
«Nada será suficiente para saciar el ansia de interactuar con las redes sociales, de encontrar en un mundo virtual la plenitud que el ser humano ha buscado desde antiguo por otros medios»
Acabo de leer la columna de Alfonso J. Ussía en el ABC titulada “Elogio del imbécil conectado”, donde explica el mal concepto que tiene de los usuarios de la red social X (antes llamada Twitter). Y lo primero que he hecho tras estudiar ese “elogio” ha sido conectarme y darme de baja como seguidor suyo para no ser uno de los 5307 imbéciles que según las cifras oficiales tiene en su haber y mitigar en lo posible -que será bien poco- el disgusto que le produce leer a “esos gladiadores del comentario breve”, a esos “egos disfrazados”, que son además de imbéciles, “indecentes” (como lo era el expresidente Rajoy para el candidato Sánchez), gilipollas, oportunistas, milicianos, anormales, cretinos, cobardes, indecentes (de nuevo), miserables y otra vez indecentes.
El académico sevillano Rafael Maldonado también ha utilizado este pasado lunes el adjetivo a propósito de David Uclés, y nos informa de su propósito de tomar aire en el sur de Portugal. No le negaré el gusto al farmacéutico pero si es por perder de vista al mal barbado quizá no fuera necesaria tal huida, pues el galardonado oficial del régimen ha anunciado que se retira del mundo y de sus vanidades en un país del centro de Europa. Y aunque Praga ya no es lo que fue, quizá podamos volver al café Slavia alguna vez, cuando el ínclito Uclés tenga necesidad de regresar a España a por perras. Y yo, el imbécil, empiezo a ser consciente de mi imbecilidad gracias a Ussía y a Elvira Lindo, que se ha forrado titulando “Yo y el imbécil” a un libro de la saga juvenil de Manolito Gafotas, que es a la infancia lo que Torrente a la pubertad. Porque yo lo hubiera titulado “El imbécil y yo”, de haberlo escrito, cosa más que improbable.
Sobre estos asuntos de la conexión tecnológica reflexionaba yo hace poco. Todavía en 2019 llevaba conmigo un teléfono Nokia 3310 que es una monada y que conservo. Ya me habían dicho que era el modelo de móvil de Florentino Pérez y comprobé que además también lo utilizaba el agente 007 Daniel Craig. Se trataba de hombres de éxito y de buen gusto y yo, como soy imbécil, lo cambié por un esmarfón barato, con el cual voy camino de ser una persona de mi tiempo, plenamente actualizado. Con él raramente hablo por teléfono, pero me comunico por medio de whatsapp y correo electrónico, veo la tele, escucho programas grabados y música y lo que es peor, paso buena parte del tiempo haciendo el imbécil (con lo cual quizá no le falte algo de razón a Ussía) en X. Digo que iba yo reflexionando sobre la cibernética, de manera obligada pues había olvidado el aparato de marras en casa y hube de pasar sin él nueve horas. Inicialmente me enojé por el olvido. Pero enseguida reflexioné sobre lo absurdo de esa dependencia anhelando tiempos pretéritos. Todo fue bien. En una tarde de primavera con buen tiempo, podría haber comprado en un quiosco el periódico y plácidamente, desde un velador de la plaza o del parque, dado cuenta de un café o una copa de vino mientras contemplaba el paso tranquilo de la vida o de una bonita muchacha, sin la servidumbre del horroroso chisme.
Porque si alguien como yo, que ya siendo adulto todavía iba con las manos en los bolsillos y usaba las cabinas telefónicas se ha dado cuenta del problema; si me he visto pegado a la pantallita en el bus o en la mesa de la cocina; si he notado el ansia de acudir a esa droga virtual relegando otros quehaceres que antaño me fascinaban… ¿qué no será de los más jóvenes? Los vemos sentados en un banco, de cuatro en cuatro, pero sin relacionarse entre ellos; caminan por las calles, víctimas potenciales del atropello o del robo. Como híbrido de humano y robot, el muchacho y antes el niño no dispone de suficientes horas. Nada será suficiente para saciar el ansia de interactuar con las redes sociales, de encontrar en un mundo virtual la plenitud que el ser humano ha buscado desde antiguo por otros medios.
De modo que sí, que en parte acaso nos mostremos en «tuiter» como cualquier “activista de la broma fácil”. Y me alegro que don Alfonso haya dado con el método certero de inspeccionar los comentarios para detectar a los imbéciles de su gremio, que no es el mío. Y, hombre, también nosotros podríamos dedicarnos casi en exclusiva a elogiar cada uno de sus escritos. Aunque eso no dejaría de ser una nueva variante del imbécil conectado.
