginas en una sangría perfecta que no deja espacio a lugares en blanco, ni a la diversión o el interés.
Decía Julio Cortázar, no obstante, que “los libros van siendo el único lugar de la casa donde todavía se puede estar tranquilo”. Yo añadiría que en los suyos no. Abordar a Cortázar sin ansiolíticos puede provocar al menos una hiperventilación. En los de Muñoz Molina, sin embargo, no solo se está tranquilo, sino que se puede caer en el sueño más profundo a la primera de cambio.
De cualquier modo, les recomiendo que no me hagan ningún caso y que lean, por supuesto, lo que les dé la gana, faltaría más. No hay nada más triste que un cementerio de los libros olvidados, como el que citaba precisamente Carlos Ruiz Zafón en uno de los libros más bellos e interesantes que han caído en mis manos, “La sombra del viento”, libro que, por cierto, me recomendó mi madre, una gran lectora y una persona dichosa.
Así pues, lean. Investiguen, viajen desde el sofá, desde la cama, desde el avión o el tren. Y no olviden que, como afirmaba Marcel Proust “El hallazgo afortunado de un buen libro puede cambiar el destino del alma”.
A mí me ha ocurrido.

