Aquellas librerías. Por Diego Pardos 

Aquellas librerías

«Pero no ya sólo cierran aquellas librerías; tiendas de paraguas, mercerías, auténticos colmados de ultramarinos y esa panadería también»

 Tuve, en los años de mi primera juventud, el deseo de ser librero. No llegó a ser tanto un propósito como la romántica idea de un aceptable trabajo que uno intuía que iría más allá de lo mercantil. Claro que a mí me parecía ligado a una cierta austeridad y a una vida sencilla y placida alejada de los lujos. Un librero algo pobre hubiera querido ser, y llenar un bonito espacio con estanterías y de libros sus anaqueles, y vender algo de papelería y lápices para los niños. 

 

He tenido que desempolvar de mi biblioteca el Viaje a la Alcarria de Cela, una modesta edición de la colección Austral, que compré con quince años. Me daba la impresión de que fue en “Balmes” (que ha cerrado ahora), pero he comprobado que lleva una ficha de la Librería Universitaria, en la misma calle de Ramón y Cajal. Pocos lectores recordarán las librerías que en el centro de Teruel estaban abiertas hace unas décadas (¿Serían ocho, quizá diez?), subiendo desde la calle de El Salvador o la Nueva, hasta la plaza del Torico y sus calles aledañas. Comercios, algunos de altos techos y suelos de madera ya maltrechos y faltos de barniz, como “Perruca”, donde compré mis primeros textos para el Bachillerato. También por aquellos años, en Castellón (en cuya Plana desembocaban gentes de los montes) se vendían libros en la plaza de la Paz y por las calles de Enmedio, de Navarra y Asensi, que estaban salpicadas de quioscos de prensa. Y subiendo al tren de Valencia se podía llegar a Zaragoza, donde “Lepanto” se especializó en libros de Historia (antes de que abrieran una camisería). Y al lado del Cine Cervantes cerró una antigua y pequeña librería, que además vendía material de escritorio. 

 

Paseando por el Espolón de Burgos, hace ya mucho, entré en una de esas tradicionales librerías y pregunté (porque había oído la recomendación a la periodista Cristina López Schlichting) por El Mudejarillo de Jiménez Lozano. No era una novedad ni la editorial importante. Sin embargo y ante mi sorpresa, una señora de edad puso en mis manos al instante la obrita. Esta librera, que era además, según me dijo, la presidente de la Asociación de Libreros, me dejó claro que en su oficio era preciso saber qué es lo que uno tiene en su establecimiento. ¿Casualidad? Más bien causalidad, como decía el escritor Fernando Sánchez Dragó, cuya casa soriana de El Collado estaba encima de la librería Las Heras. 

 

Y así estamos ahora, que uno acude a los grandes almacenes en busca de una buena historia y nos atiende una señorita que el mes pasado despachaba lencería en otra planta; o le aconseja a usted que compre para su novia la última novela del famoso televisivo un empleado que había vendido videojuegos en el local de al lado. Con ello tampoco quiero decir que estos trabajadores no sepan lo suyo de literatura o biblioteconomía… Pero sí, el cierre de Balmes es un suma y sigue, acaecido en cada pueblo o ciudad como una muerte silente por cese de negocio o jubilación, mientras nosotros permanecemos pegados a las pantallas y comprando los pocos libros… por internet. 

 

Pero no ya sólo aquellas librerías; tiendas de paraguas, mercerías, auténticos colmados de ultramarinos y esa panadería; el zapatero, que es oficio artesano, va desapareciendo… Y aquellas librerías que me hablaron del librero que pudimos ser y a cuyo lector imploraban los libros su atención, igual que los pasteles a un niño goloso e indeciso. 

 

  

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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