
«Llamaba mi atención un contraste entre edificios viejos y nuevos, como un desorden perdonado por el mar»
Mediado ya el verano rememoro la ciudad de Gijón. Estuve allí hace pocos años. Fue un recorrido celtíbero y castellano haciendo una breve parada en Burgos. Me ha motivado a escribir sobre Asturias la noticia -que ignoro si es de ahora- de que se abría un establecimiento de la franquicia (con perdón) Starbucks, y que lo llamativo era la alargada cola de horas de espera para entrar en la célebre cafetería (o lo que sea). Digo yo que para ir a chutarse un bebercio anglóstilo cobrado a precio de armagnac ni hace falta viajar a Asturias ni a Bilbao porque lo mejor es no ir. Como cosa simpática me refiero de paso a la razón que da Gonzalo Altozano ponderando la madrileña Casa Mingo, que dicho sea de paso no he visitado. (He estado en tan pocos sitios que parece hasta mentira que me atreva a escribir.) Mucho cuidado porque lo mismo uno se encuentra como sumergido de pronto en la neblina del país de la sidra pateando la Meseta, como cae presa de una decepción gastronómica frente a la playa de San Lorenzo.
Como digo estuve en Gijón y de él recordaba, de otra visita anterior -lo que son las cosas- un curioso parador de turismo, antiguo molino, inserto en un parque por donde paseaban en feliz armonía animales y personas. Allí los patos, las ocas y los pavos reales convivían con los gijoneses y jugaban con los niños. Claro que fue hace casi dos décadas y ahora estos palmípedos -sus descendientes, me imagino- se encuentran en el mismo espacio, sí, pero vallados o enjaulados y uno sólo puede verlos de lejos si no ha olvidado las gafas en el hotel. Cosas deben de ser, supongo, de las leyes del bienestar animal que son también del malestar humano.
Llamaba mi atención un contraste entre edificios viejos y nuevos, como un desorden perdonado por el mar. Y buscaba de paso los escenarios de aquellas películas de José Luis Garci, como Volver a empezar; el hotel situado en Cimadevilla donde un Agustín González, acaso demasiado servicial atendía con veneración al sabio Antonio Ferrandis; el Sporting de Gijón y su campo de fútbol El Molinón (¿tendrá que ver, seguramente, con ese molino del Parador?); y quizá algunas calles grises, que ya serían para viajes más sosegados e invernales.
Alrededores del paseo de Begoña (les juro a ustedes que no va con segundas), en donde una vieja sidrería vendía sus botellas como si fueran de agua, como si fueran botellines y donde los niños, hartos de la playa, jugaban por las anchuras. Y una cafetería modernista, la del teatro Jovellanos, me hacía imaginar un pasado de gloria provinciana y universal. Creo que allí mismo se propuso ubicar la estatua en homenaje al actor Arturo Fernández, oriundo de Gijón. Una alcaldesa, molesta sin duda por no recibir las amabilidades del atractivo galán, se negó a ello, y así se quedó el “chatín” sin su reconocimiento, que hubiera sido el reflejo del cariño de sus paisanos. (He tenido mis dudas, de modo que he buscado una noticia aparecida en El Comercio, de este mismo año. Allí se dice que por fin don Arturo tendrá su estatua y que la alcaldesa ha dado su visto bueno. Lo que ya no tengo ganas es de indagar si la actual regidora es la misma que se negó hace años -porque estaría mal- a aprobar lo que ahora se niega -porque estaría bien- a desaprobar.
Una cosa sí ha tenido de bueno la apertura del Starbucks, y es que ha servido de chispa para volver a Gijón, aunque sea tan sólo en la frágil página de la memoria y sentarse por un momento en el Café Dindurra.

