«Guerra y paz». Por Teresita Ávila

 

«Vence en la batalla quien está firmemente decidido a ganarla.

No hay grandeza donde faltan la sencillez, la bondad y la verdad.

El hombre no puede ser dueño de nada mientras tenga miedo a la muerte. Quien no tiene miedo a la muerte lo posee todo. El hombre no conocería sus propios límites, no se conocería a sí mismo sin el sufrimiento. Lo más difícil —continuaba, pensando o escuchando mientras dormía—, lo más difícil consiste en saber unir en uno mismo el significado de todo

León Tolstói, Guerra y Paz
Guerra y paz de Paolo Troilo

«Estamos en guerra. La mayor y más peligrosa porque únicamente se visibiliza de forma muy fragmentaria, mendaz, deliberadamente confusa»

El horror, solo el horror, ocupa todos los territorios en los que habitamos, físicos y mentales. El miedo. La fatiga. La sensación de derrota anticipada. La escalada de tensiones. Frases que acogotan y desapaciguan al más cándido. Todo el mundo sometido a la dictadura de los representantes no electos, a la opinión difundida con el marchamo de calidad otorgado por los anteriores. Penalizados por los mismos si uno discrepa de la narrativa, si acaso duda, si muestra las sombras, los rincones sospechosos donde la basura aún permanece [1]. Hoy quiero declarar el día de los esclavos. Sí, ¿por qué no? ¿Acaso somos más por el hecho de no reconocerlo? Quizá estaría bien —sería un comienzo— despojarnos de los ropajes, de la fatuidad con la que presumimos lo que no somos ni dejarán que seamos. Asumir una condición en pleno uso de las facultades antes de que sean abolidas y tachadas de locura. Tú y Yo, esclavos. Fulanito o Menganita de tal, al servicio de nuestro amo. Y sentir, al decirlo, una verdadera reivindicación, las ganas de levantarnos y mirar de frente, de mirar y ver alrededor, por todas partes, arrancando de cuajo las tupidas telas de araña tejidas por los monstruos de ocho patas que multiplican con sus terribles alianzas su destructiva misión, sin atisbo de escrúpulos. 

Han sido capaces de arrebatarnos el color del mismo cielo. «Estos días azules y este sol de la infancia», que Machado escribió, son un recuerdo. A veces sí, un regreso fugaz, una concesión, una última nostalgia que nos aprisione y reduzca. Sin traje de rayas, sin alambradas, habitamos un vasto centro penitenciario en el que —reo contra reo, implacable— se aplican las más duras sanciones. Al enemigo ni agua, cainismo puro. La única sed que no se sacia tiene sabor a venganza y a sangre. Por el contrario, solo unos pocos disfrutan de la exclusiva de la protección y el blindaje, ya lo sabemos. De ello, han tratado mis artículos más recientes. Su misión, la palabra y la obra —misiles de largo alcance—, sumisión para los demás. Estamos en guerra. La mayor y más peligrosa porque únicamente se visibiliza de forma muy fragmentaria, mendaz, deliberadamente confusa. Los estallidos suceden fuera y dentro. Existen, por supuesto, cuerpos desmembrados, familias que sufren golpes irreversibles —lacerantes dolores— a las que les han matado el alma. Y existen los otros prisioneros que aún ven algo, que todavía no sufren esa devastación, pero que obedecen ciegamente la voz de su amo. Las manos que se agitan con signos de amenaza y que olvidan que fueron hechas para el trabajo y las caricias, para dar aliento.

El mundo en el que habitamos se ha revuelto a conciencia. Ese desamparo y la hostilidad que le acompaña se ha expandido como una onda y alcanzado todos los rincones. Es difícil deshacerse de ese regusto acre, a soledad e impotencia, que nos invade cada instante. El malestar, interior y exterior, nos ha empujado a un ostracismo, una expulsión propia —víctimas cada uno de nosotros mismos— por la inseguridad permanente, el miedo al juicio ajeno y, mucho más cerval, al de no saber dónde situarnos, en los límites de una frontera invisible que otros mueven a voluntad y que nunca conoceremos con exactitud.

La preocupación se nota y pesa en la conciencia. Pérdida de valores, deshumanización, falta de tiempo, sensación de agotamiento, de vida malgastada… son, entre otras muchas, las constantes negativas de nuestra época. Los cambios sucedidos a velocidad de vértigo tienen mucho de plan proyectado, de errores aparentes que únicamente afectan de verdad a los mismos. Pese a todo, pese a lo atroz y violento, a los tejemanejes urdidos por las arañas del poder, y contra ellos, aunque estemos en guerra —o en tantas guerras— hoy declaro la Paz [2].

Escribo

en defensa del reino

del hombre y su justicia. Pido

la paz

y la palabra. He dicho

«silencio»,

«sombra»,

«vacío»

etcétera.

Digo

«del hombre y su justicia»,

«océano pacífico»,

lo que me dejan.

Pido

la paz y la palabra.

Sí. Hoy la declaro en virtud de mi propia autoridad, de mi libre albedrío. Es nuestro derecho alejarnos de conflictos impuestos, no de ajenarnos de sus dolores, siendo insensibles al sufrimiento. Demando que la Justicia no haga caer su velo para ocultar los detalles que la han maniatado, sino para deshacerse de las ligaduras y ofrecer el amparo al que se debe. Y, además, deseo el anticipo de un bien que nos alcance a cada uno, un bien propio y ajeno que rebote de hogar en hogar, en cada calle, ciudad o lugar del mapa. Hoy y mañana, un reclamo de respeto. El respeto a uno mismo, sin ceder al adoctrinamiento, a las simpatías generadas por aquellos a los que consideramos supuestos aliados, lobos con piel de cordero. El ardor de la verdad. El impulso de la fe. También, la inteligencia para evitar las trampas, porque el pesar se agranda cuando adivinamos que tras las bambalinas se hallan los de siempre: el nutrido ejército de mercenarios, con y sin armas, que apuntan eficazmente a la cabeza y al corazón de las víctimas. Disfrazados de bienhechores, de prohombres, no los distinguimos de los verdaderos héroes. Una pantalla amplifica su magnitud y los ha convertido en arquetipos dignos de imitación. En torno a ellos, se congrega una multitud idólatra, ignorante de participar en un aquelarre, en una violenta operación de acoso y derribo en la que caerá, asimismo. Y por eso, como escribió Jorge Guillén:

Que los muertos entierren a sus muertos,               

jamás a la esperanza.            

Es mía, será vuestra,             

aquí, generaciones.               

¡Cuántas, y juveniles,            

pisarán esta cumbre que yo piso!

 

NOTAS___________

[1] En honor a la libertad de expresión, incluyo los enlaces a los artículos de Hughes suprimidos por La Gaceta, sin mediar explicación alguna:

https://elmanifiesto.com/mundo-y-poder/424716782/Contestacion-a-unos-miserables-I-Auschwitz-y-los-liberales.html

https://elmanifiesto.com/mundo-y-poder/251144500/Contestacion-a-unos-miserables-II-y-III.html

 

[2] Incluyo una referencia biográfica sobre Blas de Otero, autor de Pido la paz y la palabra (1955) entre otras obras:

https://dbe.rah.es/biografias/7605/blas-de-otero-y-munoz

Teresita A.

Mi nombre tiene una historia detrás. La culpa no fue del cha-cha-chá -como cantaba Jaime Urrutia- sino de un "accidente burocrático". Nací en Logroño y pasé mi adolescencia en un lugar de cuyo nombre siempre me acordaré. Mis banderas son el humor cervantino y la retranca de Miguel Delibes -a quien tuve el honor de conocer, ya que soy autora de un libro cuya fuente exclusiva es su obra: Fórmulas de tratamiento en la narrativa de Miguel Delibes-. Las vocaciones -al contrario que las casualidades- existen y se persiguen, como los sueños. Y los míos siempre tuvieron en el foco darle a la tecla y escribir. Además, ejerzo como profesora en un instituto vallisoletano.

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