La causa de la causa. Por Manuel Jesús Pérez Lorenzo

La causa de la causa. Ilustración de Santi Orue

«No olvidemos de que el populismo del PSOE no viene de Pedro Sánchez: viene del estupefaciente Contador de Nubes, La causa de la causa»

 

La causa de la causa es causa del mal causado” es un viejo aforismo jurídico que, por otra parte, no necesita ser explicado para su comprensión en la vida diaria, y que, hoy, describe perfectamente de dónde venimos y adónde vamos. 

 

Si decimos que nuestro sistema de derechos y libertades está en peligro, ciertamente la gran parte de la población lobotomizada por la Secta y la totalidad de la intelectualidad apesebrada de izquierdas, se echará las manos a la cabeza y nos tachará de catastrofistas, conspiranoicos, negacionistas, xenófobos, machistas y, por supuesto, ¡fascistas! Pero, hay más, mucho más: resulta que ya no importa en realidad de qué vaya el mensaje, porque tendríamos el mismo resultado si estuviésemos hablando, por ejemplo, del Caso Negreira o del juicio de Dani Alves, una vez hubiéramos cometido el atrevimiento de poner en jaque el sentido de estado, la integridad moral o el tumbao que tienen los guapos al caminar de su amado líder Pedro Navaja, digo, Pedro Sánchez. Una vez hayas criticado los ridículos calcetines del Presidente, siempre y por cualquier opinión, que sepas que eres un machista y un fascista, aunque estés simplemente dando la hora o pidiendo fuego a un transeúnte. 

 

El Populismo ha llegado a la política mundial para quedarse, porque no se trata solamente de cuatro chalados nostálgicos del pasado, que sigan pensando que el Socialismo es un sistema viable frente a la Democracia Liberal, sino que son personajes profundamente ideologizados, intelectualmente muy potentes y con una hoja de ruta perfectamente diseñada. En el caso español, los populistas de izquierdas pueden ser objeto de todas las burlas que queramos, y podemos hartarnos a decir —yo el primero— que temen más al Jabón que al Capital o que visten siguiendo la moda de un campo de refugiados (ellos; que ellas han aprendido enseguida cómo el poder enseña a parecer de derechas), pero son tipos que saben lo que dicen, que saben lo que quieren, y, muy importante, que no renuncian a sus principios ideológicos. Pero, un momento, con esto no me refiero a lo de comprarse un casoplón, a evadir impuestos en cuanto pueden, a tener asistentes sin contrato o a manejar becas black, que eso debe de ser cabalgar contradicciones, sino a que tienen unos principios políticos que no traicionan. En otras palabras, que no cambian de opinión como Sánchez, y, en ese sentido, los comunistas siempre han merecido mis respetos.  

 

Sin embargo, ni el PSOE ni Sánchez son esencialmente populistas: lo son ahora porque les interesa, porque no les queda más remedio y porque sus principios son marxistas, pero de Groucho, no de Karl, como ya he tenido ocasión de comentar, y, si no nos gustan, pues no pasa nada porque tienen otros. Pero no nos olvidemos de que el populismo del PSOE no viene de Pedro Sánchez: viene del estupefaciente Contador de Nubes. 

 

José Luis Rodríguez Zapatero fue el quinto Presidente de Gobierno de nuestra reciente democracia, tras una imposible victoria en las Elecciones Generales de 2004, aupado por el mayor atentado terrorista en la historia de Europa, del que hizo su ariete una maquinaria perfectamente engrasada para el márquetin y la manipulación, como era y sigue siendo el PSOE; fue un político insanamente ideologizado y muy girado a la izquierda de su propio partido, que, sin duda, dio los primeros pasos para la destrucción del PSOE histórico y allanó el camino al actual Pedro Sánchez, final vendedor a bajo precio de aquellas siglas centenarias. 

 

Zapatero, así conocido por su segundo apellido, sabía de la hegemonía intelectual y social de la Derecha, en aquellos tiempos no muy lejanos de la pérdida del norte izquierdista, con la caída del Muro de Berlín y la desaparición de la URSS. Y se dio cuenta de que su acceso a la Presidencia del Gobierno sería una mera anécdota en el camino de la Historia, si no rompía de alguna manera con la dinámica de lo establecido. Era evidente que sería muy difícil obtener un nuevo atentado sangriento en cuatro años, con el que culpar a la Derecha. A nuestro juicio, Zapatero no era socialdemócrata, sino, como poco, socialista (si no comunista), en el sentido del socialismo marxista que se había encargado de enterrar Felipe González, en el Congreso Extraordinario de septiembre de 1979, convirtiendo al PSOE en un partido socialista (socialdemócrata) moderno y homologable a sus equivalentes europeos.  

 

Zapatero no se atrevió a intentar refundar el PSOE, pero sí verbalizó la necesidad de volver a armar al Socialismo con nueva munición ideológica que pudiera enfrentarse al Liberalismo. Y, dicha munición, que no podía hallarse en el Marxismo, la encontró en un intento de reflotar el Republicanismo, de la mano del politólogo Philip Pettit, de quien hizo su ideólogo de referencia. 

 

Esta pequeña digresión es importante, para comprender cómo el populismo pudo anidar en el seno de un partido, que, si bien históricamente no ha sido un dechado de virtudes y lealtades democráticas, al menos desde la reinstauración democrática en nuestro país se había mostrado como un partido serio y alejado de posturas antisistema. 

 

Sin embargo, había que doblar el brazo ideológicamente al Liberalismo, y Zapatero no tuvo empacho en utilizar los instrumentos que se encontrara por el camino. Eligió el fondo republicano y las formas populistas, porque necesitaba una ruptura. Seguramente, se nos tache de exagerados o de tendenciosos, pero cualquier objeción a esa realidad no resiste un mínimo análisis: el PSOE de Zapatero siguió a pies juntillas el libro del populismo. 

 

Empezando por el culto al amado líder, habría que recordar, por ejemplo, a ese portento, la entonces Secretaria de Organización del PSOE, Leire Pajín, con aquel acontecimiento histórico en nuestro planeta consistente en la coincidencia de dos presidencias progresistas a ambos lados del Atlántico y balbuceando de placer incontenido de una visión del mundo, una esperanza para muchos seres humanos… No cabe duda de que lo que fue un ridículo espantoso para cualquier mente lúcida, sin embargo, para sus cegados seguidores simplemente era el reconocimiento de algún tipo de justicia universal, que movía los hilos para que históricamente y en nuestro planeta se pudiera apreciar la gloria de su líder. 

 

Podríamos seguir con la invención de una neolengua, con la que se especializó Zapatero en la negación de la realidad, en la utilización de palabras positivas para denominar situaciones negativas o incluso bochornosas con la seguridad del demagogo, como denominar accidente al atentado de ETA en la T-4 de Barajas, o desaceleración a la crisis económica, o misión de paz a nuestra participación en la guerra de Afganistán, o un pequeño esfuerzo solidario a lo que fue la mayor subida de impuestos de la Democracia. 

 

O con la creación de una realidad alternativa, con su Ley de Memoria Histórica, blandida por la progresía como un arma automática de rencor, por una guerra que perdieron camino va de un siglo, que nada decía sobre la violencia, las persecuciones y los paseíllos de la II República, y que llevó a delito la libertad de expresión si ésta no era de las que les gustaba a estos demócratas de pacotilla. 

 

O con otro de los sellos populistas más extremos: el señalamiento de un enemigo, que habría de distinguir a los buenos (los supuestos herederos de la II República, básicamente los partidos de hoy de izquierdas), de los malos (aquéllos a los que se tachaba de herederos de la Dictadura, es decir, los partidos de derechas), materializándose en un verdadero hostigamiento al PP por todos sus terminales mediáticos y en el repugnante Pacto de Tinell (firmado en Barcelona, el 14-12-2003), por el que pretendió perpetuarse en el poder, tratando de eliminar a la oposición y la alternancia democrática, creando la vergüenza que denominaron cinturón sanitario con lo mejor de cada casa, política y socialmente hablando. 

 

Y, cómo no, también con la siembra del pensamiento recto; es decir, con la machacona matraca de cómo hay que pensar para ser un buen ciudadano y no un miserable fascista enemigo del pueblo, con su Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos, que es el nombre que se dio a una asignatura diseñada para el último ciclo de la Educación Primaria y para toda la Educación Secundaria en España, que no suponía sino un verdadero adoctrinamiento de las mentes más jóvenes, en el que había desde recomendaciones sobre prácticas sexuales, propaganda de ideología de género y loas a las familias monoparentales y homosexuales como oposición a las tradicionales, hasta auténticos ataques contra el capitalismo, el libre mercado o incluso los propios empresarios: una fabulosa arma de ingeniería social distraída entre las páginas de los distintos manuales de la asignatura por editoriales de sesgo izquierdista o a petición de Comunidades Autónomas regidas por partidos de izquierdas, destinada a formar las nuevas mentes en contra de los valores históricos de la cultura europea occidental (en cuanto de raíz humanista y cristiana) y contra un sector concreto del arco ideológico que identificaban con el liberalismo social, económico y político. 

 

Desde luego, el ritmo de los acontecimientos es tan rápido, la memoria tan frágil y el nivel del riesgo sistémico de Sánchez es tan real y cercano, que parece que nuestro campo de visión esté ocupado totalmente por este tipo engreído y vacuo. Sánchez seguramente odia al aparato de su partido, que lo echó de una patada en el culo al oscuro frío de afuera-de-la-política, y por lo tanto a una futura indigencia, pero al que terminó retorciendo el brazo gracias a la utilización de sus bases sans-culottes ya infectadas de populismo. Y, sin duda, también odia a nuestro país en su conjunto, por no votarlo tumultuariamente y no haber podido ganar ninguna de las elecciones a las que ha concurrido, porque en su soberbia narcisista no se explica cómo la ciudadanía no vota en masa a un tipo tan guapo, tan listo, tan gracioso y que sabe elegir tan bien a sus mamporreros y a quienes le escriben las tesis doctorales y los libros. Quizás sea por ello que, inconscientemente, no le importe destruir al PSOE y al país. Todo esto es así, pero hubiera sido imposible sin la infección de Zapatero. Y no debemos olvidar. No nos podemos permitir el lujo de olvidar. 

 

Zapatero fue un verdadero cáncer para la convivencia, que, además, parece que se esfuerza en que no se le olvide, como si hubiera sido la figura histórica que él cree que es, y que, sin embargo, no ha quedado sino para caminar por la escena internacional como un zombi, a ver si hay algún sátrapa que le reconoce algo de su inmensa valía; y no como en España, que es solamente un apestado intelectual y un tipo malencarado con sonrisa de Joker, del que nadie serio habla sino para hacer burla de su patetismo. Y, si no, recordemos cómo también es de los que cambian de opinión, sin ir más lejos, con su actual enamoramiento adolescente de Sánchez, cuando antes no lo apoyó y quedó en el olvido de su propio partido por un Sánchez vengativo, que solamente lo ha perdonado para que ahora se sume a su cohorte de arrodillados con cojín bajo el brazo; y cómo defendió a Podemos, ¡afirmando que no son populistas, sino socialdemócratas!; y cómo de repente aparece en Caracas, como veedor electoral de un tipo como Maduro; y cómo se suma al Grupo de Puebla, para reimpulsar la izquierda bolivariana; y cómo se le desorbitaban los ojos en una entrevista de radio afirmando que era su PSOE quien había acabado con ETA… 

 

En fin, tengo pesadillas en las que me persigue ese meme en el que aparecen Zapatero y Sánchez, sentados en el banco recién pintado de la película Forrest Gump, con la frase “de nuevo en buenas manos”. Me reiría como el Sánchez enloquecido en el Congreso, si no fuera para llorar. Y, mientras, de aquellas pestes, estas heces… 

 

Manuel J. P. Lorenzo

Soy doctor en Derecho, abogado desde hace más de treinta años y empresario, y fui muchas más cosas, que son las que me han traído hasta aquí. Crecí de niño en el barrio de Usera de Madrid, fui Inspector de Policía en lucha antiterrorista en el País Vasco de los 80’, estuve preso y conocí once cárceles, defendí a algunos de los mayores narcos de España y mantuve contactos con servicios secretos y de información nacionales e internacionales. El resto no ha prescrito. Me gusta leer, escribir y ver series, sobre todo americanas; estudiar ajedrez y hacer deportes bestias de contacto; comer con mis amigos y reírme de mis enemigos; pensar que, como cuando era joven, sigo siendo inmortal y que, cuando llega la época de las renuncias, es mejor tener muchas cosas que dejar atrás que no haber tenido ninguna. En definitiva, un camino de mil kilómetros, que va, por lo menos, por el seiscientos sesenta y seis.

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