La Cámara de Ámbar, historia y arte. Por Susana del Pino

Palacio de Charlottenburg, Berlín

«La ubicación de la original Cámara de Ámbar continúa  siendo un misterio aún sin resolver desde la segunda guerra mundial»

  El Palacio de Charlottenburg, situado a pocos kilómetros de Berlín fue durante años la residencia de verano de los monarcas prusianos, una pequeña residencia campestre que Federico I (1657-1713), primer monarca del incipiente Reino de Prusia, decidió remodelar y convertirlo en un opulento y soberbio palacio siguiendo la moda de la corte francesa en Versalles. Con el paso de  los años, animados por la importancia que Prusia iba adquiriendo como potencia europea fue ampliado por sus sucesores y embellecido con importantes obras de arte.

 

  La esposa de Federico I, la joven reina consorte Sofía Carlota de Hannover (1668-1705) no pudo ver finalizadas las obras al morir de forma repentina pocos años después de su remodelación y en su honor su marido bautizó el palacio con su nombre así como la localidad donde estaba situaba que obtendría el rango de ciudad. Desde el siglo XIX dejó de utilizarse asiduamente y tras la caída de la monarquía en 1918 se convertiría en museo. Fue restaurado tras la Segunda Guerra Mundial ya que quedó muy dañado tras los bombardeos y hoy en día es uno de los edificios más relevantes en Berlín.

La Cámara de Ámbar

  En este palacio encontramos el origen de  la conocida como Cámara de Ámbar ya que la intención del monarca era decorar una estancia para las audiencias de su esposa, la idea era utilizar para ello ámbar procedente del Mar Báltico que en ese momento era mucho más valioso y cotizado que el oro. Se proyectó así una espectacular estancia con rica y ostentosa decoración que no dejaría indiferente a nadie con  piedras preciosas, pan de oro, paneles de ámbar y preciosos objetos decorativos. Tras el fallecimiento de la reina y algunas desavenencias entre los responsables de los trabajos por asuntos monetarios, se decidió que no ocuparían una estancia en el citado palacio sino que se ubicaría, siguiendo el proyecto ya establecido,, en el Palacio Real de Berlín. Gottfried Wolffram, Gottfried Thurau y Ernst Schacht fueron los autores de la imponente obra que trabajaron en los talleres de la ciudad de Danzing, actualmente Gdansk, una importante ciudad portuaria polaca.

 

  En 1917 el zar Pedro I El Grande (1672-1725) en una visita al palacio quedó absolutamente prendado de la espectacular estancia por lo que el hijo del primer monarca prusiano Federico Guillermo I (1688-1740) que no era demasiado amante de las artes y la cultura en general, se lo regaló con el objeto de favorecer las relaciones diplomáticas con Rusia y tenerla como aliada contra Suecia. 

Palacio de Catalina. San Petersburgo

  Aunque en un principio no se tenía clara la ubicación y fue reorganizado parcialmente en el Palacio del Hermitage, la hija de Pedro I, la emperatriz Isabel I (1709-1762) mandó instalarlo en el Palacio de Catalina La Grande en Tsárskoyé Seló, a veinticinco kilómetros de San Petersburgo, Rusia.

 

  En el nuevo palacio hubo que ampliar el diseño añadiendo aproximadamente cuarenta metros cuadrados de ámbar, espejos y otros elementos arquitectónicos ya que la estancia en la que se iba a ubicar era más grande. Un equipo de especialistas en el tratamiento del ámbar se ocupó de los trabajos en la gran sala que tras la última ampliación a finales del siglo XVIII contaba con más de seis mil toneladas de esta resina fosilizada convirtiéndose en un auténtico tesoro admirado por todos y considerado por muchos como la octava maravilla del mundo.

Detalle del techo

  Fue conservada durante la Revolución de 1917 sin embargo no ocurrió lo mismo en la Segunda Guerra Mundial, años en los que la suntuosa Cámara de Ámbar fue desmantelada. En 1941, tras la invasión alemana de Rusia los soviéticos intentaron desmantelar la bella estancia para trasladarla, algo que ya había ocurrido con otras obras de arte en otras ciudades, pero la fragilidad del ámbar, el hecho de no conocer bien el material los encargados de su desmantelación y tener que romper los paneles no lo permitieron por lo que se decidió esconderlos empapelando la estancia.

 

  Sin embargo, los alemanes por su parte ya habían marcado un plan para apoderarse del contenido de la Cámara contando con un equipo especializado en el tratamiento del ámbar y empleando más de treinta horas en desmontar los paneles. Lo trasladaron al Castillo de Königsberg donde fue expuesto durante un tiempo, sin embargo la ciudad fue víctima de terribles bombardeos por parte del ejército británico en 1944 y el Castillo quedó casi derruido. A partir de ahí se pierde la pista del gran tesoro de ámbar.

Detalle

  En cuanto a este asunto ha habido varias hipótesis como que se hundió en un barco alemán en el que testigos afirmaron que lo habían visto, que quizá al no poder ser rescatado se destruyó totalmente e incluso que continuara  escondido en algún búnker de los muchos que se construyeron en los años de la guerra. Es una incógnita pero es cierto que dada la fragilidad del ámbar es muy difícil que se haya podido conservar sin los cuidados necesarios.  Es probable que desapareciera tras la destrucción del Castillo de Königsberg  ordenada por Leonid Brézhnev (1906-1982) a finales de los años sesenta a pesar de las protestas que se alzaron en contra de esta decisión; o quizá no, pues las investigaciones han continuado en varios lugares, por lo que la ubicación de la original Cámara de Ámbar continúa  siendo un misterio aún sin resolver.

 

   En 1979 se proyectó hacer una copia de la Cámara original en la misma sala donde se encontraba para lo que fue necesario buscar fotografías y planos originales. Alemania ayudó financieramente. La sala que se puede visitar hoy en día, es una réplica lo más exacta posible de la original con más de trescientos tonos de ámbar, accesorios, espejos, columnas decoradas, muebles, piedras etc… un trabajo artesanal extraordinario que culminó en 2003 y que deja asombrado a todo el que lo contempla. Una estancia original, llamativa y fastuosa  que nos hace pensar, como otros muchos lugares, la belleza que el hombre es capaz de crear. 

 

                                                                               

 

Susana del Pino

Malagueña y amante del arte, una de las pasiones de mi vida. Me gusta la belleza, la armonía y quiero siempre la verdad. Me siento afortunada y agradecida por muchas cosas, entre ellas haber viajado y conocido otras culturas que me han aportado tanto. Italia me fascina, nunca me cansaré de visitarla, siempre que regreso siento que una parte de mí se queda allí.

La vida es una oportunidad maravillosa para aprender, conocer, soñar, compartir, sentir... y siempre amar.

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