Sociología de la gamba. Por Diego Pardos 

Sociología de la gamba

«No es menos cierto que la concupiscencia alimentaria del bigotudo animal se ha asociado recientemente también a la actividad sindical»

Pueden ver ustedes la obra de teatro Los viernes a las seis en la plataforma de Radio Televisión Española -los viernes o cualquier otro día, ni que decir tiene-. Pertenece a la serie Estudio 1, en un año (1979) en el cual se hacía una televisión pública con mucho talento y poco dinero y tiene como protagonistas al inolvidable José Bódalo y a Mary Begoña (¡ay, Begoña!). En esta obra de Juan José Alonso Millán aparece Pili (interpretada por Carmen Roldán), una señorita que siente pasión por los decápodos, tanto o más que la que siente Ramiro por dicha señorita. Pili no sólo es una profesional de las gambas, sino también del amor. De modo que aquí se pone ya de manifiesto (y miren ustedes que ha llovido) la relación del marisco con las artes amatorias, la gula crustacial con la pilinguicencia, el gusto por la compañía femenina al portador y la carne de gamba a domicilio. 

 

No es menos cierto que la concupiscencia alimentaria del bigotudo animal se ha asociado recientemente también a la actividad sindical, o al menos a ciertas elites de los llamados “sindicatos de clase”, de clase obrera se entiende, y que alguien con muy mala leche se obstina en calificar como “de clase alta”. Incluso en los últimos años, otras personas igualmente sin escrúpulos atribuyen a los citados altos funcionarios el calificativo de “comegambas”, incurriendo sin querer en la omisión del masculino “langostino”, o haciéndonos notar precisamente y con desprecio que el sexo antes llamado “débil” es ahora de un género superior. Vaya por delante que en lo que a mí respecta me parece fenomenal que cada uno se de un homenaje, siempre que no sea a cargo del cada vez más escaso y exprimido contribuyente. 

 

De modo que no es nuevo el hecho -como se puede deducir- de que el consumo de la Parapenaeus longirostris, en cualquiera de sus presentaciones, bien sea cocida o a la plancha, al ajillo o al natural, vaya asociado a cierta compañía femenina y a ciertos ambientes donde los servidores públicos debieran ser ejemplares. Qué pensarán las queridas de estos señores cuando les vean con las manos en la gamba, poniendo perdida la servilleta y restregándose con esas toallitas con olor a limón… Y qué bochorno al llegar al domicilio conyugal, o al hotel o a la pensión, colorados como quisquillas y llenos de lamparones. Mejor no pensarlo. 

 

Pero el prestigio del camarón conoció épocas más gloriosas. Así, don Luis Sánchez Polack en su magnífico libro Treinta Santos Varones y una Gamba cuenta que una vez le regalaron un decápodo macruro y que fue tal el cariño que le tenían en casa que hasta nombre le pusieron: Mauricita. Iba a comprar el periódico y cenaba con la familia sentada a su mesa. No indica si procedía de Huelva, pero se notaba que era de buena familia. Algunas veces, nuestro genial Tip le decía a su mujer: “Amparo, me voy con la gamba a tomarme una cerveza”. Y salían de casa. Difícil imaginar a la pareja entrando a la taberna más cercana para degustar la rubia bebida, mientras la esposa de don Luis ultimaba el menú diario en la cocina o, durante los fines de semana un arroz con bogavante de la Albufera. Eran otros tiempos… ¡Para que ahora nos vengan presumiendo de modernos! 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020).

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