Funeral en colores. Por Antonio E.

Funeral en colores

«Al pie de la foto ponía en perfecto español “Funeral en colores”, el nombre de mi amigo y una pequeña cruz. Francisco había muerto»

Francisco era, o fue, un tipo recio, llano, sin dobleces, como se dice en nuestro argot, disciplinado, fiable y noble, como pocos he conocido. Un buen amigo, no muy hablador, sin ser introvertido, un amigo de los que siempre estaba al lado de sus amigos cuando le necesitaban. 

La vida nos separó por primera vez a esa edad, la de la mili. Él se apuntó a la Legión, y yo firmé por dos años como voluntario, tenía dieciocho años, serví en Artillería. Nos volvimos a ver transcurrido un año, él estaba muy cambiado, más musculado, más hombre, yo me había dejado bigote, era lo habitual, él traía barba de anacoreta, homérica. Le reconocí por la voz, con su chapiri y vestido de legionario estaba imponente, irreconocible, me impresionó. Me llamó por mi nombre, tenía la voz más grave y profunda, pero tan amigable y cercana como de costumbre. 

Nos dieron las tantas bebiendo y hablando, nuestro aguante era espectacular dada nuestra edad, pero sabíamos cuando echar el freno y dejarlo. A ambos nos gustaba la ELO, y la voz cascada de Brian Johnson, solista de Geordie, más tarde de AC/DC. Coincidíamos en bastantes cosas, él decía que en lo esencial. Él iba camino de líder, sin darse cuenta ya lo era, yo le escuchaba con respeto, hasta que me miraba y me guiñaba el ojo, y se reía. 

Quedamos en vernos al día siguiente con los amigos, la mayoría de ellos militares. Quedamos en ir sin novias ni amigas que nos incordiaran, no hubo problema alguno. Acudimos todos, menos él, nos enteramos por un conocido de que había sido llamado con urgencia a su unidad. Nos apenó a todos no haber podido despedirle, la vida siguió y no volví a tener noticias sobre él hasta pasados quince años. En ese espacio de tiempo supimos que su familia directa se había ido hace tiempo a vivir a otro lugar, sin saber dónde ni dirección alguna a la que acudir a preguntar por él.  

El recuerdo se fue nublando, sin llegar a desaparecer del todo. La vida te sumerge en su procelosa realidad, cambiando tus prioridades, endureciéndote el alma, cuna y refugio último de tu propio yo, de tu particular y genuina esencia. El que no atesoró vivencias, perfumes y situaciones de su juventud está muerto, no se puede vivir sin pasado, ni enfrentar el futuro desnudo de emociones vividas, sería demasiado terrible enfrentarse a la muerte sin bagaje alguno que mostrar ante el Creador. 

Transcurridos quince años me llegó una carta desde Francia, concretamente de Aubagné, sede del Cuartel General de la Legión Extranjera Francesa.  No me sorprendió, era muy propio en él tomar decisiones inverosímiles, su seguridad en sí mismo era impropia en un chaval de veinte años, con quince más sería inexpugnable, de eso estoy seguro. Me contaba que, debido a un problema particular, se había tenido que ir, sin especificar el porqué de su drástica decisión. Lo escueto de la carta no me sorprendió, estaba claro que a mí no me iba a dar explicación alguna. Al final me decía que no le contestara, me sonó a despedida. 

Pasaba el tiempo y el transcurrir de la vida nos fue cambiando a todos. Maduramos a la fuerza, todos casados antes de los veintiséis o veintiocho, algunos incluso antes. Con treinta nos convertimos en padres, algunos con dos o tres hijos, en fin, la historia de la vida con nosotros en el papel estelar de ciudadanos, más o menos “encarrilados”. 

Un día recibí una carta, me extrañó que no llevase matasellos, alguien la había echado al buzón.  ¿Había sido él? No lo creo, le sobraba valor para enfrentar situaciones mucho más complicadas. 

En el sobre ponía mi nombre, sin más. La abrí y me di de bruces con el pasado. Desde encima de un carro de combate me miraba sonriendo mi buen amigo Francisco, al principio no lo entendí, pero al instante lo pude captar sin poder evitar un silbido de sorpresa. Miré la foto con más detenimiento, observé el entorno y deduje sin dificultad el lugar donde se la hizo, me estremecí. Volví a recordar el pasado con su cara más amarga, un amigo perdido, del que no pudimos disfrutar. En el destino de un hombre sólo existe un único dueño, él, el resto son testigos sin importancia. 

Hace ahora veinticinco años recibí otra carta, el remite estaba en blanco, el matasellos de procedencia claramente francesa. Desde entonces yo había cambiado de domicilio, no me paré a pensar siquiera quién podría haber dado mis señas al que la envió. El contenido de la carta era escueto, y triste, una fotografía de fuegos artificiales. Al pie de la foto ponía en perfecto español “Funeral en colores”, el nombre de mi amigo y una pequeña cruz. Francisco había muerto. 

Asentí en silencio, los recuerdos acudieron a mi mente, de golpe, como a borbotones, con los ojos nublados guardé la misiva. Recordé que días antes de separarnos para ir al servicio militar habíamos ido a ver una película, una de tantas de contenido bélico, en ella la tripulación de un carro de combate americano hablaba sobre las probabilidades de morir en el interior de un blindado, lo bautizaron como “funeral en colores”. 

Hoy al sentarme al teclado he recordado a mi amigo, ha sido instintivo, lo único que me queda de él es una fotografía suya, que yace en el interior de uno de mis libros preferidos. La he estado observando varios minutos, hasta que he logrado recordar el tono de su voz. Su recuerdo ha inundado mi mente y no he podido por menos que hacerle este sincero y emotivo homenaje. 

Dedicado a la memoria de Francisco, y de la amistad que ambos nos profesamos, ayer, hoy y …siempre. 

¡Va por ti amigo! 

 

 

 

Antonio E.

“Lo valioso no es lo conseguido, lo verdaderamente importante es mantenerlo”. Nacido en Valladolid, diplomado en el noble arte de trabajar y doctorando en la disciplina más importante que existe: conseguir ser un buen español. Autor de varios libros, desde siempre me gustó leer la historia de mi país, aprenderla, estudiarla y compartirla. Su desconocimiento nos aboca, irremediablemente, a tropezar en las mismas piedras de siempre. Odio la doblez, la traición, el engaño y la cobardía, rasgos que abundan cada vez más en nuestra sociedad.

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