
«Françoise Hardy nunca estuvo sola, aunque no lo supiera, yo la llevaba conmigo en las fotos de sus long plays y en las melodías que cantaba»
Hoy quiero escribirle a una amiga que no sabe que lo fue, a un tiempo, a un lugar, a una olvidada adolescencia solitaria. Ella nunca estuvo sola, aunque no lo supiera, yo la llevaba conmigo en las fotos de sus long plays y en las melodías que cantaba, esas que se repetían en mi cabeza una y otra vez.
Los artistas tienen esa suerte, que aún sintiéndose solos, no lo están. Moran en los corazones y las mentes de sus escuchantes y lectores. Los cerebros de otros portan la etérea sustancia que salió de sus circunvoluciones, de su materia gris y del fondo de sus corazones. Todas sus canciones y versos fueron mías. Ella no podía serlo, amiga, pareja para mí, desde luego, tenía diez años más que yo y a esa edad adolescente diez años son un mundo. Solo podía quererla desde la imaginación. Además habitaba un lugar distante en Francia, era Parisina, una muchacha de la “France divine”.
Era un tiempo, ese de la adolescencia, y un lugar en el que las ausencias de amor, eran todavía para mi desconocidas. El amor aún no había llegado, todavía no lo conocía, solo era imaginado de reojo en las manos y ojos de los otros. Todos esos chicos y chicas que paseaban a la vista de Hardy a lo largo del Sena, y a los míos, mis ojos, por las calles de Madrid, también paseaban muchas veces, en las fiestas y guateques de mis años adolescentes y juveniles.
Françoise y yo éramos almas gemelas en la nostalgia de los supuestos amores aún no existentes. Pero aunque yo también hacía canciones, las suyas tenían ese plus que trasciende el anonimato de la intimidad reducida, de los amigos y salones de actos de colegios e institutos.
Ella era una triunfadora, podía gritarles a todos los que la rodeaban, su soledad, su angustia, su deseo de ser amada. En eso tuvo una gran suerte, no hay nada como poder cantar para liberarse de las cadenas de la soledad. Reconozco sin ninguna vergüenza que estuve mucho tiempo enamorado de ella, de sus fotos en las portadas de los discos, de su voz en los surcos de baquelita o de plástico, que ocultaban el misterio poderoso de los sentidos más humanos.
No la descubrí yo, la encontré por casualidad entre los long Plays de mi padre, compartía lugar musical con Beethoven, con Mozart o Stravinski. Esta razón ya la hacía ocupar una nube en las alturas, mi padre la tenía entre los grandes de la música. Quizás ella no fuera una cantante de ópera, ni falta que le hacía. No tenía porque oírse su voz en el fondo de ningún teatro, solo bastaba escucharla con un micrófono grabada en un vinilo. Eso bastaba para que te cogiera de la mano y arropado en su voz te hiciera pasear con ella a lo largo de las orillas del Sena.
Muchos tuvimos una primera novia solo de voz, era incorpórea y ni falta que nos hacía que fuera real o solo sonora. Las soledades muchas veces dejan sonidos ausentes en espacios inmensos en los que solo se puede detectar la falta de sonido. Eso amplía los espacios de tal manera que, las orillas del Sena, pueden convertirse en inmensas llanuras de ausencias de paseantes con sus manos unidas. Esas ausencias, para muchos imaginadas y opresivas, pero todavía no reales, carecían de sentido por desconocidas. Solo eran ecos de la soledad que dejan las pérdidas.
Ayer, muchos hemos perdido una amiga, una artista, una cantante de la vida sencilla de las personas, que fueron, son y serán, porque Antonne, Ivan, Boris ella misma seguirán en nuestros corazones para toda nuestra vida, una eternidad donde las haya. Descansa en paz amiga de los sentimientos más puros de la adolescencia. Que los Ángeles te permitan hoy pasear a lo largo del Sena apretando la mano de las personas a las que quieras.
Es por todo esto Françoise por lo que hoy quiero escribirte esta carta. Es mía, de un amigo que no conoces, que no sabes que lo fue. Y va dirigida a un tiempo, a un lugar lejanos, a una olvidada adolescencia solitaria. Pero tú Françoise nunca estuviste sola, yo te llevaba conmigo en las fotos de tus long plays y en las melodías que cantabas, esas que se repetían en mi cabeza una y otra vez. Los artistas tenéis esa suerte, que aún sintiendo soledad, no estáis solos, moráis en los corazones y las mentes de vuestros amantes escuchantes y lectores.
