“La belleza perece en la vida, pero es inmortal en el arte”
Leonardo da Vinci (1452-1519)

«El Síndrome de Stendhal ha traído numerosas controversias y aunque se ha publicado sobre ello en revistas científicas existe un gran escepticismo con respecto al tema»
El escritor francés Henri Beyle (1783-1842), más conocido como Stendhal, viajó a Italia por primera vez en 1800 como parte del ejército napoleónico. Este viaje le impactó enormemente y le suscitó un gran interés en conocer la península itálica con más profundidad a lo largo de su vida viviendo largo tiempo en el país transalpino y llegando a ser cónsul en Civitavecchia. Italia ejerció un profundo impacto tanto en su vida como en su obra, que a su vez tuvo gran influencia en la cultura italiana.
Parte de sus novelas las escribió inspiradas en las impresionantes ciudades que conoció y le fascinaron por su arte, y a la vez mostró gran interés por conocer los pormenores de la sociedad y la cultura en general, algo que sabrá plasmar magistralmente en sus obras, como en Paseos por Roma, La Cartuja de Parma o Roma, Nápoles y Florencia.

Es en esta última novela publicada en 1817, en la que narra las experiencias de un oficial berlinés que viaja por las bellas ciudades italianas tras la caída de Napoleón Bonaparte (1769-1821). Aunque no aparece como protagonista, en realidad, serán las propias vivencias que el autor experimentó en uno de sus viajes a Italia, las que relata en la obra.
El libro es un Diario de Viajes, pero se diferencia de los que hasta entonces se habían publicado porque en él, el escritor francés no solo hace una descripción de los lugares o monumentos que visita, sino que describe las costumbres y la sociedad italiana del momento, a la que alaba y también critica. Hace hincapié en determinados aspectos como la música y la gran influencia que ésta ejercía, y aún lo hace, en la sociedad italiana; enfoca más la obra en la condición humana, indagando en las experiencias y emociones que viven los personajes.

Uno de los episodios que narra tiene lugar en la Iglesia de Santa Croce en la maravillosa ciudad de Florencia. El protagonista, al salir de la iglesia empezó a encontrarse mal, con palpitaciones y mareos. Así lo cita el autor en la obra:
«… Estaba ya en una suerte de éxtasis ante la idea de estar en Florencia y por la cercanía de los grandes hombres, cuyas tumbas acababa de ver. Absorto en la contemplación de la belleza sublime, la veía de cerca, la tocaba por así decir…
…Había alcanzado ese punto de emoción en que se encuentran las sensaciones celestes inspiradas en las bellas artes y los sentimientos apasionados…
…saliendo de la Santa Croce, me latía con fuerza el corazón, eso que en Berlín llaman nervios. La vida se me agotaba, andaba con miedo a caerme. Me senté en un banco de la Plaza de Santa Croce …»

La iglesia, situada en el barrio del mismo nombre tan amado por Miguel Ángel Buonarroti, se construyó a finales del siglo XIII sobre una pequeña capilla y cuando se erigió era uno de los mayores templos del mundo cristiano que reflejaba la gran popularidad de la orden franciscana. Su fachada, realizada en mármol verde, rosa y blanco y el campanile (campanario) se añadieron en el siglo XIX.
En un primer momento, la impresión que causa por sus dimensiones, su austeridad y su techumbre de madera dan una impresión de vacío y de un espacio lúgubre, sin embargo, si la apreciamos con detalle sorprende. En ellas se encuentran los sepulcros de Nicolás Maquiavelo (1469-1527), Leonardo Bruni (1370-1444), que escribió Historia de Florencia o el monumento a Galileo Galilei (1564-1642) cuyos restos estuvieron escondidos durante cien años debido a la prohibición de ser enterrado en suelo sagrado por sus conflictos con la Inquisición al defender el heliocentrismo que sostenía Nicolás Copernico (1473-1543) que afirmaba que todos los planetas giraban alrededor del sol. Además de estos personajes, la iglesia es conocida en la ciudad como El Panteón Florentino, ya que numerosas familias ilustres de la creciente y próspera ciudad italiana fueron enterradas allí.

La realidad es que, en su conjunto, aunque en cierto momento fue despojada de algunos frescos de Giotto (1267-1337) y tan solo se conservan parte de ellos, la iglesia impresiona.
En 1979, la psiquiatra Graziella Margherini (1927-2023) se percató que existían numerosos casos de turistas en el Hospital Santa María Nuova en Florencia con los síntomas que Stendhal describía en su novela; esto le impulsó a investigar y realizar un estudio sobre estos casos clínicos que se repetían más de lo normal.
Con los resultados de este estudio quería demostrar cómo el exceso de belleza ante una obra de arte o un lugar especialmente hermoso puede impresionar de tal manera que produce una reacción física cuyos síntomas coinciden en todos los casos. La doctora Margherini llamó desde entonces a este trastorno Síndrome de Stendhal, conocido también como Síndrome de Florencia, y al que algunos han llegado a llamar “Estrés del viajero”, aunque la doctora florentina no se centró para su estudio únicamente en la ciudad toscana, ya que también estudió cómo estos síntomas y cuadros clínicos se producían en otras ciudades y a su vez ante paisajes de gran belleza.

Este asunto ha traído numerosas controversias y aunque se ha publicado sobre ello en revistas científicas existe un gran escepticismo con respecto al tema.
De cualquier forma, este trastorno ocurre y cada uno tendrá su propia opinión, como sucede con todo en la vida. Lo que sí es cierto es que, no con consecuencias graves, conocer Florencia, en este caso, y contemplar sus museos, sus iglesias y sentir la atmósfera que se vive en la ciudad envuelve, conmueve y emociona de tal forma que hay quien se puede sentir abrumado y en la mayoría de los casos, se quiere volver a visitar.
Como afirmó Jorge Luis Borges (1899-1986) …”La belleza, ese misterio hermoso que no descifran ni la psicología ni la retórica”.
… Porque la belleza cautiva y al igual que la música, intensifica las emociones.

