
«Al Matón de Esquina no le queda más remedio que ver fruta por todas partes. En los chistes, en los memes, en los medios de comunicación, en las manifestaciones…»
El sufrido españolito siempre se ha caracterizado por tener que hacer uso del humor como arma para su legítima defensa. Somos una nación desgraciada a la hora de que nos gobiernen, y da lo mismo que nos vengan elegidos nuestros amos o, incluso, que seamos nosotros mismos quienes elegimos a nuestros actuales nuevos señores feudales. Así ha sido históricamente, con unos reyes más cargados de defectos que de virtudes (con alguna excepción), y así sigue siendo, con una casta política plana, sectaria y, por supuesto, con un ansia desmedida de poder, ávida de alcanzar sus propios intereses y con un repugnante desprecio hacia el populacho, que apenas es capaz de disimular.
Sobre esto último, al menos, sí que tenemos algo que agradecer a Sánchez: posiblemente, en lo único que es sincero y no miente es en el profundo desprecio que nos tiene y en el desparpajo con el que no intenta ocultarlo. Pero somos un pueblo combativo, audaz, con esa dignidad del pobre que no admite injusticias sin torcer el gesto, que, aunque a la fuerza ahorquen, siempre encuentra un resquicio para mostrar su protesta, y al que una bota apretando su garganta no le impide cantar.
Por eso, a lo largo de nuestra historia, sólo nos ha quedado el recurso a reírnos del rey, del jefe, del gobernante, un poco por lo bajini, un poco como si todavía creyéramos que el monstruo agazapado debajo de la cama no nos fuera a encontrar si nos tapamos con las sábanas hasta la cabeza y respiramos muy muy bajito. La necesidad de no ser aplastados sin algo de dignidad nos ha hecho maestros en los chistes y magos de las chirigotas; ellos nos pueden dejar vencidos por el peso de la fuerza, pero nosotros los dejamos en ridículo por el peso del ingenio, por la sorna, por esa guasa combativa que nos redime de la cobardía, por esa forma especial de joder al de en frente pero no con el insulto directo, sino con la burla, como si prefiriésemos dar una puñalaíta y reírnos mucho que un estocazo y asistir a un entierro.
Y, ahora, al Matón de Esquina no le queda más remedio que ver fruta por todas partes. En los chistes, en los memes, en los medios de comunicación, en las manifestaciones… Fruta y fruta. Por todas partes; desparramada por las calles como si los franceses volvieran a volcarnos los camiones; desparramada por las redes sociales como si de un virus se tratara; desparramada por los escaños de esa cueva de Alí Babá de la Carrera de San Jerónimo como si se les cayera de los bolsillos la calderilla robada del cepillo.
He de decir que a mí también me gusta la fruta. Hay algo atávico que me hace gritar por escrito que me gusta la fruta. Es más, que me gusta mucho la fruta. Es algo que creo que me viene de lejos, de mis antepasados remotos, castellanos y astures que acuchillaban al moro de norte a sur, o de los madrileños que pintaron la cal de los paredones franceses con su sangre, o de mi otra vida en la que me la jugaba con esos valientes gudaris de tiro en la nuca y explosivo en el coche, hoy aliados y tan amigos de ese indigente moral que okupa la Moncloa.
Siento como si mi inquietud vital y partisana se convirtiera en una especie de hambre y sed de justicia poética. No puedo soportar a toda una organización balando al son del pastor de orquesta; no puedo soportar a tanto comedor de órgano genital masculino, relamiéndose el resultado por la comisura de los labios con sonrisa de perrito agradecido; ni a tanto mentiroso, ni a tanto cobarde, ni a tanto traidor. Pero, sobre todo, no puedo soportar la impostura… Necesito coger una espada o un teclado, y cortar cabezas o llenarlas de palabras afiladas. Necesito, casi físicamente, gritar que me gusta la fruta y que se le ven las costuras al Golfo de la Moncloa, como otra extensión de un mar nauseabundo que ha invadido una parte de la tierra de nuestra convivencia pacífica desde hace cuarenta y cinco años. Estos son nuestros demócratas psocialistas, que cuando vieron que no podrían vencer en justa lid electoral a la Derecha, crearon pactos del Tinel, se aliaron con la Extrema Izquierda comunista y bolivariana, se unieron a los herederos del terrorismo, se abrazaron a los sediciosos y malversadores, y, si es necesario, acabarán con un sistema liberal democrático que ya les ha visto la patita (¿o no lo avala su propia historia desde 1917 o 1934?).
Aunque no confundamos los términos: El de la Fruta va a gobernar legalmente, porque éstas son las reglas del juego; cuando ganamos y cuando perdemos. Y, es más, creo que debe hacerlo y no ser censurado por formar gobierno, sino por el precio. Aunque, el gobierno será legal sin duda, pero no es legítimo —lo cual, por otra parte, le importa una higa—, porque el precio pagado en las formas democráticas y el precio por pagar en el fondo del Estado de Derecho es demasiado alto. Simplemente, porque no todo vale para conseguir los fines. Se queda, de momento, con su mayoría de escaños, fruto simplemente de unas reglas de juego electorales; pero digámosle a la cara, y a todos los que hoy le comen allá por donde micciona, que es un gobernante ilegítimo que ocultó sus verdaderas intenciones en la campaña electoral, que organizó las elecciones en fechas vacacionales para obstaculizar el ejercicio del voto, y que utilizó los resortes del Estado y del Gobierno en beneficio de la campaña de su propio partido. Y todavía y más importante, que no es que mienta porque ahora haga lo que antes dijo que no iba a hacer, sino que ha hecho de la mentira, de las falsedades y de la insidia su estilo de juego. Y, luego, sus monaguillos a repetir y repetir, y sus adeptos a seguir el sonido de la flauta hasta la siguiente urna.
Hace gracietas sobre no querer ser presidente de gobierno, porque, en efecto, no entiende que se pueda no serlo, si, a cambio, solamente cuesta unos cuantos principios; machaca y machaca con la Extrema Derecha metiendo miedo al analfabeto político, por supuesto sin explicar por qué habría de ser mejor la Extrema Izquierda; se permite hablar en el Congreso, en la sede de nuestra soberanía, de levantar un muro entre españoles, sin pensar, el muy insensato, en los muros que hemos tenido que sufrir entre austrias y borbones, entre monárquicos y republicanos, entre tradicionalistas y liberales, entre nacionales y rojos, entre catalanes y charnegos, entre euskaldunes y tiropegables, entre progres del Tinel y conservadores con la Judenstern bordada en la ropa, y hasta, si me apuran, entre Sevilla y Betis o entre Joselito y Belmonte.
Pero lo gordo, si miramos bien, es que, sí, allí, en la sede de nuestra soberanía, insulta e imputa un delito de corrupción a un tercero que no está allí para defenderse, sin que venga a cuento y, además, a sabiendas de que es un asunto que la Justicia ha sobreseído; que, luego, recibe un buen castigo en forma de guasa torera de una mujer que se lo comería vivo en unas elecciones; y que, sin embargo, después, el circo se indigna por un insulto al presidente del gobierno, y no porque semejante sujeto haya actuado, no como lo haría un hijo de puta —líbreme Dios de que se me lean los labios—, sino como lo haría un auténtico hijo de la gran puta. En fin, la famosa superioridad moral de la Izquierda.
Esto me recuerda aquello de: “– Señor presidente, ¿se puede llamar hijo de puta a un presidente? – Claro que no, es un insulto. – ¿Y presidente a un hijo de puta? – Bueno, eso sí; no es un insulto, es una distinción. – Pues, gracias; no hay más preguntas, señor presidente”. Claro que me gusta la fruta. Y, para cuando el futuro se ría de este personaje chusco, hueco y tóxico —porque todo llega— y, como su precursor, quede para hacer el ridículo en el mundo y hacernos pasar vergüenza a los españoles, blanqueando sátrapas y contando nubes, y sea negado hasta por los que un día fueron de los suyos —que también llegará, más pronto que tarde, y lo verán estos ojos azules y fascistas que se han de comer los gusanos—; decía, que para cuando pase eso, los españolitos de los que hablaba tenemos que ir dejando, desde ya, munición a la Historia, manifestándonos en las calles, escribiendo a los periódicos, llenando de memes las redes sociales, burlándonos —por lo bajo, para no ofender— de los borregos que lo siguen a ciegas y haga lo que haga, rompiendo el pensamiento único y la cancelación que la progresía quiere imponer, recordando, sobre todo recordando y nunca olvidando, las razones por las que nos gusta la fruta. Y, se me ocurre, por ejemplo, llenando Ferraz y La Moncloa de fruta: mucha fruta; en vez de tirar huevos, tirar fruta, descargar contenedores de fruta, hacer envíos masivos por correo de fruta; bloquear las centralitas telefónicas de Ministerios, Congreso y PSOE con chistes de fruta; colapsar las páginas web de Gobierno, Congreso y PSOE con memes de frutas, de muchas frutas; llenar las paredes de Expaña con grafitis de frutas; llenar los escaparates de las tiendas y los balcones de las casas con carteles de Sánchez, me gusta la fruta… Bueno, yo ya he empezado…
Ja, ja, ja… Y, gracias, Isabel Díaz Ayuso: al final, la fruta, también nos la vamos a terminar apropiando los fascistas…, como la bandera.

