La Cultura (progre) de la Cancelación. Por Manuel J. Pérez Lorenzo

La Cultura (progre) de la Cancelación

«La Cultura de la Cancelación es el penúltimo instrumento de los sectarios para revestir su pensamiento único en contra de la libertad de expresión»

Hoy, me encuentro realmente bien. Y la razón es algo tan poco prosaico como que he batido mi propio récord de publicaciones, gracias a mi artículo del sábado pasado en La Paseata: el segundo. Y, no, no es broma, ni tampoco una boutade para epatar. Resulta que, hará unos dos años, llegué a un pacto de caballeros con un periódico en papel, cabecera muy conocida en una provincia colindante con mi Madriz de nacimiento y sentimiento, consistente en enviarles un artículo de forma quincenal. El primero fue genial: faltó poco para que me sacasen a hombros. Resulté ser un crack; yo, un tipo desconocido, capaz de organizar un pensamiento en palabras unidas por signos de puntuación, y, encima, que se me entendía y que, para ser un peligroso derechista que pisotea derechos y libertades y se desayuna trabajadores crudos, se desprendía una valoración moderadamente elogiosa para con un barón socialista. Pues eso, un monstruo. 

 

Pero llegó el segundo, y hete aquí que resultó no ser adecuado con la línea editorial del medio. Pasé de ser un crack a hacer crack en mi carrera como articulista. Por supuesto, no se trataba de censura y bla, bla, bla... No, no faltaría más. Solamente me encogí de hombros, cerré la carpeta de las notas y, como si mi corcel me estuviese esperando en la puerta para desaparecer cabalgando sobre la línea del horizonte, nada más les aconsejé un poco de disimulo y dosificación, porque alguien un poco más mal pensado podría haberlo entendido mal. Sin embargo, lo malo para el interlocutor es que cuando alguien le habla por la voz de su amo, a cambio, no escucha por los oídos de ese patrón.  

 

El caso es que, en el artículo no censurado, comenzaba preguntando cuál fue el punto del camino en la Historia en el que nos despistamos, y esos tipos que elegíamos para que administraran la cosa pública, es decir, para que fueran nuestros gerentes, pasaron a dirigir nuestras vidas, o sea, a ser nuestros nuevos señores feudales. 

 

También, me preguntaba cómo nos adormecimos de esta manera. Porque, oigan, que ya sabemos que a la fuerza ahorcan y que no podemos exigir a los ciudadanos heroicidad o martirio en dictaduras militares o socialistas, ¿pero, y en auténticos Estados de Derecho como, sin ir más lejos,  todavía el nuestro (Pedro Sánchez y gobierno socialcomunista mediante)? 

 

Luego, decía que nuestros gobernantes, inundados hasta las trancas de auténtica autocomplacencia, henchidos de los vapores analgésicos de estar tan contentos de haberse conocido, y sobrellevando, como Titán, el peso del mundo sobre sus desinteresados hombros de incomprendidos servidores públicos (¿Cómo se vomitará por escrito, sin emoticonos?), eligen por su propia cuenta los asuntos que nos han de importar a la Sociedad. Ahora, por ejemplo, había tocado el asunto del lenguaje inclusivo, con sus compañeros y compañeras, niños y niñas, y demás imbecilidades; y la Sociedad termina tragando, a base de repetir, repetir y repetir eslóganes. Siempre funciona. 

 

Continuaba advirtiendo que los nuevos señores feudales deciden si se puede o no fumar en tu propio negocio, como si fuera suyo (si el tabaco es tan malo, que lo prohíban, a ver si tienen lo que hay que tener); deciden si los niños pueden comer bollos en el recreo o si pueden comer hamburguesas, como si no tuvieran padres; prohíben ir por las ciudades a más de 30 kms./hora, y a más de 120 por unas autopistas magníficas, pero permiten vender coches que pasan de 250 kms./hora (lo mismo digo, sobre si tendrían lo que hay que tener); tengo que llevar casco en la moto y cinturón de seguridad en el coche por coj**es, pero permiten a otros hacer puénting y tirarse por los barrancos en una canoa o hacer salto base… Claro, que, luego, resulta que Zapatero fumaba en su despacho, Pere Navarro era cazado a 131 kms./hora, en una zona limitada a 100, o Revilla comía y fumaba en pandemia en lugar no abierto al público y menos al tabaco. Pero, eso sí, todo por el Bien Común o por el Interés General (¡anda, como los indultos y la amnistía!). Seguía —sigo— sin saber cómo vomitar por escrito. 

 

Y, luego, debí de sobrepasarme un poco, cuando comenté, por un lado, mi idea de que lo de la mascarilla, en la época de la pandemia, era otra rueda de molino a deglutir por el ciudadanito. Y no porque creyese en teorías conspiranoicas con el Cóvid, las vacunas o los rayos gamma, sino porque me parecía una simple cuestión de libertad: ¿la mascarilla protegía al que la llevaba o no? Si es que no, no hay caso: nos habían engañado. Pero, si es que sí, pues que la llevase solamente el que quisiera. El que quisiera protegerse que se protegiera y que nos dejase a los demás, vivir, enfermar o, incluso, morir como nos diera la gana. Y, por otro, que ya estaba bien de estigmatizar a toda una juventud que se rebelaba por definición: porque la juventud está para rebelarse, para ser excesivos, para tensionar las normas, para vivir como si no hubiera un mañana, ellos que tienen tantos mañanas. ¿Qué hacían botellones los fines de semana en pandemia? Pocos; me parecían pocos para esa locura de año y pico de infames vulneraciones de derechos fundamentales que tuvimos que vivir. 

 

Y esto que, no siendo censura, se parece tanto, resulta que, tampoco siéndolo, también se parecía mucho a la famosa Cultura de la Cancelación, que es el penúltimo instrumento de los sectarios para revestir su pensamiento único de legitimidad y para intentar la destrucción del derecho fundamental de expresión, y todo bajo el manto de una supuesta superioridad moral de la Izquierda, de la que en otro momento trataremos, cuando, por fin, aprenda cómo vomitar por escrito y a usar el asco como terapia. 

 

La cancelación es todavía más feroz que la antigua censura, que, como vemos, ya no existe. Y lo es porque llega a atacar no ya al derecho fundamental a la libertad de expresión, sino que se enrosca íntimamente en el derecho fundamental a la libertad de pensamiento. Porque la hegemonía cultural progre —lo que también trataremos algún día—, desde los tiempos del buen comunista (perdóneseme el oxímoron) Gramsci, pretende ahogar el pensamiento del enemigo, porque no solamente consiste en imponer su visión del mundo, sino que busca lograr el dominio total del adversario: conseguir que el propio enemigo consienta como natural esa visión, de modo que el contrario llegue a ver el mundo a través de sus ojos, y, además, lograr que acepte jugar en su terreno y con sus propias normas. Se trata de la derrota total e irreversible del enemigo.  

 

La censura, ésa que, como vemos, hoy no existe, buscaba silenciar los pensamientos ya expresados; la cancelación, sin embargo, busca la autocensura de los pensamientos antes de haber llegado a ser puestos negro sobre blanco, a través de acogotar el alma del enemigo intelectual y meterle el miedo en los huesos. El pensamiento único, la falsa y repugnante superioridad moral de la Izquierda, las instituciones colonizadas, los medios de comunicación paniaguados, las hordas zombis de partido, los matones de tertulia, los sansculottes de redes sociales, y tantos y tantos otros detritus morales, tratan de acabar con la individualidad, con la personalidad y con la libertad: sí, hoy, la libertad cumple condena. Sin embargo, se les escapa que no se puede arder si ya se ha vivido en el Infierno, y, por fortuna para el espíritu de libertad, siempre quedará algún libérrimo demonio que se burle de los santones del mainstream uniformador. Y, si, aun así, un día consiguieran quebrarnos la espalda a todos los espíritus burlones, a la fuerza ahorcan y moriríamos tristes, pero con las botas puestas y con un matasuegras apuntándoles a su vileza existencial, justo en el punto donde, cuando están solos ante el espejo sin su manada, no se intuye nada entre sus piernas. Aunque, el que suscribe, vencido y cargado de cadenas, se despreciaría infinitamente a sí mismo, si no fuera porque, además, con ello estaría cometiendo una terrible usurpación de funciones públicas, del art. 402 del Código Penal, para con nuestros nuevos señores feudales, y echarían mis huesos mediáticos a alguna cárcel S.O.S. (soledad, oscuridad y silencio) hasta la, ésta sí, inamnistiable ejecución civil. 

 

Estos modernos —intelectuales por supuesto de izquierdas— se creen que han inventado algo que, por fin, puede acabar con la arrogancia de la Derecha, del Capitalismo y hasta, si me apuran, del Real Madrid, pero, qué va; como dice Wikipedia, que es mucho más lista que un servidor, ya se lo inventaron los primeros nazis para los judíos y para todos aquéllos que recelaban del nacionalsocialismo. Que compartan tantas cosas Izquierda y Nacionalsocialismo, no es más que una mera coincidencia. O, como diría un gallego, o no. 

 

Lo más gracioso de todo es que el artículo no censurado se titulaba Una cuestión de Libertad. 

Manuel J. P. Lorenzo

Soy doctor en Derecho, abogado desde hace más de treinta años y empresario, y fui muchas más cosas, que son las que me han traído hasta aquí. Crecí de niño en el barrio de Usera de Madrid, fui Inspector de Policía en lucha antiterrorista en el País Vasco de los 80’, estuve preso y conocí once cárceles, defendí a algunos de los mayores narcos de España y mantuve contactos con servicios secretos y de información nacionales e internacionales. El resto no ha prescrito. Me gusta leer, escribir y ver series, sobre todo americanas; estudiar ajedrez y hacer deportes bestias de contacto; comer con mis amigos y reírme de mis enemigos; pensar que, como cuando era joven, sigo siendo inmortal y que, cuando llega la época de las renuncias, es mejor tener muchas cosas que dejar atrás que no haber tenido ninguna. En definitiva, un camino de mil kilómetros, que va, por lo menos, por el seiscientos sesenta y seis.

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1 comentario

  1. Excelente artículo. A seguir dando la batalla

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