
“El más terrible de los sentimientos es el sentimiento de tener la esperanza perdida”.(Federico García Lorca).
Nunca me ha gustado la Navidad. Me gustaría decir que esto ha ido cambiando con los años, pero no es así. La Navidad, sigue sin gustarme.
Hasta ahora, cuando me preguntaba, a mí mismo, el por qué de este sentimiento, nunca encontraba un motivo realmente coherente. Muchas veces, no hay una explicación clara para la animadversión, pero está ahí, como algo latente, algo bajo la piel que te produce un rechazo inmediato solo con pensar en ello.
Cuando lo analizo a fondo, sí encuentro algunos motivos que podrían justificar tal rechazo. Por ejemplo, a mí los acontecimientos sociales me gustan en pequeñas dosis. Soy de los que opinan que salir a cenar en grupo, más aún en invierno, con el frío y el tiempo desapacible, para mantener conversaciones que ya mantienes en otras épocas más cálidas, comer cosas que ahora están en tu nevera permanentemente y tomar unas copas que te van a joder alegremente el día siguiente, es algo que no puede competir con quedarte en casa en pijama y zapatillas, en el sofá, viendo una buena película o, incluso, el telediario. Esto de tener que celebrar por obligación y aparentar divertirte por precepto, me parece la mayor chorrada que ha inventado el ser humano.
Miren, yo salgo con mis amigos cuando me apetece. No tiene que ser 24 de diciembre. Además, si no espacias estas reuniones sociales, es posible que a la segunda ocasión ya no sepas de que hablar y te pongas a cantar villancicos. Y eso sí que no.
Además, antes la Navidad duraba dos semanas, que es lo que tiene que durar. Ahora, vas al supermercado en bermudas y chanclas, cuando aún te dura el moreno del veraneo y te encuentras ya los lineales llenos de turrones y polvorones que, por cierto, son lo mejor de la Navidad. Eso, por no hablar de las luces navideñas. Son muy bonitas, pero el 15 de noviembre quedan cuarenta putos días para la Nochebuena. Que es como si yo, que veraneo en agosto, hiciese la maleta el 20 de junio.
Aparte de todo esto, cuando ya tienes cierta edad, es posible que haya muchas sillas vacías en tu mesa. Gente que estaba allí la Navidad pasada y que ahora ya no está, ni estará más. Este si es un motivo de peso, lo reconozco. Aunque puede ser aún peor cuando la persona está, físicamente, pero ya no está contigo. Aquellos que han abandonado la vida sin morir, que volaron hacia otros horizontes, pero han dejado su cuerpo aquí, todavía, como constancia de que un día estuvieron con nosotros.
Créanme, si no lo han vivido. Ver a una persona a la que amas convertida en algo que ya no es ella, presente pero ausente, sin saber además que pasará por su cabeza, si a pesar de todo siente, si tiene pena, angustia o dolor, si aún se alegra de tenerte al lado o, por el contrario, no quiere ver a nadie, es mucho peor que haberla perdido físicamente. Es más asumible la muerte que la destrucción total de alguien a quien has visto disfrutar con cosas que, ahora, le dejan indiferente. Que te mira, pero no te ve. Que está, pero que no está.
No sé si estas personas, en estas situaciones, guardan amor en su corazón. No sé si sus sentimientos aún viven o se fueron flotando en el viento. No sé si su alma permanece en la carcasa en la que se han convertido. Lo que si se es que el dolor de verlos así no termina nunca. No te permite vivir un duelo que ha venido poco a poco, con cuentagotas, sin tiempo a darte cuenta de que las estabas perdiendo, hasta que te has dado cuenta de que las habías perdido, como me ha pasado a mí.
Así que, aunque estés aquí, estas van a ser mis primeras Navidades sin ti. Y son más tristes, más frías y más grises.
Te echo de menos, mamá.

