«Ensayo sobre la ceguera». El ‘procés’ made in Spain. Por Teresita Ávila

 Siempre llega un momento en que no hay más remedio que arriesgarse.

La consciencia moral, a la que tantos insensatos han ofendido y de la que muchos más han renegado, es cosa que existe y existió siempre, no ha sido un invento de los filósofos del cuaternario, cuando el alma apenas era un proyecto confuso.

Una persona empieza por ceder en las pequeñas cosas y acaba por perder todo el sentido de la vida.

Las palabras son así, disimulan mucho, se van juntando unas con otras, parece como si no supieran adónde quieren ir, y de pronto, por culpa de dos o tres o cuatro que salen de repente, simples en sí mismas, y ya tenemos ahí la conmoción ascendiendo irresistiblemente a la superficie de la piel y de los ojos.

Hasta este punto puede engañarse el espíritu cuando se rinde a los monstruos que él mismo ha creado.

José Saramago, Ensayo sobre la ceguera
Ensayo sobre la ceguera

«Quién iba a decir que los años del terror serían contemplados como actos de audacia y que las víctimas sufrirían una doble humillación»

Nadie sospechaba la sonada campanada que Victoria Campsen forma de escrito, ha dado hace poco, el 16 de enero, nada más y nada menos que en una Tercera en el ‘canónico’ ABC que me atrevo a calificar de ‘fundacional’, no fundamental —el adjetivo es adrede—, titulada Las virtudes del federalismo [1] con toda la intención. Se ha abierto de par en par la puerta de entrada a la posibilidad de echarle el cerrojo, curiosamente, a nuestro Estado nación. Un texto así no es el ejercicio teórico de una eminente filósofa que se explaya con serenidad y firmeza soslayando las agudas aristas de una cuestión incómoda. Por supuesto que no se trata de una muestra de pluralidad del medio, del signo civilizado, respetuoso, de quien recibe con hospitalidad al huésped en su casa. Solo faltaría el famoso felpudo de la compañía sueca a la entrada para completar el cuadro. No lo creo. Estamos asistiendo a una de las escenas clave de la trama. Antes de que culmine el clímax, siempre hay un personaje que prepara el camino, deja un objeto por azar, o quizás deliberadamente, para que alguien lo utilice en el momento crucial. Las conocidas simpatías de la dama por el partido que gobierna no son un obstáculo que la desacredite, amparada como está por su trayectoria y notables escritos. De hecho, y en compañía de Joan Botella y Francesc Trillas, ya lo anticipó como coautora del ensayo ¿Qué es el federalismo? (2016). Por ello me reafirmo en la trascendencia del acto, sin duda cuidadosamente sopesado y ‘echado a volar’ —cual paloma liberada— con oportunidad y consenso. Una figura escogida que, desde la atalaya del seny, resulte la voz de la concordia —y más si quien opina ha sido miembro de un «comité de sabios» durante la legislatura de Zapatero—:

Ni siquiera haría falta utilizar la palabra ‘federal’ como motivo impulsor de las negociaciones. Si hablar de federación todavía asusta a ciertas mentes, prescindamos del concepto y vayamos a los hechos, como propone Raimon Obiols, que ve en el «federalismo de los hechos» (‘federalisme dels fets’) una opción tal vez más inteligente que la de configurar a priori un modelo de estado federal. Si federar el Estado español es un proceso abierto, qué necesidad hay de predeterminar en qué momento convertimos el Estado de las autonomías en un modelo distinto. No nos agarremos a una etiqueta que, lejos de facilitar los acuerdos, los complica. [V. Camps, Las virtudes del federalismo]

Uno de los errores más notorios y bendecidos que se ha tragado hasta la hez ha sido, precisamente, el de la diferente consideración, la estimación de una distancia totalmente subjetiva entre un modelo independentista y otro —me refiero al vasco y al catalán— bajo el paraguas ambos del «hecho diferencial», que ha sido la gota constante que socava la roca. Leopoldo Gonzalo y González escribía a propósito de esto en El valor de la unidad:

Lo que antecede constituye propedéutica adecuada para situarnos ante el gravísimo problema del separatismo, del separatismo catalán y de los de nuevo cuño que éste viene alimentando en tramposa colaboración con el vasco, hoy sorprendentemente vasco-navarro. Se intenta, de nuevo, romper la unidad de España: la unidad, esa propiedad del ser en virtud de la cual –nos dirían los maestros escolásticos– no puede éste dividirse sin que se destruya su esencia. «La piedra, para que sea piedra –decía San Agustín–, debe tener sus partes y naturaleza trabadas en sólida unidad; lo mismo que el árbol, para que sea tal, debe ser uno». Y la unidad es un valor fundamental; es más, constituye un valor fuente de otros valores esenciales para cualquier sociedad, pues la misma propicia la convivencia, el entendimiento, la solidaridad, la cooperación y la armonía, cuando menos

Quién iba a decir que los años del terror serían contemplados como actos de audacia y que las víctimas sufrirían una doble humillación: la de la exposición de sus cadáveres, sus despojos, y la de su olvido y defenestración ahora también de forma pública e institucional. Se quejaba, con razón, Maite Pagazaurtundúa cuando declaró «Mi madre ya vio en 2005 que el PSOE antepondría el poder a la decencia», y lo menos grave que entonces pudo hacer fue llamarle «traidor» a Patxi López cuando conoció las negociaciones, por la espalda, que llevaba haciendo el Psoe con Otegui (en español lo escribo) desde el 2000. Pero las múltiples complicidades que pueden desembocar en este mar, que es el morir, al menos, de España como nación, se llevan gestando con o sin conciertos con sordina desde mucho antes. La ingenuidad estorba. Escribe César Alonso de los Ríos en Yo digo España. Contra la disolución nacional alentada por la izquierda:

«La trans-España». La desnacionalización que se produjo en la transición supuso el mayor debilitamiento del Estado y la razón de ser de la solidaridad con los ciudadanos. En tiempos anteriores se había llegado a juicios tan fúnebres como el de Silvela cuando diagnosticó que España había perdido el «pulso», y a boutades como la de Cánovas al decir que únicamente podían sentirse españoles los que no podían ser otra cosa. [pág. 29]

La marea negra, la tinta de calamar que se vierte sobre la idea de España había surgido con calculada conveniencia y alevosía antes del 78. Como dice Alonso de los Ríosimpúdicamente aprovechado por los publicistas de la izquierda el debate de «las dos Españas». En la exposición de su análisis, resalta que fue Fidelino de Figueredo —figura interesadamente oculta por quienes se han apropiado del concepto— el que acuñó la expresión «para describir la singularidad española»

…que consistía en que tanto para los progresistas como para los conservadores solo valía la España que se acomodaba a sus concepciones. La de los «otros» no era la auténtica España. Esta patrimonialización de la idea de España llevaba de forma obligatoria a la confrontación. A la exclusión del otro. De este modo, las luchas ideológicas se habían convertido en luchas por la nación. Cruentas. Civiles. No es que los españoles no creyeran en España sino tan solo en una de las dos versiones. [pág. 30]

Rasgarse las vestiduras ante lo que pueda traernos la actual legislatura, por mucho que algunos quieran buscar el consuelo en los malabares que haya de hacer el resistente de manual, es solo un ejercicio de hipocresía o de autoengaño, tal y como vemos desenvolverse al personaje en todos los escenarios por donde pisa. Mayores evidencias no caben desde que aterrizó en La Moncloa. Más que estar a su servicio, le rinden ‘pleitesía subvencionada’ la prensa y las televisiones, el mundo de la intelligentsia casi en bloque, y de forma visible e incluso rastrera todo el mundillo del celuloide. Esto es una obviedad cuando la judicatura aparece en entredicho si acierta (El Gobierno cuestiona la labor del juez García Castellón en la causa contra Puigdemont en «momentos políticos sensibles») y nadie le pone la brida si se desboca (El TC de Conde-Pumpido ventila más de una veintena de causas políticas a favor del Gobierno en un solo año). Ello significa que hay un eficaz trabajo que busca el remate, el vistoso gol de cabeza.

De vez en cuando, la reivindicación de alguna figura menor que concite las simpatías de la distraída ciudadanía —me refiero al caso del músico despedido por no tener el C1 de catalán— se lanza como los caramelos o monedas del bautizo para que sean recogidas con avidez y apacigüen el imperioso deseo de debatir o siquiera ejercitar la sana protesta, como si tuviera algún efecto.

«Esta navecilla de España no ha de naufragar jamás, por más que llegue el agua al cuello» (Sor María de Agreda en carta a Felipe IV)

NOTAS__________

[1] El día 16 de enero de 2024, se ha publicado en el diario ABC, un artículo de Victoria Camps en el cual la autora opina que una cultura basada en la cooperación, la confianza en el otro, la aceptación de la diversidad y voluntad de unión al mismo tiempo, es fundamental para lograr pactos destinados a eludir conflictos tan esperpénticos como lo fue el ‘procés’ en Cataluña. Los nacionalismos sin Estado no tienen techo, se ha repetido hasta la saciedad, puesto que su fin último es el Estado propio y no cesarán en el intento hasta lograrlo: “Ho tornarem a fer”.

Se reproduce aquí íntegro:

https://www.iustel.com/diario_del_derecho/noticia.asp?ref_iustel=1240485

Teresita A.

Mi nombre tiene una historia detrás. La culpa no fue del cha-cha-chá -como cantaba Jaime Urrutia- sino de un "accidente burocrático". Nací en Logroño y pasé mi adolescencia en un lugar de cuyo nombre siempre me acordaré. Mis banderas son el humor cervantino y la retranca de Miguel Delibes -a quien tuve el honor de conocer, ya que soy autora de un libro cuya fuente exclusiva es su obra: Fórmulas de tratamiento en la narrativa de Miguel Delibes-. Las vocaciones -al contrario que las casualidades- existen y se persiguen, como los sueños. Y los míos siempre tuvieron en el foco darle a la tecla y escribir. Además, ejerzo como profesora en un instituto vallisoletano.

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