
«El caudillo populista Sánchez no tiene límites. Se mira en el espejo de la madrastra de Blancanieves ¡y ve a España!»
Nuestros populistas patrios no pierden ocasión de demostrarnos lo buenos que son en el arte de enmierdar las relaciones humanas, las relaciones políticas y hasta los procesos intelectuales. Enmierdar está un piso más arriba que enfangar, en la pirámide de la distorsión y la difamación, de la que el PSOE es su máxima expresión histórica en nuestra desgraciada Expaña, y Sánchez es un populista de libro. No lo es, por supuesto, como Iglesias o como Errejón, que son intelectuales solventes pese a su trasnoche y a su insoportable olor a naftalina, pero sí es un muy conveniente operario. Sánchez tiene ese tipo de inteligencia práctica que le permite ser un magnífico cantante de ópera, a lo Pavarotti, es decir, sin ni siquiera tener la más mínima idea de leer música. No es ningún secreto que me produce un profundo asco visceral e intelectual todo lo que significa y representa Pedro Sánchez, aunque al igual que, no por ello, sino exactamente por eso, me parezca el político más eficaz de nuestra joven democracia.
Decía que Sánchez es un populista de libro, pero sin libro (salvo que se lo escriba otro), pero eso no lo hace ni menos efectivo ni menos peligroso. Entre otras muchísimas opiniones muy autorizadas, el profesor de Princeton, Jan-Wernet Müller, en su obra What is populism, señala diez factores que podrían definir el populismo. Uno de ellos (el segundo) es el caudillismo, del que dice: “se cultiva el aprecio por un líder que es el gran intérprete de la voluntad popular. Alguien que trasciende a las instituciones y cuya palabra se convierte en el dogma sagrado de la patria (Mussolini, Perón, Fidel Castro, Juan Velasco Alvarado, Hugo Chávez)”.
El caudillismo perpetra una transferencia clara entre el líder y la masa. El pueblo, convertido en sujeto político soberano y manifestado en una victoria en las urnas (o en el Parlamento), materializa una voluntad general totalitaria que se diferencia en mucho de la suma de voluntades individuales del sistema capitalista y su democracia liberal. A partir de ese momento, la voluntad del pueblo es omnipotente e indiscutible. Pero, como quien se encarga de interpretar y administrar esa voluntad es el líder, resulta que la voluntad del pueblo queda encarnada en su figura, provocando el poder ejecutivo una especie de sorpasso sobre el legislativo, por medio de algún tipo de transmutación alquímica de los elementos.
Y el círculo ya está cerrado. No es nada nuevo. Ya en el pasado, sus ancestros comunistas hicieron algo parecido: la voluntad del Pueblo fue secuestrada por el Partido; el Comité Central interpretó y personalizó la voluntad del Partido; y, finalmente, el Secretario General fue la voz del Comité Central. ¿Resultado? La voz del Secretario General era la voz del Pueblo.
Pero, con no ser algo nuevo, esta vez la maniobra no huele que apesta a nomenklatura y puño de hierro, sino que suena a música de violines, a democracia, y, muy interesante, no a la reducción del pueblo a la figura del líder, sino al revés: a que el líder se ha convertido en el pueblo. Ahora, es el Pueblo y, por lo tanto, quien discrepe de él, ya no es un simple adversario político, será un enemigo del Pueblo: en consecuencia, insultable, señalable, guetizable y hasta destruible, y los medios no importan, porque miran a un fin superior. La fuerza ideológica de esta nueva Izquierda es muy potente, y la Factoría PSOE es una máquina muy bien engrasada para las manipulaciones goebbelianas.
Nuestro profundamente enamorado Presidente, engorilado, más que en su amor cortés, como diría Gaston Paris, en su amor cursi dequetecagas, que diría un castizo, pretende ahora darnos el cambiazo entre España y él y su señora. Como buen caudillo populista, España es él. El Marido de Begoña quiere identificar a todo un país con su régimen de gananciales, y, para ello, le importa una higa volver a utilizar los medios institucionales y los recursos del Estado en su beneficio. Le da lo mismo que sea la Fiscalía, la portavocía del Consejo de Ministros en rueda de prensa, la página web de Presidencia o el falcon. Todo sirve al puto amo.
Da lo mismo que la vicepresidenta primera del Gobierno y ministra de Hacienda, María Jesús Montero, mentara a la esposa de Feijóo por si la empresa que la contrató hubiera recibido alguna ayuda por la Xunta. Es igual que Ángeles Férriz, portavoz del PSOE en el Parlamento de Andalucía llegase a acusar en sus redes sociales a la mujer de Elías Bendodo de participar en entramados de corrupción que nunca existieron, o que intentase manchar a la esposa del Presidente Juanma Moreno, afirmando que la empresa que la tenía contratada se benefició de contratos públicos, gracias a su influencia. No pasa nada por que, en la primera jornada del debate de investidura de Sánchez, éste hablase de “un probable caso de corrupción por parte de la presidenta de la Comunidad de Madrid” porque decía que estaba su hermano implicado, cuando todo se encontraba ya archivado por las fiscalías española y europea, y Sánchez claro que lo supiera. Y, a lo que se ve, tampoco es relevante que Sánchez se inmiscuyera en la campaña argentina por la presidencia, deseando explícitamente la derrota de Milei, o que ni lo felicitase por su victoria ni fuese a su toma de posesión (bueno, tampoco felicitó a Feijóo, y es que su chulería es solamente comparable a su carencia absoluta de educación), ni que el Torrente del Gabinete acusara de drogadicto al Presidente argentino, o que la ministra de Ciencia, Innovación y Universidades, Diana Morant, lo acusara de representar un “modelo negacionista” que “atenta contra la propia democracia” y pidiera “combatir” su presencia en el acto de Vox, o que, finalmente, cualquier indocumentado ministerial o del partido confunda el libertarianismo con el fascismo para pretender insultarlo. La Izquierda puede hacer todo aquello que niega a los demás, pero, no solamente haciéndolo por sus santos, sino, encima y a la vez, ¡negando que lo hacen! Ciertamente, es estupefaciente.
Pero, en pasiva, ocurre exactamente lo mismo. Nada pasó cuando los correligionarios de Sánchez, los López Obrador, Maduro y su esbirro Diosdado Cabello, o Daniel Ortega salieron en tromba para afrentar a Felipe VI hace unos años, o, más recientemente, Gustavo Petro, a cuenta de sus ignorantes resentimientos con la nación que les hizo ciudadanos en lugar de siervos, como los anglosajones, y llenó sus tierras de iglesias y universidades, y no de reservas. Ni tampoco cuando hace otro par de ellos Marruecos instaló una piscifactoría ilegal en el archipiélago de Chafarinas, violentando territorio soberano español, o cuando la reunión España – Marruecos en Rabat fue presidida por una bandera española puesta boca abajo. Ni se llamó a consultas al embajador, cuando en octubre pasado, días después de la matanza de Hamás, la Embajada de Israel emitió un comunicado en el que condenaba «enérgicamente» las declaraciones de «algunos miembros» del Gobierno de España, acusándolos de «alinearse con este terrorismo tipo ISIS». Pero si Milei, en un acto privado y no oficial, insinúa la corrupción de La Profundamente Amada, que, por cierto, está encartada como investigada en una instrucción penal, no solamente hay que llamar a consultas a la embajadora española en Argentina, sino que termina siendo retirada definitivamente. Entonces, resulta que sí que se está atentando contra la historia, las instituciones y la soberanía de la nación española. No puede ser más grotesco y calificador del autócrata de monopoly que tenemos la desgracia de padecer.
Digámoslo ya de una vez y sin ambages; solamente hay algo peor que estos extremistas dirigentes de izquierdas se crean que pueden hacer lo que les venga en gana, y es que, en realidad, ¡pueden hacerlo!, porque están sostenidos por cientos de miles de votos de paniaguados, sectarios, inmorales y analfabetos políticos, no se sabe muy bien en qué proporciones.
El peligroso majadero que tenemos de Presidente se cree que puede hacer por ahí fuera de nuestras fronteras lo mismo que se le permite en España: escupir el nazismo en la cara del Presidente del Partido Popular Europeo, Manfred Weber, como si estuviera en su chiringuito patrio echando el franquismo encima de Feijóo y Abascal; tildar de genocida a un país como Israel, que lleva desde su nacimiento luchando por su supervivencia, y no en sentido figurado, sino de forma absolutamente real y de a vida o muerte; insultar y afrentar a mandatarios internacionales y, encima, pedirles respeto; utilizar las relaciones diplomáticas, como si fuesen sus caprichosos decretos-ley… Y España en boca de todos y haciendo el ridículo internacional por tener al mando a un sátrapa equivocado de continente. En Sánchez hay algo de patológico, está ensoberbecido, es insaciable y expansivo: no le bastó pervertir su propio partido, no le ha sido suficiente prostituir nuestro Congreso, le ha dado igual infectar de ideología y amiguismo todas las instituciones, ni le es suficiente colonizar a la mitad de los medios de comunicación, no ha parado en vomitar su hiel también en la Unión Europea, y ahora se cisca en el fair play y las convenciones más básicas y nunca discutidas de la Diplomacia internacional, rompiendo relaciones diplomáticas con un país hermano, ¡por un asunto de cama! Todo lo que toca, lo pervierte, lo pudre y lo enmierda.
El caudillo populista Sánchez no tiene límites. Se mira en el espejo de la madrastra de Blancanieves ¡y ve a España! Para su delirio, Él y su Profundamente Amada son España. Y todo aquél que no lo vea tan claro como lo ve él, no es patriota, hoy es un traidor y, quizás dentro de poco, un enemigo del Pueblo que tiene que ser, primero, apartado (cordones sanitarios, muros…) y, luego, destruido por el bien común.
¿Qué más tendrá que pasar para que se rompa el hechizo de este farsante? Con su identificación populista con la nación, y la equiparación de sus asuntos personales con el Estado y la Democracia, se vuelve a reír de todos, pero nos está terminando de enseñar la patita este peligroso autócrata, que tiene lavado el cerebro con sus trucos de feria de hombre forzudo y mujer barbuda a miles de compatriotas sans-culottes. No es un juego, no es una broma, no es una exageración: el resto vamos a estar en peligro.
En el Pleno del Congreso, este miércoles pasado, Sánchez una vez más y entre hipos vuelve a desplegar su performance: “Mi mujer es una profesional honesta, seria y responsable, y mi Gobierno es un Gobierno limpio” (aplausos rompemanos de su bancada de lacayos, lágrimas en los ojos de ministros agradecidos, babas resbalando por la comisura de los labios de sus perritos mediáticos y fieles acólitos poniendo el culo en pompa en la calle pidiendo un hijo suyo). Es incansable. Y, frente a tanta mierda, que no fango, parece estar escuchándose revolverse desde su tumba al autor americano que daba pequeñas instrucciones sobre la vida, Horace Jackson Brown: “ten cuidado con las personas que te dicen lo honestas que son”.

