María San Gil, inventora de palabras. Por Diego Pardos 

(Advertencia: Tenía previsto escribir una columna sobre las gambas. Sucede que a veces la irrupción de los acontecimientos le hacen a uno cambiar de idea. Y uno se siente obligado al menos a cambiar de tema, no sólo por gratitud, sino también por gusto.) 
María San Gil y Diego Pardos

«En la vida pública figuran “los peores” y estamos hartos de verlos hasta en sueños, y no podía uno faltar a la cita con los mejores. Con la mejor, en este caso»

 Los nacionalismos son inapaciguables… suponiendo que exista semejante palabra, que no creo que exista”. Y según la RAE, ni apaciguable ni, por tanto, inapaciguable. 

 

Es bien sabido que a finales del franquismo las buenas familias de la bella Easo llevaban a sus hijas al Liceo Francés para que hicieran juego con la hermosa ciudad. Porque desde allí, desde el paseo de Francia, podían sus ojos acompañar el azul del Urumea, que corría bajo los puentes hacia la mar. Luego, si se quería presumir ante las amistades y como quien no quiere la cosa, lo normal era mandarlas a Salamanca para estudiar Filología Bíblica Trilingüe y que así pudieran dar clases de Latín en Teruel y de mayores inventar palabras “inapaciguables”. Gracias a ello el padre Ibaibarriaga Noain, párroco de la Iglesia del Antiguo, pudo escribir su célebre Compendio del neologismo donostiarra, en dos volúmenes. 

 

El pasado martes esta mujer tan querida -por los unos- y odiada -por los otros-, pero jamás despreciada vino a Zaragoza para sonreír y hablar sobre “La crisis de España”. Invitada por la Asociación Católica de Propagandistas y por Neos fue acogida en el salón de actos del Grupo San Valero, a escasos metros -feliz coincidencia- de la antigua calle de San Gil. Aunque yo hoy tenga una memoria de verla pasear -triste paradoja- por la acera de los pares de la avenida de la Libertad de San Sebastián. 

 

Es María una señora admirablemente atenta y cordial. Probada por unas circunstancias intensas y terribles: la renuncia a su vocación docente, la zarpa ubicua del terrorismo etarra, la dedicación política desde una generosidad que devino en heroísmo o el sacrificio de la familia en una Guipúzcoa arrasada por la ignominia y el crimen. Y además, la enfermedad. Por ello esta mujer es un raro referente social, que espolea nuestra conciencia y aguijonea nuestra quietud y que reúne unas condiciones vitales, que son las condiciones totales que han hecho de ella una mujer invencible. 

 

Yo sostengo que en este desgraciado país, que todavía se llama España, el sentido del humor (que es un bálsamo y una mirada hacia el otro) está casi desterrado. Cuando María nos confesó que Jaime Mayor Oreja estaba “mayor” pudimos descubrir una de sus virtudes, que es precisamente el sentido del humor, acaso heredado de su madre (“pero dónde está escrito, hija mía, que no os vayan a matar por la tarde…”). 

 

Como vengo diciendo, el martes pasado se produjo el encuentro en un día espléndido, y las vehementes palabras -como ella misma nos admitió- fueron muy bien acogidas por el auditorio. Yo, perdonen mi petulancia, intuía el guion, o gran parte de él. Pero acudí porque acaso nadie más escribiera una crónica, bien que sui géneris. Y porque si ahora es cierto que en la vida pública figuran “los peores” y estamos hartos de verlos hasta en sueños, no podía uno faltar a la cita con los mejores. Con la mejor, en este caso. Y también acudí porque tenía muchas ganas de dar un beso y abrazar a María San Gil, mi querida amiga, inventora de palabras. 

 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020).

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