
«Me tendrán que perdonar, pero que una mujer se sienta hombre o viceversa, no habla de sexo, sino, como mucho de género: el sexo está muy claro»
El anual Día Internacional de la Mujer, que tuvo lugar la semana pasada, me sugirió unas cuantas reflexiones, de ésas que a uno le van rondando la cabeza sin saber muy bien por qué hay cuestiones que se van dejando en el trastero, como pósits con notas que nunca llegan a convertirse en nada. Y digo “reflexiones” a sabiendas, porque reconozco que es un asunto sobre el que, para un hombre, es más fácil —y seguramente, además, más interesante y apropiado— plantear preguntas con cierto sentido que conseguir respuestas unívocas y dogmáticas. En otras palabras, reconozco que, hoy, esto va más de escribir lo que voy pensando que de escribir lo que tengo pensado.
Para empezar, tanto la mera existencia del día, como su misma denominación, me planteaban algunas primeras cuestiones. He de confesar que, instintivamente, mi primer pensamiento me lleva a preguntarme por la necesidad/conveniencia de que exista un denominado Día de la Mujer, y si es el día de la Mujer o solamente de la Mujer Trabajadora. Ambas cosas podrían parecer absurdas; es decir, tanto que la Mujer deba tener un día (¿y por qué no un Día del Hombre?), como que ese día tenga que ser el día de la mujer que trabaja (¿y por qué no el de todas las mujeres, trabajen o no?). Pero, si al pronto del instinto le añado un tempus de reflexión, de repente la cosa cambia. Según Naciones Unidas, se dieron dos hechos principales que confluyeron en que el día 8 de marzo de 1977 la Asamblea lo institucionalizase como el Día Internacional de la Mujer (aunque había comenzado a celebrarse oficiosamente dos años antes, al ser proclamado 1975 como el Año Internacional de la Mujer), abandonándose oficialmente el calificativo de “Trabajadora”, que había acompañado hasta entonces todas las celebraciones en los distintos países y en distintas fechas. En efecto, por un lado, el 8 de marzo de 1875 varios centenares de mujeres trabajadoras de una fábrica de textil de Nueva York se manifestaron contra la desigualdad salarial respecto de sus compañeros masculinos, terminando la aventura con una represión policial brutal, en la que murieron ciento veinte de ellas: esta matanza originó protestas y huelgas que culminaron con la creación del primer sindicato femenino de la historia. Por otra parte, en los mismos comienzos de la Revolución Soviética de 1917, se aprobó en Rusia el voto femenino un 23 de febrero, día que pasó a ser fiesta nacional y que, según el calendario gregoriano, correspondía al ¡8 de marzo!
Y, entonces, la cosa cambia: hay días internacionales para las estupideces más rocambolescas y absurdas. Por ejemplo, el día 22 de enero es el Día Internacional de Responder las Preguntas de tu Gato; el día 11 de enero es el Día Sin Pantalones en el Metro; el 4 de febrero es el Día del Orgullo Zombie, que ya nos vale…; o el 30 de junio, que es el Día Internacional de los Asteroides y que a ver si ayuda a que venga de verdad el p**o asteroide y acaba de una vez con tanta tontería y libra a la Tierra de la plaga del ser humano. Así que, un día que conmemora que la mitad de la Humanidad ha necesitado matanzas y revoluciones para tener los mismos derechos que la otra mitad, claro que es pertinente y, casi, sí, necesario. Y que ese día empezase por ser el de la Mujer Trabajadora también adquiere sentido, porque parece que el mundo solamente obtuvo verdadera conciencia de la situación de la Mujer cuando empezó a trabajar fuera de casa y quedaron al aire las vergüenzas de la presunta civilización humanista occidental. Sin embargo, dicho sea de paso, me parece indignante que días mundiales serios se encuentren diluidos en una lista internacional de gilipolleces.
En resumen, aclaradas con éxito mis primeras cuestiones, acto seguido llegaba sola otra pregunta: ¿tenemos claro hoy en día qué es una Mujer? Y viene a cuento por la diferencia establecida entre sexo y género, por un lado, e identidad de género por otro. En realidad, no parece tan difícil. El sexo habla de biología y cromosomas, mientras que el género es algo así como un conjunto de estándares y creencias que tiene una sociedad sobre cómo deben ser los roles a interpretar por hombres y por mujeres. Finalmente, la identidad de género sería algo parecido a cómo se siente y se interpreta uno a sí mismo, en esa relación sexo-género; es decir, si uno mismo siente que ambas categorías coinciden o no en su persona. Y aquí está la madre del cordero.
Me temo que voy a ser muy poco políticamente correcto: una mujer es un ser humano que, de sus 23 pares de cromosomas, en uno de ellos —el 23— hay dos copias del cromosoma X (mientras que el hombre tiene un cromosoma X y uno Y). En otras palabras, si en el recuento aparece una Y, el ser en cuestión es hombre, y, si no, es mujer. Le guste o no a la hater feminazi de turno, o a cualquier imbécil que pierde el culo por salir en una foto en la que se diga de él que es muy progresista y muy inclusivo. Me tendrán que perdonar, pero que una mujer se sienta hombre o viceversa, no habla de sexo, sino, como mucho de género: el sexo está muy claro. Y, por lo tanto, Mujer no se puede ser por sentirse mujer o, ni mucho menos, por hacer una declaración administrativa, notarial o judicial.
Si, a mí, que soy hombre de raza caucásica y con 62 tacos, se me ocurre manifestar que me siento negro o asiático porque me autopercibo así, o que soy menor de edad porque me siento pequeño y me gustan los dibujos animados y el pan con chocolate, o que soy una gallinita porque me gusta cloquear por las mañanas, lo mínimo que la sociedad me diría es que tengo que cambiar de camello. Pero, sin embargo, si un fulano, de repente, dice que es mujer porque se autopercibe mujer, la sociedad debe ponerle la alfombra roja y, si alguien no está de acuerdo, es un fascista y un machista. Esto me suena tan guay como lo del Día del Orgullo Zombie.
Y, ya, si le queremos dar reconocimiento legal a este despropósito, me parece que nos metemos de hoz y coz en un quilombo tan gordo como para que las mujeres hayan empezado a pegarse entre sí, cuando era tan cómodo simplemente sacudir al patriarcado que todo lo abarca. Si es tan fácil ser mujer —o dejar de serlo—, como con simplemente declararlo, de repente todos los esfuerzos legales de años y años para conseguir la igualdad ante la ley dejan de tener sentido. Si un hombre puede convertirse en mujer por la cara, por ejemplo, se verían alteradas las estadísticas sobre violencia machista o sobre techos de cristal o sobre brecha salarial donde todavía existieran; o podría tener acceso a puestos, beneficios y ayudas (sin manifestarme sobre lo que me parecen estas discriminaciones positivas) destinados a las mujeres; o podría pertenecer a clubes o gimnasios femeninos, o, incluso, ser internado en una cárcel de mujeres; o pervertiría sin solución el deporte femenino. O, al revés, imaginémonos que mañana la Infanta Sofía empieza a autopercibirse hombre: ¿Qué hacemos ahora con su hermana Leonor, por ahora Princesa de Asturias y hasta ese momento primera en la línea sucesoria de su padre? Insisto: una mujer trans es un hombre…, y que me fusilen al amanecer.
Así que, hasta el momento, ya he metido los dos pies en el charco, y ahora solamente me queda saltar y chapotear (por cierto, el Día Internacional de Saltar en los Charcos es el 9 de septiembre). Mi última reflexión va sobre el Feminismo. Y es que también me cuesta mucho trabajo pensar que un hombre pueda ser feminista. Creo, un poco, en que es como si un gentil pudiera ser sionista, o si un empresario pudiera ser sindicalista. Creo que hay cierto tipo de ismos de los que solamente se pueden apropiar aquéllos que sufren eso contra lo que luchan. Es muy fácil afirmar que se es sionista, sin haber tenido que sufrir las persecuciones del pueblo judío; y es muy fácil decir que se es sindicalista, sin haber tenido que luchar por condiciones dignas del trabajo o contra ilegalidades de ciertos empresarios canallas. Es decir, es muy fácil manifestarte defensor de aquello que nadie te está negando. No; estoy convencido de que los no judíos o los empresarios no pueden ser sionistas o sindicalistas, respectivamente. No me parece apropiado, ni estético, pero es que, sobre todo, no me parece justo. Y, por ello, creo que no se puede ser feminista, sin ser mujer. Me suena a burla que un hombre, que no ha tenido que luchar por poder trabajar, por poder ir a la Universidad, por votar o por poder abrir una cuenta corriente sin el permiso de su marido o de su padre, venga con que es feminista, como si alguna vez hubiera sentido en sus carnes la discriminación más absurda y mortificante. No. Se puede estar a favor de la igualdad plena entre hombres y mujeres, y de que nadie sea perseguido por su raza o que no se le perjudique por defender sus derechos laborales, pero eso creo que es otra cosa: eso es haber abandonado la Edad Media, eso es ser racional, no ser un troglodita y tener la convicción de que todos los seres humanos somos iguales en esencia y debemos serlo ante la ley, sin importar sexo, raza o trabajo (evidentemente, hablamos del mundo libre occidental). Y, si ya tengo dudas razonables, ver en retrospectiva a Zapatero al respecto, tan contento de haberse conocido y tan ufano calificándose de feminista con su mueca de sonrisa de haber venido a matar a Batman, me hace reafirmarme, y muy gustosamente, aunque fuese en el error.
Y, además, considero que el término “feminismo”, progresivamente, poco a poco y a base de lluvia fina de grupos radicales, ha cambiado su acepción primitiva. Al igual que “matrimonio” era la unión legal de hombre y mujer, y ahora es la unión legal de personas (sin referencia a su sexo), hoy, el Feminismo ha pasado de ser un movimiento que exigiera para las mujeres iguales derechos que para los hombres, a ser un complejo constructo de combate social y político, en el que supuestamente la lucha social por el poder ya no se desarrolla entre clases, sino entre sexos: la sociedad es un montaje patriarcal creado a propósito por el hombre para imponer su supuesta visión androcéntrica de la vida y, sobre todo, de las relaciones de superioridad para con el otro sexo. Ya no se trata de que unas clases sociales privilegiadas impongan sus intereses sobre otras oprimidas; no: ahora se trata de que resulta que la sociedad se estructura sobre un sistema de dominación sexual para tener sometida a la mujer.
Muy pocos hoy estarán en desacuerdo con que la sociedad está básicamente diseñada bajo los parámetros masculinos; lo cual no dejaría de ser lógico en una sociedad que habría sido levantada por hombres, dicho en sentido objetivo, si hay que hacer caso a quienes afirman, precisamente, que el hombre ha impedido la participación activa de la mujer en su desarrollo. Pero esa realidad no justifica todo el deliro radical-feminista, hembrista o feminazi que esconde no un deseo de igualdad, sino dar la vuelta a la tortilla y ahora someter al hombre por sus pecados pasados. Todos hemos llegado a oír estupideces como que todos los hombres somos violadores en potencia, que los gallos violan a las gallinas, o los toros a las vacas; pero, claro, es que, a éstas, por mucho que se esfuerzan, solamente les sale un “muuu”, en vez de un “sí”. Y, por cierto, me niego a que a los hombres contemporáneos nos hagan responsables del sometimiento femenino histórico, porque somos los hombres contemporáneos, precisamente, los que hemos colaborado imprescindiblemente en que las mujeres rompan aquella realidad que crearon nuestros antepasados: no es una cuestión de sexo, por tanto, sino de mentalidad y de evolución.
Claro que hay que evolucionar socialmente y, dado que el vector fundamental de la vida humana ya no es la fuerza física, sino la intelectual con sus logros filosóficos, científicos y técnicos, no tiene ningún sentido que siguiera siendo la superioridad física —y todo lo que esa supremacía conlleva— el criterio de valor social. Y la ley debe encargarse de ello, pero hay que hacer un trabajo jurídico y no un trabajo de ingeniería social, porque la sociedad, como el lenguaje, evoluciona a su ritmo y creo sinceramente que nos equivocamos tratando de saltarnos etapas por las prisas. Pasarnos de frenada solamente puede traer, además de reacciones adversas automáticas, incongruencias como la de que, antes, en origen, machismo fuese tratar de forma distinta a la mujer por razón de su sexo, y, ahora, recién triunfante la ideología woke, resulte que eres machista si no consideras que la mujer debe tener un trato diferente que, supuestamente, se merece precisamente por su sexo (no sólo pasa con el machismo, sino, por ejemplo, también con el racismo: antes era racista quien trataba de forma distinta a dos personas por ser de distinta raza, pero ahora es racismo el no admitir tratos desiguales que, por lo visto, los merecen ciertos individuos por ser distintos del hombre blanco occidental). Así que, sí, la sociedad debe evolucionar en dirección a la racionalidad…, pero todos. Y esto reza también, por lo tanto, para unas pocas mujeres a las que, hoy, se les ha inoculado odio y rencor hacia los hombres en general. Spoiler, chicas: sois otro estereotipo más, una rueda más de un engranaje todavía peor que aquél que queréis parar, y vuestra ideología de combate y liberación con bailes y tambores ha sido diseñada, seguro, por algún macarra patriarcal que se os disfraza de cordero, desde su púlpito universitario, desde su sillón en un think tank o desde alguna Internacional ideologizada, y a quien no le importa nada más que, de paso, estéis sirviendo a un fin superior. Pero al suyo. No sois soldados: como los demás sois marionetas, pero que no saben que tienen hilos.
En fin, he quitado unos cuantos pósits de mi mural de ideas nonatas, y, por lo menos, los podré usar como tiritas.

