
«La historia da para mucho pero a muy pocos les interesa hablar, y mucho menos los que hicieron de la muerte del prójimo un negocio boyante y lucrativo»
Resulta espeluznante y a la vez terriblemente trágico, que algo tan abyecto y miserable como lo fue la existencia del terrorismo vasco, a manos de la banda criminal ETA, hoy día bajo otras siglas, con uno de sus antiguos jefes al mando, el criminal Arnaldo Otegui, y un creciente número de asesinos en sus filas, se haya convertido en el referente de una parte muy significativa de la ciudadanía vasca.
Lo que tanto se silenciaba cuando interesaba al gobierno de turno de por entonces, sigue crepitando como brasas incandescentes en las mentes de los que vivimos a diario los inacabables asesinatos de nuestros compatriotas a manos de la banda asesina ETA. Justo es que se diga ahora, antes de que la noche cubra con sus sombras y amenazas la libertad que estamos perdiendo, que ETA existió e hizo lo que cometió porque tenía la suficiente cobertura política para desempeñar su homicida función.
ETA asesinó porque tenía la certeza de que en su territorio nadie movería un solo dedo para impedírselo, a excepción de los cuerpos de seguridad españoles. Utilizando un símil deportivo, ETA siempre jugó en campo propio, con el público a su favor y con el árbitro de su parte. No creo que haga falta explicarlo más. Aquél que opine lo contrario, que salga a decirlo, la equidistancia se la dejo a los que hoy día han hecho de aquella palanca, su única forma de gobierno.
La historia da para mucho, tanto es así que a muy pocos les interesa hablar, y mucho menos los que hicieron de la muerte del prójimo un negocio boyante y lucrativo para ellos. Si hablasen tendrían que dar muchas explicaciones, sobre todo aquellos meapilas de misa diaria, chiquito matutino y borrachera vespertina. Cubrirse con chapela no dignifica a nadie, sobre todo cuando escondes en la faltriquera una capucha manchada de sangre. Retratar a la ciudadanía vasca es muy sencillo, simplemente no existe, el vasallo nunca será ciudadano, sólo tendrá señor, en este caso, capo.
La historia no se puede reescribir a conveniencia de lo que a cada momento uno quiera decir por interés personal, tal y como hace Sánchez. Otros dejaron que fueran sus hijos putativos los que lo hicieran a golpe de bomba lapa, también los punitivos, que de todo hubo en la viña de Arana. Recordarlo hoy día produce arcadas, pero es necesario, repugna ver a esa basura encorbatada y plañidera ignorar lo que hizo, y lo que no hizo por evitarlo. Los hechos más relevantes en la historia del inexistente “país vasco” dan pena, y asco, sólo basta recordar como centenares de viudas hijos y familiares despidieron a sus finados, prácticamente en la clandestinidad.
Repugnante y vomitivo el papel de la iglesia vasca en particular, y de la española en general. De lo que uno guarda memoria no necesita de nadie para recordarlo. En el caso de la iglesia vasca, en manos de Setién, el quinto mandamiento se obviaba por molesto e innecesario. Después de él, se aplicó la maldita jurisprudencia setiniana. De la política no hubo sorpresa alguna, el que más y el que menos conocía de que pie cojeaba el PNV, por tanto, no hubo sorpresa alguna.
Las responsabilidades estaban muy claras, la religiosa y la política, por tanto, sobraban sus interpretaciones interesadas y su habitual palabrería insulsa, que para lo único que sirvió fue para tapar sus propias salvajadas, sus silencios, sus declaraciones extemporáneas y su repugnante equidistancia.
Estábamos hartos, los rumores en los funerales eran cada vez más intensos, pero ni un sólo desplante, ni un sólo acto de violencia. El PNV, y su supuesta escala de valores, en la que siempre estaba todo el nazionalismo vasco en su conjunto, tenía el comodín de la gobernabilidad del estado, por tanto, una vez más se dedicó a su pasatiempo favorito: contar nueces.
Estos y no otros, fueron los hechos, los reales, se permitieron de forma obscena e interesada por aquellos que los pudieron frenar, y no lo hicieron por puro cálculo político. Sobre este particular no cabe duda alguna, ni una sola duda. Decenas de asesinatos selectivos, sobre todo los que se cometieron para eliminar mandos no vascos sobre policías locales etc. El resto de los atentados fue la respuesta que dio el nazionalismo criminal a la recién restaurada democracia. Justo ahí empezó la famosa frase de Javier Arzallus, el árbol y las nueces, aunque ya llevaba funcionando desde el principio. Esta frase habría que habérsela restregado por la cara a todos los imbéciles que pactaron con él.
De aquellos polvos vienen estos lodos. La derecha nunca tuvo gobernantes sólidos y con valores inamovibles, más bien tuvo pusilánimes y adocenados gestores. Por otra parte, en la izquierda socialista hubo un intento de resistencia ante las matanzas que estábamos sufriendo, como Nación y cómo ciudadanía, para ello crearon el Gal. Creo que Felipe González sigue vivo, corresponde a él preguntarle los motivos por los que lo hizo, aunque somos muchos los que lo sabemos.
Pero el Gal fracasó, de haberlo hecho bien, el resultado hubiese sido otro muy distinto, posiblemente no hubiese acabado con el problema, nunca lo podremos saber, pero se hubiese puesto coto al desgarrador espectáculo de presenciar el inacabable desfile de ataúdes con españoles dentro, que casi a diario tuvimos que soportar.
Los etarras eran cobardes en grado superlativo, centenares de ellos se ensuciaban literalmente cuando eran detenidos, mientras sus jefes hablaban de guerra contra el estado español. Qué impedía al supuesto estado español responder con la misma moneda, o al menos defenderse, y tratar a etarras y adosados de la misma forma en la que ellos, los criminales, se producían. Muchos, entre los que me encuentro, lo hubiéramos aplaudido, pero la respuesta nunca se produjo. Otra vez la miserable cobardía de los que tenían la obligación moral de defender el estado de derecho, sí, estado de derecho, y no lo hicieron. Escudarse en los complejos es de cobardes, hacer uso de ellos sabiendo que tales complejos no arreglarán nada si no que lo empeorarán es de algo mucho peor, es de traidores.

