Sexta espiral: Pero no hay que exagerar. No hay que llevar esta conjetura hasta sus límites. No debemos olvidar que el loco precisamente está loco. En ese «hacer loco» a su héroe va embozada la última palabra del autor. La imposibilidad de realizar la bondad sobre la tierra no es sino la imposibilidad con que tropieza un pobre loco para realizarla. Todas las puertas quedan abiertas. Lo que Cervantes está gritando a voces es que su loco no estaba realmente loco, sino que hacía lo que hacía para poder reírse del cura y del barbero, ya que si se hubiera reído de ellos sin haberse mostrado previamente loco, no se lo habrían tolerado y hubieran tomado sus medidas montando, por ejemplo, su pequeña inquisición local, su pequeño potro de tormento y su pequeña obra caritativa para el socorro de los pobres de la parroquia. Y el loco, manifiesto como no-loco, hubiera tenido, en lugar de jaula de palo, su buena camisa de fuerza de lino reforzado con panoplias y sus veintidós sesiones de electroshockterapia.
Luis Martín-Santos, Tiempo de silencio

«El hecho de observar y disentir de la versión oficial sobre el asunto que sea, convierte en alguien sospechoso al que comete la osadía de sostener otro discurso»
La serenidad, la calma, la templanza sin duda alguna son cualidades o virtudes admirables. En épocas de mucho ajetreo, saber estar, saberse refrenar, dejar aparcadas violencias de cualquier tipo -sobre todo excesos verbales, que hieren tanto como puñales afilados- es muy de agradecer. Tras un rápido vistazo en internet, aparecen numerosas referencias entre las que destacan Serenidad, la templanza en política como virtud esencial La templanza y la serenidad, dos atributos del buen líder El valor de la templanza como clave de bienestar psicológico por citar solamente las primeras que aparecen en el buscador. Hay, incluso una oración, la Plegaria de la Serenidad, atribuida al teólogo, filósofo y escritor estadounidense de origen alemán Reinhold Niebuhr y cuya versión más conocida dice así:
Señor, concédeme serenidad para aceptar todo aquello que no puedo cambiar,
valor para cambiar lo que soy capaz de cambiar
y sabiduría para entender la diferencia.
Dudo de que se me concedan tales dones en mi condición de Ser perfectamente normal. No obstante, cierto irrefrenable entusiasmo habita en las personas que somos mayoría, nos impulsa a salir a la arena y participar en lo que se cuece, con nuestra voz, con nuestra palabra. A veces -demasiadas- hay un velo de pudor debido a ese respeto mal entendido que desequilibra la balanza, otorgando poderes inmerecidos a seres absolutamente idénticos a nosotros, que cometen fallos o descuidos mayores que los nuestros. Ante esos poderes inicuos algunos optan por la reverencia, pero un silencio autoimpuesto acaba estallando y pugnando por escapar.
Fue otro el contexto de la obra que sirve como rampa de lanzamiento de mi escrito, y cuya lectura recomiendo vivamente. Llevamos décadas instalados en un sistema democrático que pudo haber contribuido a una mejora palpable, a una restauración sana de la convivencia entre vecinos de muy distinta índole con un objetivo claro: el progreso de cuanto condiciona el vivir cotidiano, en lo económico y en todo lo demás. Pero extraños giros, ruidos y -sobre todo- perversiones del sistema, han ido socavando poco a poco las ilusiones, creando una atmósfera espesa, irrespirable, en la que el mismo hecho de observar, discrepar y disentir de la versión oficial sobre el asunto que sea, convierte en el acto en alguien incómodo -rechazable, sospechoso- al que comete la osadía de sostener otro discurso. Ahí estamos. Pisando charcos. Sin atributos excepcionales, sin otra cualidad que un poco de valor, cierto atrevimiento, “para cambiar lo que soy capaz de cambiar”. Todo comienza por uno mismo. Imposible callar cuando es visible la audacia con la que acometen las viles empresas y, aún más, el objeto al que apunta la perversión, que no es otro que el empeño de un ruin combate contra la esperanza cuya fuente mana incesante en los niños, en los jóvenes.
El tiempo de destrucción quiere protagonismo a empujones, con todas las herramientas de una descomunal campaña publicitaria a su alcance, cargada de eslóganes pegajosos. Va siendo hora de tutear a los poderes y perderles el miedo. Hacerles agachar la cabeza con la verdad que dimana de los hechos sin trampa. Dejar al descubierto sus dogmas, sus obstáculos sin sentido para lo ventajoso y lo bueno, y su laxitud inverosímil para todo lo opuesto, lo que atenta a los principios -base perdurable que nos configura y sustenta-. Ya es hora de barrer la hojarasca y visibilizar la ruina que ocultan. Así ha sucedido recientemente, en un estupendo artículo del 17 de abril -leído en Magisnet.com, El 80% de las CCAA niega la existencia de dos sexos como realidad objetiva en sus aulas – que aborda con valentía una de esas realidades incómodas o silenciadas a propósito: la injerencia de las organizaciones transactivistas en las aulas. Considero necesaria una mirada atenta que nos evite disgustos posteriores. Por ello, reproduciré a continuación alguno de los párrafos más relevantes que recogen las conclusiones del informe enlazado:
Todos de los protocolos educativos de las comunidades autónomas permiten, a cualquier edad, el cambio de nombre en la documentación administrativa del centro, sin que haya un cambio registral oficial y por tanto sin que haya una causa reconocida legalmente y sin seguir un procedimiento legal garantista.
En el 62% de ellos se delega expresamente en asociaciones transactivistas la “formación” y sensibilización del alumnado a través de charlas y actividades en los propios centros. Y en el 92% de los casos no se exige cualificación alguna a las personas designadas para impartir formación y sensibilización en temas vinculados con diversidad, “identidad de género”… a pesar de que «intervienen en decisiones que son vitales y pueden ser irreversibles», señala el informe.
Al menos el 38% de los protocolos, como se reconoce en el propio articulado, han sido asesorados por las asociaciones transactivistas. Y el 38% de ellos incluyen enlaces a páginas web o información de contacto sobre asociaciones transgeneristas como referentes de apoyo a dicho protocolo. Un 31% de los casos estudiados facilitan enlaces a documentación online elaborada por las propias asociaciones transgeneristas (videos, cuentos, etc.) para que sean compartidos como punto de apoyo educativo.
En resumen, el análisis hace «evidente la magnitud de la intromisión y la influencia de las organizaciones transactivistas en los centros escolares de distintos niveles educativos». Como señala el análisis, la implementación de este tipo de protocolos en un centro deriva en una serie de «efectos adversos sobre el alumnado, la patria potestad y las familias, la libertad de los docentes y la salud física y mental de niñas, niños y adolescentes».
No es poca broma lo que puede venírsenos encima como una avalancha de lodo inesperada. Pasar de largo, hacerse el loco, multiplica el daño por un acto egoísta de omisión, del deber de socorro a quien debe ser rescatado de las garras del chacal. Mucha atención, pues, a lo que se consiente o se otorga con cierta ligereza irreflexiva.
Ha sido un acierto haber leído, unos días más tarde, una pieza digna de mención, Para qué sirve hoy el Estado, en la que Carlos Marín-Blázquez abordaba la monstruosa evidencia de un poder acaparador, que con el correr del tiempo, el Estado ha desbordado ampliamente sus límites iniciales y se ha expandido hasta colonizar la casi totalidad de las esferas de la existencia, tanto pública como privada.
Conceder tales potestades significa renunciar a la capacidad de decisión presupuesta en el derecho natural, origen del contrato social. Y la única forma que se me ocurre de revertir un proceso que se nos antoja tan imparable como infame puede que sea a través de un movimiento endocéntrico, desde un impulso interior, una suerte de big bang particular que inicie una reacción en cadena y se expanda.

